miércoles, 2 de marzo de 2011

LA FUERZA DEL EVANGELIO - José Antonio Pagola


Mateo concluye el gran discurso de Jesús en una montaña de Galilea con dos breves parábolas, narradas con maestría y fáciles de recordar por todos. Su mensaje es de importancia decisiva: seguir a Jesús consiste en «escuchar sus palabras» y en «ponerlas en práctica». Si no lo hacemos así nuestro cristianismo es una insensatez. No tiene sentido alguno.

El hombre sensato construye su casa sobre roca firme. Por eso, cuando llegan las lluvias torrenciales del invierno y el agua desciende de los montes y soplan los fuertes vientos del Mediterráneo, la casa no se hunde: «está cimentada sobre roca». Así es la Iglesia formada por creyentes que se esfuerzan por escuchar el Evangelio y ponerlo en práctica.

El hombre necio, por el contrario, construye su casa sobre arena, en el fondo del valle. Por eso, al llegar las lluvias, los aluviones y el vendaval, la casa «se hunde totalmente». Así se desmorona el cristianismo cuando no está fundamentado en la roca del Evangelio escuchado y practicado en las comunidades.

En la conciencia moderna se ha producido un profundo cambio cultural que está poniendo en crisis el nacimiento y la vivencia de la fe cristiana. Cada vez se va haciendo más difícil despertar una fe viva en Dios y en Jesucristo por vía de "adoctrinamiento". Señalemos dos causas fáciles de detectar.

Por una parte, está en crisis la autoridad, toda autoridad. Es difícil que la fe brote hoy de la obediencia a una autoridad religiosa que se presente como poseedora de la verdad. La palabra que pronuncia la Iglesia desde su posición de autoridad sagrada no resulta hoy por sí misma ni creíble ni atractiva.

Por otra parte, más que doctrina religiosa, las personas buscan una experiencia que les ayude a vivir con sentido y esperanza. Muchos hombres y mujeres se distancian casi instintivamente de cualquier iniciación a la fe entendida como "proceso de aprendizaje".

Hemos de creer mucho más en la fuerza transformadora del Evangelio. Las palabras de Jesús tienen más poder que nuestras doctrinas. Su Buena Noticia es más atractiva que todos nuestros sermones. ¿No ha llegado el momento de formar grupos, crear espacios, posibilitar encuentros en los que la gente de hoy tenga la oportunidad de entrar en contacto directo con el Evangelio para escuchar a Jesús y descubrir juntos su Buena Noticia?

Muchos que se sienten perdidos y viven sin esperanza podrían descubrir con alegría que no están solos, que pueden confiar en un Dios Padre y que pueden vivir con la esperanza de Jesús. Es lo que más necesitan.

José Antonio Pagola vgentza@euskalnet.net
fuentes:

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde el Evangelio de Jesús. Pásalo.
6 de marzo de 2011
9 Tiempo ordinario (A)
Mateo 7, 21-27

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COHERENCIA


Mirar como Tú miras,
con ojos claros y limpios,
comprendiendo siempre al hermano,
coherencia.

Saberse discípulo,
no tenerse por maestro
y gozar del aprendizaje diario,
coherencia.

Conocer a los árboles por su fruto,
no esperar higos de las zarzas,
ni uvas de los espinos,
coherencia.

Almacenar bondad en el corazón,
cultivar una solidaridad real
y sentir que nos desborda el bien,
coherencia.

Reconocer que no todo es tierra firme,
construir sobre roca nuestra casa,
no tener miedo a huracanes y riadas,
coherencia.

Admitir la pequeñez y los fallos propios,
quitar pronto la viga de nuestro ojo,
no humillar al hermano por no ser como nosotros,
coherencia.

Abrir nuestros ojos al mundo,
alegrarse por sus pasos y proyectos,
no caer en trampas y hoyos como ciegos,
coherencia.

Poner por obra tus palabras,
hablar con el lenguaje de los hechos,
olvidarse de máscaras y apariencias,
coherencia.

Coherencia, Señor,
de un aprendiz de discípulo
que, a veces, se atreve
a tenerte por maestro.

Ulibarri, Fl.

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“De andar por la vida”
Hemos reducido tantas veces a Cristo a ideas, sistemas o costumbres religiosas, que hemos perdido todo el incomparable fruto de un encuentro personal. Nos hemos quedado con un deber cuando se trataba de un llamamiento, de una invitación; hemos perdido el diálogo para conservar sólo el catecismo.
Víctor Manuel Arbeloa.

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Jesús termina el discurso de la montaña con una llamada a la autenticidad y a la coherencia entre el decir y el hacer, entre la teoría y la práctica. Nos sitúa ante el terreno de las decisiones personales. Jesús nos previene de la frecuente y peligrosa desviación de reducir la fe a conocimientos y prácticas religiosas, separándola de las tareas y responsabilidades de la vida cotidiana.

Una fe que no lleva al compromiso en la vida práctica acaba aburguesándose y degenerando en rutina o fanatismo.
Se trata de escuchar, no solo oír, con el corazón, y pasar a la acción viviendo según la voluntad del Padre.
El mundo sería distinto si fuésemos realmente coherentes e hiciéramos vida el mensaje del evangelio.

No basta conocer la Palabra, o decirla o predicarla. Lo fundamental es hacerla vida. A quienes han escuchado su palabra en la montaña, y a cada un@ de nosotr@s, Jesús les da una clara recomendación: que traduzcan a sus vidas lo que acaban de escuchar. Y un aviso a los de mentalidad farisaica, estrictos cumplidores de la antigua ley, que se sienten justos ante Dios y ante l@s demás. La verdadera sabiduría está en la forma de actuar, no en lo mucho que sabemos ni en lo bien que hablamos.

Es indispensable escuchar la Palabra y traducirla en acciones concretas para hacer la voluntad de Dios –buscar primero el Reino y su Justicia-. Él es única Roca en la que apoyarnos y edificar nuestra casa. Así, cuando vengan los torrentes y soplen los vientos de las crisis de la vida, de las dudas de fe, de las dificultades, de la pérdida de seres queridos..., nada podrá derrumbarnos ni arrancarnos del sólido fundamento, ni siquiera la última tempestad, el miedo a la muerte.

No se puede construir nada firme y duradero sin buenos y profundos cimientos. El texto nos ayuda a preguntarnos sobre qué bases construimos nuestra vida. A reflexionar si nuestro cimiento único es el Evangelio –construir sobre roca-, o la costumbre, la rutina, las normas, las tradiciones familiares o sociales, un cierto sentido religioso de miedo o de interés –construir sobre arena-. La apertura al Espíritu nos capacita para acoger la palabra y hacerla vida, no por cumplir, ni por obligación, sino por la ilusión y la alegría de los hij@s que por amor desean realizar la voluntad de su Padre.

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Nos sentimos perdidos en la intemperie.
Pero decimos 'Creo' y de pronto nos sentimos también seguros,
acogidos en la Presencia, tomados de la mano,
mirados con cuidado.
José Arregi

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No el que dice ¡Señor!, ¡Señor!...

No basta con oír, ni basta con hablar. Hay que vivir lo que hemos escuchado o lo que vamos proclamando en alta voz.

La advertencia tiene hoy tanta vigencia como en tiempo de la primera comunidad. Es significativa la frase que tanto se repite hoy: “soy creyente pero no practicante”. Si por practicar la religión entendemos ir a misa, confesar y comulgar, es que no nos hemos enterado de nada. Practicar la religión cristiana es actuar desde el respeto, la comprensión y el amor al otro.

…Sino el que cumple la voluntad de mi Padre.

La voluntad de Dios no le llegó a Jesús ni nos llegará a nosotros desde fuera. Es nuestro propio ser el que exige una manera determinada de vivir. En lo más hondo de mi ser tengo que descubrir lo que Dios espera de mí, grabado en el centro de mi propio ser.

Es verdad que se dice que la roca es Cristo, pero dejando bien claro que él mismo tuvo que fundamentar su vida humana en lo que había de divino en él. Es decir, Jesús es la roca porque nos lleva al fundamento, que es Dios-Amor.

Si nos damos cuenta de que nuestra existencia es un proceso que tenemos que llevar a cabo cada uno, descubriremos que la principal tarea de todo ser humano está siempre por hacer. La principal tarea de todo ser humano es la construcción de sí mismo.

Para ello necesita unos planos, pero no puede quedarse contemplándolos. Es necesario que los ejecute. Somos un proyecto que hay que realizar. Ese proyecto está en lo más hondo de mi ser; sólo tengo que descubrirlo y hacerlo vida. La gran tentación es creer que la casa está ya construida y pretender meternos dentro a disfrutar...

La plenitud humana sólo llegará si desarrollamos lo específicamente humano. Lo propio del hombre es su capacidad de conocer y de amar.

Si edificamos sobre los sentidos, los apetitos, las pasiones, estaremos edificando sobre arena. Si nos movemos por el hedonismo, es decir, buscando lo que me pide el cuerpo, lo que me apetece, lo que me gusta, lo más fácil, estaré edificando sobre arena.

Mi verdadero ser exige de mí algo más. Lo que hace crecer nuestro verdadero ser no es aprovecharme de todos y utilizarlos para conseguir placer, sea del tipo que sea, sino el ponerme al servicio del otro para que él sea más.

La paradoja está en que cuando parece que pierdo, gano; y mientras más me pierda en beneficio del otro, más me gano. Mientras más me doy, más seré yo mismo.

La doble parábola no necesita ninguna explicación. Lo único que habría que dilucidar sería lo que significa para nosotros la roca y la arena.

Es relativamente fácil descubrir que si uno se dedica a satisfacer sus sentidos, sus apetitos, sus pasiones, etc., poniendo la parte superior de su ser al servicio de la inferior, no desarrolla lo que es específico del hombre. Es mucho más difícil descubrir que, siendo una persona muy cumplidora de las normas religiosas, se puede equivocar y arruinar igualmente su vida.

Buscar en la religión las seguridades que no podemos alcanzar con nuestro esfuerzo, es la mejor manera de fracasar. Empeñarse en que Dios mantenga a toda costa lo que en nosotros hay de terreno, de caduco, de contingente, de limitado, es una falsa ilusión. La pretendida perfección de nuestra parte sensible es imposible porque todo lo que es contingente no puede ser eterno, y todo lo que es compuesto termina descomponiéndose.

No se trata de dejar de edificar tu propia casa para construir la del prójimo. Este error nos puede costar muy caro, pues nos lleva a considerar el amor como renuncia. Se trata de que mi humanidad esté edificada sobre la auténtica relación con el otro.

Pero el amor no se puede conseguir directamente, es consecuencia del conocimiento. Del conocimiento puramente sensitivo nace el egoísmo y la defensa a ultranza de la individualidad. Del conocimiento intuitivo, que nos hace descubrir nuestro verdadero ser, nace el amor-unidad. Es el amor que te convierte en roca. Ese es el amor del que nos habla Jesús.

Está claro que seguir a Jesús no es cosa de un momento de euforia. Adherirse a Jesús es iniciar un camino que no va a terminar nunca. Es verdad que desde el primer paso ya estás disfrutando de la meta, pero si te detienes, pierdes todo el sentido de la marcha.

Esto no lo hemos tenido claro los cristianos que hemos creído que lo importante es el bautismo y permanecer dentro de la Iglesia. Incluso nos hemos creído seguros por el hecho de pertenecer a ella.

No, lo importante sería estar en todo momento construyendo la propia casa, sin pretender haberla terminado por haber trabajado mucho. La plenitud humana es nuestra meta y lo más bonito de esa posibilidad de plenitud es que no tiene límite.

También este mensaje tiene una trampa. Después de dos mil años de cristianismo, es muy difícil distinguir entre un verdadero seguimiento de Cristo y la acomodación de su mensaje a nuestros intereses y caprichos.

Al contrario de Jesús, que estuvo preocupado por lo que Dios quería del él, nosotros andamos mucho más preocupados por lo que queremos o esperamos de Dios.

La principal preocupación de nuestra religión es asegurar que Dios esté de nuestra parte para sacarnos las castañas del fuego cuando nuestras limitaciones no nos permitan alcanzar nuestros deseos.

Incluimos en estos deseos, el más fuerte de todos, el deseo de inmortalidad. Tergiver¬sando el mensaje de Jesús hemos terminando asegurando nuestra supervi¬vencia individual, incluso más allá de la muerte.

La religión tiene que ayudar a las personas a conseguir su objetivo último: ser cada día más humanos. Dios no puede querer para el ser humano más que su plenitud.

Ahora bien, esa plenitud tiene que llegarle por lo que es específicamente humano, su inteligencia. No digo su razón, porque esa palabra puede equivocarnos. La capacidad de razonar puede estar completamente al servicio de la parte animal del hombre. Cundo la toma de decisiones se basa en un conocimiento deficiente, le llevará más bajo que los mismos animales. Por eso el evangelio no habla de voluntad sino de conocimiento (prudente, necio).

Todo lo dicho es válido para cualquier cristiano, pero para algunos es, si cabe, más preocupante. Me refiero a aquellos que tenemos la obligación de predicar. Podemos escuchar la palabra, estudiar el mensaje, entenderlo racionalmente y predicarlo a los demás, sin vivir nosotros mismos eso que predicamos.

En mi opinión, esa es la causa de tanto fracaso a la hora de trasmitir nuestra fe. Sobre todo los jóvenes, no aceptan hoy unas propuestas que no ven reflejadas en la vida de los que se las proponen como excelentes.

Fray Marcos