lunes, 21 de febrero de 2011

El cisne negro - Pedro Miguel Lamet, SJ.

Se ha dicho del cine que es una conjunción de todas las artes: literatura, música, pintura, escultura, danza, fotografía. Puede serlo en la medida que merezca el título de arte, gracias a la inspiración creativa y a la dificultad que implica su elaboración industrial y colectiva. Pero, ¿puede ser además la conjunción de varios géneros? En algunos casos lo ha sido, como lo es El cisne negro, una de esas películas de las que podemos afirmar sin rodeos que estamos ante una obra de arte.

Darren Aronofsky, aficionado a personajes turbios -Pi el orden del caos (1998), con su atmósfera desesperante y Requiem por un sueño (2001) con su submundo de la droga- maneja con igual pericia en el film que nos ocupa el cine de terror y el thriller psicológico, pasando por el drama humano y el musical con una simbiosis perfecta de imagen, música y palabra.

Nina es una frágil y virginal bailarina de ballet clásico, protegida por su madre, que también lo fue en su día, y que vive en un mundo ideal de niña perfecta rodeada de peluches en su inviolado mundo inocente. Pero trabaja duro para alcanzar un sueño, llegar a la cumbre dentro del prestigioso ballet de Nueva York en el Lincoln Center. El director artístico de la compañía, Thomas Leory, decide reemplazar a la primera y veterana estrella, Beth Mcintyre, para su próximo montaje de “El lago de los cisnes” por la joven Nina, aunque no deja de valorar también a Lily, una recién llegada. El famoso ballet de Tchaikovski sin embargo incluye dos versiones del cisne: el blanco, símbolo de la inocencia y la gracia, y el negro, que cataliza la agresión, el mal y la sensualidad. Nina parece perfecta para interpretar el cisne blanco, y Lily para el negro. En la competencia entre ambas Nina va descubriendo poco a poco su lado oscuro, en un proceso donde el miedo y la belleza, la inspiración y la angustia se entrecruzan en una ambigüedad que bien podrían desembocar en éxito o tragedia. Se autoflagela, se ata fuertemente los pies, se inicia en la sexualidad solitaria para romper la crisálida en la que vive encerrada, convencida de que sin dolor nunca alcanzará la perfección estética, hasta superar en esta investigación los límites de la objetividad.

Con cierto paralelismo con su anterior película -El luchador (The Wrestler, 2008), El cisne negro es una sublime representación plástica de la lucha entre el yan y el yin, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, que se produce tanto en el interior como en el exterior de todo ser humano, con una obvia constatación: el cabal conocimiento humano no se alcanza sin la asunción de nuestro lado perverso. Y la perfección en el arte puede situar al que la pretende al borde mismo de la autodestrucción. El director neoyorkino, lejos de la mítica historia edulcorada de ballet típica de Las zapatillas rojas, logra zambullirse en la subjetividad torturada de Nina, que tiene su contrapunto en la danza que la transporta, como trasunto de la lucha por la vida y el logro de la perfecta belleza.

Lo consigue gracias a una maravillosa actriz, Natalie Portman, que nos había seducido todavía niña en 1994, con El profesional de Luc Besson y sobre todo con Beutiful girls de Ted Demme en 1996, como una de las adolescentes más sensibles y cautivadoras de la pantalla. Aquí, joven madura, interpreta el gran papel de su vida. Aunque había estudiado ballet de niña, a sus veintinueve años se ha dedicado casi dos a formarse intensamente en esta dura disciplina artística; ha adelgazado hasta quedarse en los 42 kilos y se ha entregado con alma y cuerpo a una interpretación llena de matices. Es cierto que en las secuencias más difíciles del ballet es reemplazada, como es lógico, por una doble bailarina profesional mediante el sistema informático de postproducción por el que puede sustituirse el rostro a un cuerpo. Pero el resultado obtenido por la Portman sólo puede lograrse con una intensa dedicación y conocimiento de los resortes del ballet clásico y un alma de extraordinaria porosidad estética.

De este modo Nina vuela, se transfigura en volandas de la música que la transforma, mientras Aronofsky la filma sin convencionalismos, rompiendo las estéticas consabidas y consiguiendo que el cine orqueste con su planificación, angulación, iluminación, color, montaje y escenografía la música de Tchaikovski, gracias a la utilización de la cámara en mano. Resiste a la tentación de “filmar el ballet” para despedazarlo, porque el ballet pasa a ser la vida y la vida el ballet transmutado en cadencia cinematográfica y espejo de la psicología turbada de Nina.

Evita el esteticismo gracias a un inquietante guión que atrapa al espectador por su suspense psicológico, por su ambigüedad, por su pavor casi numinoso, al dejarle ignorar qué es realidad y qué obsesión y sueño en ese poroceso. Cine por tanto también musical en su acepción más profunda, en su ritmo de planificación y montaje; y constatación, como en cualquier obra maestra, que se precie de tal, de que no hay bien ni belleza, ni captación de todo el ser humano sin profundizar en el los abismos del mal y la oscuridad de la conciencia. Ganadora de un globo por la interpretación de la protagonista y nominada a cinco oscars al mejor director, actriz, fotografía y edición, creo no exagerar si afirmo que puede ser considerada una de las mejores películas del año.

Pedro Miguel Lamet, SJ.
fuente: http://blogs.21rs.es/lamet/

T.O: Black swan.-P: Medavoy, Arnold W. Messer, Brian Oliver y Scott Franklin. Fox Searchlight Pictures, USA, 2010.-D: Darren Aronofsky.-G: Mark Heyman, Andres Heinz y John McLaughlin; basado en un argumento de Andres Heinz.-F: . Matthew Libatique.-Mon: Andrew Weisblum.-M: Clint Mansell.-V : Amy Westcott.-I: Natalie Portman (Nina), Vincent Cassel (Thomas Leroy), Mila Kunis (Lily), Barbara Hershey (Erica), Winona Ryder (Beth)Dis: Avalon.-Dur: 112 minutos.-Dist: Hispano Foxfim.-Estreno en España: 18-02-2011