miércoles, 20 de junio de 2018

José Antonio Pagola - POR QUÉ TANTO MIEDO



José Antonio Pagola - POR QUÉ TANTO MIEDO

La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de calor. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas, que viven momentos difíciles.

El relato no es una historia tranquilizadora para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que era «al caer la tarde». Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: «Vamos a la otra orilla». La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis.

De pronto se levanta un fuerte huracán, y las olas rompen contra la frágil embarcación, inundándola. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cabezal.

Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura más lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y a su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a «pasar a la otra orilla» para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza?

Domingo 12 Tiempo ordinario - B
(Marcos 4,35-41)
24 de junio 2018



IR A LA OTRA ORILLA
Florentino Ulibarri

Ir a la otra orilla,
a la orilla marginada y olvidada,
a la orilla expoliada y sin historia,
a la orilla que sufre y llora la miseria.

Ir a la otra orilla,
a la orillan en la que se hacinan tantas personas,
a la orilla de la que salen las pateras,
a  la orilla que reclama justicia y vida digna.

Ir a la otra orilla
con el corazón y las manos limpias,
con la mente despejada
y entrañas compasivas.

Ir a la otra orilla
siguiendo tu propuesta y tus huellas,
sin mirar de soslayo
y sin añorar lo dejado en las riberas.

Ir a la otra orilla
sin corazas ni barreras,
con la humildad dentro y fuera
y la esperanza florecida.

Ir a la otra orilla
aunque se levanten huracanes y tormentas,
las olas zarandeen la barca
y Tú sigas dormido en popa.

Ir a la otra orilla
y dejarse empapar por sus personas,
por sus historias y vidas
de dolor, alegría y lucha.

Ir a la otra orilla
a sentir y vivir la buena nueva,
a compartir nuestra riqueza
y a recuperar tu presencia.





JUAN BAUTISTA: ENTRE LA ENTOMOFAGIA Y LA DANZA
Dolores Aleixandre

Qué ajeno estaba Juan Bautista cuando vivía en el desierto de Judea y bautizaba junto al Jordán después, de que con su dieta de langostas y miel silvestre (¿saltamontes aromatizados a la jalea real?), se estaba adelantando a la creciente moda de entomofagia (comer insectos), eso que ha sido por mucho tiempo algo “típico de otras culturas” y que algunos miraban con curiosidad y otros con cierto asco.

Pero no es la sobriedad alimenticia de Juan lo que hace atrayente su figura sino sus brincos de alegría en el vientre de su madre, dato de su etapa fetal que dice tanto de su personalidad como el de su actividad de bautizador.

Hay una frase del Maestro Eckart con la que presiento hubiera estado muy de acuerdo Juan de haberla conocido: "Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo, y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa gozo, ese gozo engendra amor y ese amor da origen a las personas de la Trinidad de las cuales una es el Espíritu Santo". Asociamos con total naturalidad al comportamiento eclesial lo serio, lo grave, lo solemne y lo circunspecto y se nos llena la boca (bueno, a quien se le llene) con los términos "sacrosanto", "sagrado", "digno" y "venerable" como si se diera por descontado que todo eso le es más agradable a Dios que la alegría, la jovialidad, la frescura, la risa y el humor. Y sin embargo, de alguien tan respetable en la tradición cristiana como Juan, lo primero que sabemos es que hacía algo tan gozoso, libre y espontáneo como bailar en el poco espacio que tenía disponible en aquel momento.

¿No podríamos deducir que era "Precursor" de Jesús también en esto? ¿No estaba abriendo el espacio para que irrumpiera por los caminos de Galilea la ráfaga de su libertad, su alegría de vivir en la presencia de su Padre, su capacidad de demostrar ternura, de hacerse amigos, de disfrutar comiendo y bebiendo en compañía?

Su llegada divide en dos la historia de la humanidad y, dentro de ella, la de Israel. Juan Bautista pertenece a la primera etapa, simbolizada en el tiempo anterior a la entrada en la tierra prometida. Ahora, la presencia de Jesús y el anuncio de su Reino se han convertido en la verdadera tierra prometida y todo aquel que lo acoja, es más grande que el Bautista porque se le ha concedido (se nos ha concedido...) vivir ya el tiempo del cumplimiento de las promesas.

La vida de Juan solo tuvo un sentido: ir delante de él preparándole el camino. ¿No somos también nosotros un pequeño “Juan Bautista”, encargado de allanar caminos para que otros puedan conocer a Jesús?

Dolores Aleixandre





EL MAYOR DE LOS NACIDOS DE MUJER
Fray Marcos
Lc 1, 57-80

Simplemente la fecha escogida para celebrar el nacimiento de Juan Bautista es toda una manifestación de grandeza. Para Jesús se eligió el solsticio de invierno el 25 de Diciembre, (“conviene que él crezca...”) Para Juan el solsticio de verano el 24 de Junio (“...Y que yo disminuya”). Son las dos fechas más significativas del año astronómico. Con ello se garantiza la importancia de ambas figuras. En ambos casos, se pretendió sustituir fiestas paganas por cristianas. En las iglesias de toda España podremos comprobar que la figura de Juan es la más repetida, después de la de Jesús y María.

No es fácil hacerse una idea de lo que pudo significar la figura de Juan para Jesús, y tampoco tenemos elementos suficientes para valorar lo que significó para las primeras comunidades cristianas. Todo es confuso en lo referente a este personaje, porque a la vez que se hacen elogios increíbles, se pone mucho cuidado en no ponerlo por delante de Jesús. Naturalmente no podemos considerar históricos los relatos del nacimiento que nos proponen los evangelios. De todas formas, son muy interesantes las diferencias con los relatos sobre Jesús. Ahí podemos descubrir que se trata de relatos teológicos.

Hacía por lo menos trescientos años que no aparecía un profeta en Israel, por eso todos los evangelistas resaltan su importancia. Para los primeros cristianos no tuvo que ser fácil aceptar la influencia de Juan en la trayectoria de Jesús, sobre todo desde que se aceptó el carácter divino de su mesianismo. El hecho de que Jesús acudiese a Juan para ser bautizado manifiesta que Jesús se sintió atraído e impresionado por su figura y su mensaje. Juan tuvo una influencia muy grande en la religiosidad de su época. Relatos extrabíblicos lo confirman. En el momento del bautismo de Jesús, él era ya muy famoso.

La importancia de Juan no disminuye por el hecho de que el mensaje de Jesús se aparta en gran medida del suyo. Juan predica un bautismo de conversión, de metanoya, de penitencia. Habla del juicio inminente de Dios, y de la única manera de escapar de ese juicio: su bautismo. No predica un evangelio -buena noticia- sino la ira de Dios, de la que hay que escapar. No es probable que tuviera conciencia de ser el precursor, tal como lo entendieron los cristianos. Habla de "el que ha de venir", pero, con toda seguridad, se refiere al juez escatológico, en la línea de los antiguos profetas.

Jesús por el contrario, predica una “buena noticia”. Dios es Abba, es decir Padre-Madre, que ni amenaza ni condena ni castiga, simplemente hace una oferta de salvación total. Nada negativo debemos temer de Dios. Todo lo que nos viene de Él es positivo. No es el temor, sino el amor, lo que tiene que llevarnos hacia Él. Muchas veces me he preguntado, y me sigo preguntando, por qué, después de veinte siglos, nos encontramos más a gusto con la  predicación de Juan que con la de Jesús. ¿Será que el Dios de Jesús no lo podemos utilizar para meter miedo y tener así a la gente sometida?

Hay un aspecto de sus doctrinas en la que sí coinciden. Ambos critican duramente una esperanza basada en la pertenencia a un pueblo o en las promesas hechas a Abrahán sin compromiso personal alguno. Es curioso que los cristianos hayamos mantenido esa manera de pensar, después de las críticas de Juan y de Jesús. Tanto Juan como Jesús dejan muy claro que el comporta­miento personal es el único medio para alcanzar la verdadera salvación. Por eso coinciden también los dos en la crítica del ritualismo cultual.

Juan era hijo de sacerdote, pero no se presentó como tal ante el pueblo. Por el contrario se alejó del ámbito del templo y bautizaba lejos de la influencia de las instituciones religiosas de su tiempo. Arremetió contra todo lo que oliera a privilegios de castas o poderes establecidos y predicó y vivió la libertad de ser él mismo. Jesús pudo aprender de él que lo que se cocía en el templo no podía estar de acuerdo con la voluntad de Dios, por más que se cumpliera la Ley meticulosamente.

La figura del profeta fue clave en el AT. De hecho a los escritos bíblicos se les llamó “la Ley y los profetas”. Claro que el concepto de profeta del AT, nada tiene que ver con lo que entendemos hoy por profeta, aunque se está recuperando su verdadera imagen. Su primera tarea era de denuncia. Y no de falta de piedad o religiosidad, sino de falta de justicia. Esto es muy importante porque sin esta perspectiva la figura del profeta queda descafeinada. Pero resulta que la injusticia, la opresión, el sometimiento del otro, vienen siempre de parte de los poderosos, que tienen también capacidad para tomar represalias contra el que les incomoda.

Para mí, la principal característica de la figura del profeta, de antes y de ahora, es que no actúa en nombre propio. Tiene la conciencia clara de ser un enviado, que tiene la obligación de ser fiel a quien le envía. Es el caso de Juan, enviado y precursor al mismo tiempo. Esto le coloca en un plano inmejorable para hablar con humildad pero también con total libertad ante cualquier clase de coacción. En última instancia, esa valentía a la hora de denunciar la injusticia le costó la vida, como a todos los verdaderos profetas.

Hoy más que nunca, necesitamos profetas que sean capaces de criticar los abusos de los poderosos de todo pelaje, y nos aclaren el camino por el que tenemos que transitar para alcanzar plenitud humana. Al ser humano se le ofrecen hoy infinidad de caminos por los que puede desarrollar su existencia. ¿Cuál será el que le lleve a la verdadera salvación? Precisamente porque las ofertas engañosas son más variadas y mucho más atrayentes que nunca, es más difícil acertar con el camino adecuado. La orientación de una persona libre e independiente de intereses bastados es más necesaria que nunca. Todos tenemos la obligación de ser un poco profetas, sobre todo viviendo.

Ni hoy ni nunca, puede el ser humano planificar, de una vez por todas, su salvación trazando un camino claro y directo que le lleve a su plenitud. Su capacidad de conocer es limitada, por eso solo tanteando puede descubrir lo que es bueno para él. También en el orden espiritual tenemos que aumentar el conocimiento. La idea de que la revelación está ya terminada, va en contra de la misma naturaleza del ser humano. Jesús dijo: “hay muchas cosas que no podéis cargar con ellas por ahora, el Espíritu os irá llevando hasta la plenitud de la verdad”. Nadie puede dispensarse de la obligación de seguir buscando.

Más que nunca, nos hace falta una crítica sincera de la escala de valores en la que desarrollamos nuestra vida. Digo sincera, porque no sirve de nada afirmar teóricamente una determinada escala de valores y después desplegar en nuestra vida la opuesta. Tal vez sea esto el mal de nuestra religión, que se queda en la pura teoría. Hace ya algún tiempo, un ministro del gobierno, hablando de los problemas del norte de África, decía muy serio: Es que para los musulmanes, la religión es una forma de vida. Qué pena que se dé por supuesto que para los cristianos no es así.

Fray Marcos





¿QUIÉN ES ESTE? ¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS?
José Luis Sicre

Domingo 12. Ciclo B.
Si en la liturgia se leyera el evangelio de Marcos tal como lo escribió su autor, no a saltos, trompicones y omisiones, habríamos advertido que la popularidad creciente de Jesús suscita tres reacciones muy distintas: desconfianza por parte de su familia, rechazo por parte de los escribas, aceptación por parte de su nueva familia (“estos son mis hermanos, mis hermanas y mi madre”). A esa nueva familia, Jesús la instruye en el capítulo de las parábolas (de las que sólo leímos dos el domingo pasado) e, inmediatamente después, la salva.

Pero el episodio de hoy supone también un gran paso adelante en la revelación de Jesús. Al principio, cuando la gente lo oye hablar y actuar en la sinagoga de Cafarnaúm, se pregunta asombrada: «¿Qué es esto?» (Mc 1,27). Más tarde, cuando cura al paralítico, exclama: «Nunca hemos visto nada igual» (Mc 2,12). Ahora, tras manifestar su poder sobre la naturaleza, calmando la tempestad, los discípulos se preguntan: «¿Quién es este?»

El mar como símbolo de las fuerzas caóticas (Job 38,1.8-11)
En el mito mesopotámico de la creación (Enuma elish) el dios Marduk debe luchar contra la diosa Tiamat, que representa el mar, para poder crear el universo. El mar simboliza el peligro, la amenaza a la vida. (En términos modernos, el tsunami que devora y destruye la tierra firme.)

La primera lectura, del libro de Job, recoge este tema, pero despojándolo de sus connotaciones politeístas. El mar no es una diosa, es una fuerza caótica que amenaza con cubrirlo todo. El Señor no le machaca el cráneo ni la descuartiza, como hace Marduk con Tiamat; se limita a encerrarlo con doble puerta, a fijarle un confín en el que «se romperá el orgullo de tus olas».

El peligro del mar (Salmo 107)
El mar no es sólo una amenaza para la tierra firme, lo es también cuando se intenta cruzarlo en una pequeña nave como las antiguas. En el momento más inesperado se oscurece el cielo, estalla la tormenta, la nave sube y baja al ritmo frenético del oleaje. Sólo cabe la posibilidad de encomendarse a Dios. Esta es la experiencia que recoge el fragmento del Salmo 107, al que quizá mucha gente no preste atención, pero esencial para entender el evangelio de hoy.

Jesús, los discípulos y el mar (Marcos 4,35-41)
El pasaje del evangelio podemos dividirlo en cinco partes: 1) introducción: Jesús y los discípulos se embarcan a la otra orilla; 2) la tormenta: reacción opuesta de Jesús, que duerme, y de los discípulos, que lo despiertan asustados; 3) Jesús calma la tormenta; 4) Palabras de Jesús a los discípulos; 5) reacción final de éstos.

Tres de estas partes tienen especial relación con los textos de Job y el Salmo.
La segunda (la tormenta) recuerda la situación de grave peligro descrita en el Salmo. Pero, en este caso, los discípulos no se encomiendan a Dios, acuden a Jesús; no creen que pueda resolver el problema, simplemente les asombra que duerma tan tranquilo mientras están a punto de hundirse.

La tercera, en cambio, recuerda la lectura de Job, no por el tono poético, sino por el poder y la autoridad suprema que Jesús manifiesta sobre el mar, semejante a la de Dios en el Antiguo Testamento.

La quinta, que habla de la reacción de los discípulos, recuerda la reacción de los navegantes en el Salmo, pero con un cambio fundamental: los marineros del salmo se llenan de alegría y dan gracias a Dios, los discípulos sienten gran miedo y se preguntan quién es Jesús. Curiosamente, Marcos no ha dicho que los discípulos tuvieran miedo durante la tormenta, pero ahora sí lo tienen; es el miedo que provoca el contacto con el misterio.

Prescindiendo de la introducción, la parte que queda sin paralelo es la cuarta, las palabras de Jesús a los discípulos, que les interroga sobre su miedo y su fe. La ausencia de paralelo sugiere que estas dos preguntas son esenciales en el relato. De hecho, el pasaje dice al lector dos cosas: 1) el poder de Jesús es semejante al que se atribuye a Dios en el Antiguo Testamento; poder para dominar el mar y poder para salvar. 2) Al escuchar la lectura, el cristiano debe reconocer que sus miedos son muchos y su fe poca. Conocer a Jesús no es saberse de memoria unas fórmulas de antiguos concilios. El evangelio debe sorprendernos día a día y hacer que nos preguntemos quién es Jesús.

Desde antiguo se valoró el aspecto simbólico del relato: la nave de la iglesia, sometida a todo tipo de tormentas, es salvada por Jesús. Un aspecto que también podemos valorar a nivel individual.

¿Quiénes somos nosotros? (2 Cor 5,14-17)
En el Tiempo Ordinario, la segunda lectura corre al margen de la primera y del evangelio. Se basa en la ingenua idea de que, leyendo cada domingo un trocito de san Pablo, se terminará conociendo su pensamiento. Nada más lejos de la realidad. Pero el fragmento de hoy podemos verlo como un complemento al evangelio de Marcos.

«¿Quién es este?», se preguntan los discípulos, sorprendidos por su poder sobre el viento y el mar. La respuesta de Pablo sobre quién es Jesús no se basa en el poder sino en la debilidad: «el que murió por nosotros». Pero esta aparente debilidad tiene un enorme poder transformador: convierte a los cristianos en criaturas nuevas. Ya no deben vivir para ellos mismos, «sino para quien murió y resucitó por ellos.»

Vivir para Cristo es la mejor síntesis de lo que fue la vida de Pablo después de su conversión. Viajes continuos, peligros de muerte, fundación de comunidades, persecuciones de todo tipo, prisiones, redacción de cartas… todo estaba motivado por el deseo de servir a Cristo y vivir para él. Un buen espejo en el que mirarnos.

José Luis Sicre





Mirando hacia el futuro en la Vida Religiosa
José María Rodriguez Olaizola, SJ.

Hace unos días me plantearon, para un periódico, una serie de preguntas sobre la situación de la Compañía de Jesús, enmarcadas en un posible artículo sobre la Vida Religiosa. La verdad es que el cuestionario era interesante. Mis respuestas fueron subjetivas, claro. Sin embargo al final el artículo resultó ser una reflexión sobre «el final de la Vida Religiosa», con un tono sombrío y casi depresivo. A mí en realidad me parece que el estado de la Vida Religiosa, con los problemas que tenga, es mucho más lleno de matices y oportunidades. Comparto, con muchos religiosos y religiosas, incertidumbres, preocupación, pero también entusiasmo, pasión y la conciencia de que nuestra vida hoy tiene sentido. No dudo que es bueno el hacer una reflexión profunda, sosegada y realista sobre hacia dónde estamos yendo. Porque, si es verdad que hay muchas cosas que están cambiando, también lo es que hay muchas que pueden emerger.

Creo que la vida religiosa no está acabada. Está cambiando, como toda una época. Algo de eso está recogido en la entrevista. Así que creo que merece la pena compartirla entera.

1 ¿Cuál es el estado general de la Compañía de Jesús en España, a nivel de próximos retos y proyectos?

Yo diría que la Compañía de Jesús está atravesando una etapa de transformación, que afecta a otras muchas instituciones, en la sociedad y en la Iglesia, y ajustándose a una nueva época. Los grandes retos, en lo interno son: (1) la adaptación a una realidad demográfica muy diferente a la que hubo, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX. (2) También diría que hay que mirar a la vida religiosa con libertad y con lucidez para imaginar cómo va a ser dentro de unos años. En lo externo, (3) creo que tenemos un reto enorme en la transmisión de la fe en un contexto y una cultura que en muchos casos ya no la entiende. (4) Un último reto es el de seguir colaborando con otros en la búsqueda de soluciones para la situación de las personas más vulnerables de nuestra sociedad y nuestro mundo.

2. ¿Qué actuaciones de la Compañía destacaría en los últimos años que ponen de relevancia su importancia a nivel social en España?

Lo primero que diría es que hay que matizar dicha importancia. No somos importantes. Desde luego, no con el peso de otras épocas o de otra sociedad. Y en ese sentido no lo digo con pena ni con nostalgia.

Lo deseable, en todo caso, es poder influir, con otros, a la hora de contribuir a que la sociedad sea más libre, más humana, más justa, y a que la fe pueda tener su espacio en ella. Y dicho eso, para concretar, diría que seguimos teniendo un peso grande en el mundo de la educación, por la cantidad de instituciones educativas (en todos los niveles), y el equilibrio entre una tradición pedagógica muy reconocida y la adaptación a un escenario muy nuevo. También creo que es muy significativo el compromiso social, y especialmente el trabajo en red nos permite hacer visibles muchas realidades (por ejemplo el compromiso con los temas de migraciones, la denuncia de los CIES –ahora mismo se está presentando en distintas ciudades el informe Anual sobre dichos centros, tras presentarse el pasado 7 de junio en el Senado–).

3. El número de jesuitas en España disminuye con el paso de los años debido al envejecimiento de la congregación y la falta de nuevas vocaciones. ¿Qué está ocurriendo para no enganchar a los más jóvenes? ¿Qué se puede hacer para revertir esta situación?

Esta pregunta daría de sí para largos análisis. Probablemente son muchos factores distintos –y muchos de ellos no dependen de nosotros–. Para empezar, la disminución es imparable porque los números de las décadas centrales del siglo XX fueron también excepcionales en todo el mundo eclesial, y eso es impensable en la actualidad. Además, hoy estamos en una sociedad de hijos únicos (una dificultad), donde la secularización ha avanzado a marchas forzadas (otra), y donde los compromisos «para siempre» –y una vocación religiosa lo es– asustan (otra). Probablemente por nuestra parte también hay cosas que tendríamos que hacer mejor, ser más visibles, transmitir más claramente nuestro carisma, y encontrar lenguajes para hablar de Dios hoy de una forma más asequible a muchas personas que ya no tienen el trasfondo de una sociedad sociológicamente cristiana. Pero, dicho todo eso, creo que no debemos pensar en «revertir» la situación a un estado anterior, sino en encontrar el camino hacia un futuro donde podamos seguir teniendo una misión, un lugar y una palabra que decir.

4. ¿Es el envejecimiento el mayor peligro para la continuidad de la Compañía en España?

Creo que no. El envejecimiento supone un cambio que, como decía antes, es, por una parte, imparable, y por otra, necesario. A mí me parece que el mayor peligro para nuestra continuidad sería el de perder nuestra identidad. La Compañía de Jesús tiene su base en la espiritualidad ignaciana, en una radicalidad (en el sentido de echar raíz) evangélica que se convierte en compromiso con la realidad de cada lugar en el que estamos, y en una consagración religiosa que le da sentido a todo eso que hacemos. Hoy en día, desde mi punto de vista, nuestro mayor peligro sería acomodarnos tanto que dejemos de ser creíbles.

5. Ante esta realidad, ¿cómo se plantean llevar a cabo todos los proyectos con menos efectivos en los próximos años?

Desde hace décadas se viene tomando conciencia de un cambio radical. Estamos comprendiendo que los proyectos no son solo «nuestros» proyectos, algo que tengamos que llevar a cabo nosotros solos.

Tenemos una misión, que tiene que ver con la fe y la justicia que nace de la fe. Pero no es «nuestra». Es compartida con otros muchos. La colaboración con los laicos es una realidad que avanza, a base de ir aprendiendo y comprendiendo los retos que implica. También en el horizonte está la colaboración con otros religiosos, dentro de la Iglesia, y con otros actores sociales.

Lo que es evidente es que no pretendemos ser autosuficientes. Por otra parte, también es cierto que necesitamos repensar nuestras presencias. Es posible que no tengamos que seguir en los mismos lugares. Es más, hay nuevos lugares donde vemos que tenemos que estar –en los últimos años hemos dedicado gente y recursos notables a la presencia en internet–.

Dicho eso, también es realista reconocer que no podremos seguir en todos los lugares en los que hemos estado. Estos días, por ejemplo, nos despedimos de Palencia. Ahí tenemos que ser muy lúcidos a la hora de discernir dónde debemos, podemos y tenemos que estar, y dónde hemos cumplido ya nuestro ciclo.

6. Ante los retos de la pobreza, los refugiados y la educación, no sé si considera que es ahora precisamente cuando más se necesita la acción de la Compañía, que siempre ha estado volcada en estos problemas.

Sin duda es necesaria esa acción. Junto con la de muchos otros. Creo que problemas estructurales ya no se solucionan con buenas intenciones ni con francotiradores. Hoy en día hace falta un trabajo en red en muchas áreas. En concreto, las tres que menciona son clarísimas. La pobreza, la situación de las personas refugiadas (y la complejidad de las migraciones hoy) y los retos de la educación en esta nueva cultura digital, requieren reflexión, compromisos y una búsqueda en la que sí creo que tenemos una palabra (no la única, sino una, entre otras) que decir.

7. Buena parte de la Iglesia española nunca ha terminado de encajar bien con el pensamiento jesuita. ¿Qué motivos lo explican?

Creo que la Iglesia es plural. Eso yo no lo veo como un problema, sino como un valor. Es una institución tan enorme que hay en ella sensibilidades, acentos y hasta espiritualidades muy diferentes. Es evidente que los pilares de la fe son los mismos, pero luego hay muchas diferencias en cómo vemos las urgencias pastorales, las cuestiones sociales, etc. Si eso se procesa bien es un valor para la Iglesia, pues vive en tensión entre la búsqueda de nuevos caminos y la fidelidad a su tradición, sin perder ninguno de los dos polos. En realidad la propia Compañía de Jesús es muy plural, por lo que hablar de «el pensamiento jesuita» es, de algún modo, reduccionista, ya que hay muchos jesuitas pensando de maneras muy diferentes.

8. ¿Sienten el apoyo de la comunidad católica española y de la curia o echarían en falta una mayor sensibilidad o apoyo?

Creo que esto se responde con la cuestión anterior. Hay mucha gente que, por experiencia propia, por educación o por sensibilidad, valora mucho a los jesuitas –a veces hasta idealizándonos más de lo que merecemos– Hay también otra gente que nos achaca todos los males que aquejan a la Iglesia (no hay más que ver algunos foros digitales). Pero creo que los extremismos –que no se dan solo en lo eclesial, sino en prácticamente todos los ámbitos de la vida pública– son siempre caricaturas. Yo creo que la Compañía de Jesús está bien encajada en la Iglesia española.

9. En qué modo tener a un Papa de la Compañía ayuda, si es que lo hace, a la fortaleza de la orden en España?

Creo que lo que supuso el nombramiento de un jesuita como papa fue un interés por la Compañía de Jesús, un interés por conocer su espiritualidad, su misión, por tratar de comprender a Francisco tratando de descubrir qué era eso jesuita que había en él… La realidad es que creo que el papa procura ser un pastor universal –y es lo que tiene que hacer–. Pero yo no diría que nos afecte más su estilo, su pontificado o los acentos que pone, de lo que afecta a otras gentes de Iglesia.

José María Rodriguez Olaizola, SJ.

miércoles, 13 de junio de 2018

José Antonio Pagola - CON HUMILDAD Y CONFIANZA


José Antonio Pagola - CON HUMILDAD Y CONFIANZA

A Jesús le preocupaba que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les ha de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como «un grano de mostaza», que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

Domingo 11 Tiempo ordinario - B
(Marcos 4,26-34)
17 de junio 2018



COMO UN GRANO DE MOSTAZA
Florentino Ulibarri

A veces, Señor, cuando dudo,
cuando no siento nada,
cuando la vida no avanza
y me percibo escéptico,
cuando no veo resultados...
todavía sé pararme
y coger un grano de mostaza
en el cuenco de mi mano,
y mirarlo y mirarlo,
acordándome de tu parábola.

Y a veces, cuando todo va bien,
cuando la vida me sonríe,
cuando no tengo problemas
para creer en ti,
ni para creer en los hombres y mujeres,
ni para creer en mí...,
también me atrevo a coger un grano de mostaza
en el cuenco de mi mano,
y lo miro y miro
acordándome de tu parábola.

Y en algunas ocasiones
también me siento hortelano
en medio de un gran campo,
con el zurrón lleno de granos;
pero parecen tan pequeñas las semillas
que dudo en esparcirlas y perderlas.
Entonces, levanto los ojos,
miro tu rostro que me está mirando,
escucho nuevamente tu parábola,
y vuelvo a ser labrador y hortelano





¡DEJA CRECER LA SEMILLA QUE HAY EN TI!
Fray Marcos
Mc 4, 26-34

Todos los exégetas están de acuerdo en que el “Reino de Dios” es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que vayamos intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión tan simple.

Podíamos decir que es un ámbito que abarca a la vez materia y espíritu. Todo el follón que se armó el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad humana, terrena, que se tiene que manifestar en nuestra existencia de cada día. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.

No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: “no está aquí ni está allí”. Tampoco está solamente dentro de cada uno de nosotros. Si está dentro, siempre se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.

Las parábolas no se pueden expli­car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada una. Como nuestra actitud espiritual va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que avanzo en mi camino. Tampoco las dos parábolas de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y como se desarrolla. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino.

El crecimiento de la planta no es consecuencia de una acción externa sino consecuencia de una evolución de los elementos que ya estaban en ella. Este aspecto es muy importante, por dos razones: 1ª porque nos advierte de que lo importante no viene de fuera; 2ª porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no tiene fin, porque su meta es el mismo Dios. El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.

Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar hasta la plenitud que debe alcanzar a través de su vida. Y también se puede aplicar a las comunidades y a la humanidad en su conjunto. Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar hacia una mayor humanidad.

Tampoco podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a donde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar también una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a las condiciones del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.

En cada una de las dos parábolas se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella surge. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible, surja en muy poco tiempo, una planta de gran porte.

Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia energía. Si no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita humedad, luz, temperatura y nutrientes para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno, solo espera una oportunidad.

Con frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el Reino se desarrolle en los demás olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer la desarraigamos, o damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar. El tiempo no es el mismo para todos.

Puede frustrarnos el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. La vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos del esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos apreciar el fruto, aunque no lo parezca.

El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios manifestado. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. El Reino de Dios no es nada que podamos ver. Es una realidad espiri­tual. Si está o no está en nosotros lo descubriremos, mirando las obras. Si mi relación con los demás es adecuada a mi verdadero ser, demostrará que el Reino está en mí. Si es inadecuada, demostrará que el Reino no se ha desarrollado.

Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero puede que no lo hayamos descubierto. Jesús hace referencia a esa Realidad. Creo que, aún hoy, nos empeñamos en identifi­car el Reino de Dios con situaciones externa. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos.

Meditación

El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes descubrirlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre origina.
El Reino nunca será el fruto de una programación.

Fray Marcos





LA NUEVA EVANGELIZACIÓN... DE JESÚS
José Enrique Galarreta
Mc 4, 26-34

Marcos relata muy pocas parábolas (7), en comparación con Mateo (26) y Lucas (21) De las siete, seis se repiten en Mateo y Lucas, y una es propia de Marcos sin paralelo en ningún otro evangelio. Se trata de la primera que leemos en el evangelio de hoy (el grano que crece de noche). La segunda, el grano de mostaza, tiene su paralelo en Mateo 13 y Lucas 13, con redacción prácticamente idéntica. Y Marcos ofrece un final (que también cita Mateo (cp.13,34):

"Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado."

De todo esto concluimos que las parábolas muestran el estilo de Jesús.
Es un estilo nuevo (las "parábolas" del Antiguo Testamento no son como las de Jesús; deberíamos llamarles mejor "alegorías", con la excepción de la que dirigió a David el profeta Natán para acusarle de su perversa conducta haciendo que muriese su general Urías para quedarse con su mujer Betsabé (II Samuel 11, 27).

Jesús no hace teología racional, ni mucho menos metafísica. Cuenta historias, cuentos, tomados de la vida real o inventados, para que todo el mundo le entienda.

Con esto encaja muy bien con la exclamación de Jesús en Lucas 10,21: "En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues así lo has querido". Las parábolas son exactamente eso, revelación "para los pequeños". Y son tan sencillas que a los sabios e inteligentes se les escapan.

Quizá sea éste uno de los problemas de nuestra soberbia teología, tan metafísica, tan al alcance solamente de sabios e inteligentes, tan olvidada de las parábolas.

Por otra parte, "a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado". Nos sentimos trasladados a la casa de Cafarnaúm, a la hora de cenar, y a Felipe o Tomás o cualquiera, que, entre bocado y bocado pedían a Jesús: "Explícanos eso de la mostaza...". Y Jesús, entre bocado y bocado, se lo explicaba. No puedo menos que ver aquí la raíz de "la Cena del Señor", algo así como su semilla: alrededor de la mesa, mientras cenaban, la presencia de Jesús y La Palabra...

Y, finalmente, cómo le gustan a Jesus las parábolas "vegetales": la siembra, el grano sembrado, la cizaña, la cosecha, la mostaza, el grano que crece solo, la mostaza, la levadura... Es una nueva imagen de Dios; desde lo pequeño, desde lo oculto, desde dentro, sin ruido.

Los ojos de Jesús sabían leer las cosas. Todo le hablaba de Dios y del Reino, y por eso Él podía hablar de Dios con cualquier cosa. Las parábolas de Jesús nacen de su contemplación y nos dan una pista excelente para nuestra propia contemplación. A veces queremos contemplar con el entendimiento, pero se contempla con los ojos, disfrutando de lo que se ve, descubriendo a Dios en todo.

De noche, en Nazaret, Jesús ha salido de casa y se ha sentado a escuchar el susurro de las mieses: Jesús las oye crecer, siente cómo la fuerza de la vida las va haciendo crecer, sin que nadie lo note, mientras el dueño duerme.

¿Con qué compararemos el Reino de Dios? Con esa vida interior, esa acción secreta, permanente y silenciosa que, desde dentro, hace crecer nuestra fe, nuestras ganas de servir al Reino. Dios como fuerza vital. Permanente, fiel, poderosa, discreta, así es la acción de Dios.

Es algo que parece pequeñito, que pasa desapercibido, como un grano de mostaza que casi no se ve en la palma de la mano. Pero crecerá, tan potente que los campesinos la temen porque puede invadir cualquier terreno. Y crece y crece hasta que es casi un árbol, y los pájaros pueden posarse en sus ramas.

¿Compararemos el Reno de Dios a un ejército poderoso que se impone al mundo? Dios no es así, y su acción tampoco. Desde dentro, en silencio, sin ruido.

Nosotros la Iglesia, al explicar cosas de Dios y del Reino, nos hemos olvidado bastante de las humildes parábolas y las hemos cambiado por solemnes y complicados conceptos. Las hemos olvidado tanto que hemos perdido la confianza en la acción inquebrantable de Dios, ciframos nuestro crecimiento interior en nuestra fuerza de voluntad, en el miedo al castigo y deseos de premio...

No es así, Jesús lo dejó totalmente claro. Volver a las parábolas de Jesus debería ser preocupación constante de eso que llamamos "nueva evangelización".


PROFESIÓN DE FE
Yo creo sólo en un Dios:
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre
y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto
en Jesús, que se sentía Hijo.
Yo creo que Abbá no está lejos
sino cerca, al lado, dentro de mí,
creo sentir su Aliento
como un Brisa suave que me anima
y me hace más fácil caminar.
Creo que Jesús, más aún que un hombre
es Enviado, Mensajero.
Creo que sus palabras son Palabras de Abbá
Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
La Palabra presente entre nosotros.
Yo sólo creo en un Dios,
que es Padre, Palabra y Viento
porque creo en Jesús, el Hijo
el hombre lleno del Espíritu de Abbá




EL ENIGMA, LA MOSTAZA Y EL CEDRO
José Luis Sicre

En el evangelio del domingo pasado vimos cómo se formaba una pequeña comunidad en torno a Jesús: su familia, sus hermanos, sus hermanas y su madre. Inmediatamente después introduce Marcos una serie de parábolas contadas por Jesús. Algo que el lector esperaba desde hace tiempo, porque el evangelista ha insistido en que Jesús enseñaba, pero no decía qué enseñaba. De ese largo discurso (34 versículos), la liturgia ha elegido dos parábolas (una que solo se encuentra en Marcos, y la conocida del grano de mostaza) y el final del discurso.

El campesino y la tierra (1ª parábola)
Lo que dice la primera parece una tontería: que el campesino siembra y luego se olvida de lo que ha sembrado hasta llegar el momento de la siega; la que trabaja es la tierra, es ella la que hace crecer los tallos, las espigas y el grano. Eso lo saben todos los galileos que escuchan a Jesús. ¿Dónde radica la novedad de esta parábola? En que Jesús compara la actividad del campesino con lo que ocurre en el reino de Dios. También aquí la semilla termina dando fruto sin que el campesino trabaje, mientras duerme.

Quedan preguntas difíciles de responder: ¿quién es el campesino? ¿Es Jesús? No parece lógico, porque el campesino de la parábola no sabe lo que ocurre. ¿Son los apóstoles y misioneros que anuncian el evangelio, y éste da fruto, aunque ellos no se den cuenta? ¿Quién es la tierra? ¿Es cada cristiano, en el que la semilla va dando fruto mientras el que ha sembrado duerme?

La explicación hay que buscarla en otra línea: la parábola habla del proceso misterioso por el que crece el reino de Dios, la comunidad cristiana, semejante al de la simiente que crece sin que el campesino intervenga ni se dé cuenta. Cuando uno piensa en la forma misteriosa en que la simiente plantada por Jesús y sus discípulos en una región remota y sin importancia del imperio romano ha terminado produciendo fruto en todos los países del mundo, el sentido de la parábola resulta más claro. Es una invitación a confiar en la acción misteriosa de Dios en la iglesia y en cada uno de nosotros, renunciando a considerarnos los protagonistas de la historia, y a pensar que todo depende de lo que hacemos.

Sin embargo, parece que la parábola resultó demasiado extraña y difícil de entender, y quizá por eso Mateo y Lucas (por motivos pastorales, como ahora se dice) no la copiaron.

La mostaza y el cedro (2ª parábola y lectura de Ezequiel)
La segunda comparación es más clara y de enorme actualidad, sobre todo en muchos países occidentales, donde el cristianismo parece andar de capa caída. Jesús compara a la comunidad cristiana, el reino de Dios en la tierra, con la semilla de mostaza; algo diminuto, pero que, al cabo del tiempo, se convierte en árbol y puede acoger a los pájaros del cielo. No hay que desanimarse si la iglesia es un arbolito pequeño, poco mayor que las hortalizas.

Quien conoce el Antiguo Testamento, advierte que esta parábola recoge una comparación de Ezequiel modificándola radicalmente. Este profeta se dirige a los judíos de su tiempo, desanimados por tantas desgracias políticas, económicas y religiosas. Para infundirles esperanza, compara al pueblo con un árbol. Pero no con el modesto arbolito de la mostaza, sino con un majestuoso cedro, del que Dios arranca un esqueje para plantarlo «en un monte elevado, en la montaña más alta de Israel».

Todo es grandioso en Ezequiel; en el evangelio, todo es modesto. Pero el resultado es el mismo; en ambos árboles pueden anidar los pájaros. La comparación de Ezequiel recuerda la imagen de una iglesia universal dominante, grandiosa, respetada y admirada por todos. La de Jesús, una comunidad modesta, sin grandes pretensiones, pero alegre de poder acoger a quien la necesite.

Final
Marcos ha querido cerrar su discurso con una nota sobre el modo de enseñar de Jesús, sin caer en la cuenta de que se contradice. Comienza diciendo que hablaba en parábolas para acomodarse al entender de su auditorio. Pero la gente no debía de entenderlas, porque sus discípulos tenían necesidad de que se las explicara en privado. Podemos decir, resumiendo mucho, que Jesús utilizaba dos tipos de parábolas: las muy fáciles de entender (hijo pródigo, buen samaritano…) y las que pretendían que la gente pensase; si ni siquiera los discípulos encontraban la respuesta, él se la explicaba (estas son la mayoría).

El destierro y la patria (2 Corintios 5,6-10)
El tiempo ordinario nos devuelve también a la problemática realidad de la segunda lectura, sin relación con la primera ni con el evangelio. Un inciso que dificulta más que ayuda. Eso no significa que no contenga mensajes importantes.

El breve fragmento de la segunda carta a los Corintios nos permite conocer los sentimientos más íntimos de Pablo. La conversión supuso para él un cambio radical con respecto a la persona de Jesús. De perseguirlo pasó a estar tan entusiasmado con él que, por su gusto, preferiría morir para estar con el Señor. Su situación le recuerda a la de tantos contemporáneos suyos, que por motivos políticos eran desterrados, lejos de Roma o de otra ciudad importante. Él también se siente desterrado, lejos del Señor. Y le gustaría morir, porque solo con la muerte se puede volver a la verdadera patria y estar cerca del Señor. (Siglos más tarde santa Teresa diría algo parecido: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero».) Pero Pablo acepta la realidad. En el destierro o en la patria, debemos esforzarnos por agradar a Dios.

José Luis Sicre




SOÑAR CONTIGO
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Tuve que soñar contigo a solas
y buscarte en el mar de adolescente
para encontrar esa paz evanescente
que ocultaba tu brisa entre las olas.

Te aguardé por la noche entre farolas
como un novio que espera entre la gente,
y te escribí mis versos impaciente
para encontrar el sueño que acrisolas.

Me he hecho niño, Señor, aquí sentado
frente aquel mar que a veces ya no encuentro.
Aunque tras muchos años he aprendido

que ese sol que me nace o que se ha ido
tras la rosa, el dolor, la luna, el prado,
eras tú que soñabas desde dentro.

Pedro Miguel Lamet, SJ.





LA EDAD DEL CORAZÓN
Pedro Miguel Lamet, SJ.

Hoy se ha puesto de moda usar la palabra “viejo” como un insulto, y pensar que ser joven es un mérito, una cualidad. Como si el ser joven o viejo fuera evitable por la persona. En la antigüedad los viejos gobernaban la cosa pública. De ahí viene la palabra Senado, constituido por el consejo de viejos, que tenían la suficiente madurez y sabiduría para tomar las grandes decisiones de un país. La experiencia y el conocimiento adquiridos hacían de los viejos las personas más respetadas del lugar.
Hoy nadie quiere ser viejo. Es más hay algunos que rechazan la palabra “abuelo” o “abuela” aunque tengan nietos. La razón de esta actitud está a la vista. Vivimos una sociedad donde lo que se cotiza por encima de todo es la juventud, la forma física, la estética del cuerpo, el goce por encima de todo. No hay más que ver la tele, la publicidad, la escala de valores de la gente.
A los viejos se les arrincona, se les lleva al asilo, no se les tiene en cuenta. Sin embargo ¿quién no ha conocido viejos maravillosos, ancianos que transparentan una claridad interior que ya quisieran para sí muchos jóvenes? “Los cabellos blancos no hacen más viejo al hombre, cuyo corazón no tiene edad”, escribe Alfredo de Musset.
Es verdad que hay dos formas de envejecer: una en la que el corazón se deteriora porque no acepta el paso del tiempo, la proximidad de la inevitable muerte; y otra en la que el hombre parece aproximarse a otra juventud, la del despertar interior, la de la tolerancia y el conocimiento. Entonces, acercarse a un viejo es todo un privilegio, que se traduce en trasvase, crecimiento y alegría interior.
El paso del tiempo es el gran desafío para el hombre. “¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh cómo te deslizas edad mía!”, canta Quevedo en un maravilloso soneto. El río sigue su curso. No se puede parar. El arte de la vida está en saber adecuarse a la marcha del río, porque en cada momento los paisajes son nuevos, distintos. Y al final nos espera el mar, la plenitud. Cada año que pasa recuerdo aquel verso del poeta jesuita de origen navarro, maestro de poetas nicaragüenses, Ángel Martínez Baigorri:
Estoy alcazando la edad perfecta, eterno
Ojalá aprendamos un poco cada día a comprender a nuestros viejos y a saber envejecer, ya que ésta es una experiencia por la que tarde o temprano hemos de pasar absolutamente todos. Sí, también tú, jovenzuelo, que te ríes de tus mayores. Y antes de lo que te imaginas, pues como decían los viejos relojes de pared: Tempus fugit. 
El arte de envejecer es el arte de no tener miedo. Porque el miedo es incompatible con el amor, y el amor es lo que hace feliz a un hombre.
Pedro Miguel Lamet, SJ.





Coloquio de la sal y la luz.

Señor Jesús, tú me dices que yo soy sal,
que soy sal para el mundo,
que con mi vida puedo dar sabor 
a otros que necesitan de tu presencia.
Dime Señor a quiénes puedo ayudar, 
a quiénes puedo llevar tu palabra de esperanza.
Ayúdame a reconocer quiénes necesitan tu consuelo,
quiénes necesitan tu mirada de cariño,
tu abrazo de ánimo.

Gracias Señor por confiar en mí, 
por darme esta misión 
de ser testigo de tu Evangelio.

Te pido Señor, que nunca pierda mi sabor.

Señor Jesús, tú también me dices 
que yo soy luz del mundo.
Quiero que Tú ilumines mi vida,
y que yo pueda ser reflejo de tu amor.

Hay muchas personas 
que necesitan la luz de tu esperanza.
Te pido la gracia para que yo la pueda compartir 
pese a toda adversidad,
que yo nunca tenga miedo 
de ser tu luz en medio de la oscuridad.

Sólo te pido Señor, que cuando otros me vean brillar, 
puedan descubrir que mi luz es solo un reflejo 
de la vida que tú me das.

(Gabriel Roblero sj)




Meditar es sencillo, lo difícil es querer meditar
Pablo D’Ors

¿Qué nos pasa que estamos tan ansiosos y tristes?
Las enfermedades del ser humano son hoy, en mi opinión, tres: la culpa frente al pasado, el miedo frente al futuro y el apego ante el presente. La razón o causa de las tres es la misma: vivimos demasiado hacia fuera y poco hacia dentro.
Y parece más difícil lejos de la naturaleza…
Todos los que vivimos en las grandes ciudades, aunque en distinta medida, somos víctimas de este triple cáncer. La única salida es, a mi parecer, fomentar una cultura de la interioridad, lo que no parece una prioridad en nuestras instituciones. Hemos de aprender a vivir en el presente desde el ser, venciendo esas tentaciones permanentes que son el poder, el tener y el parecer. Para ello la vía del silencio es claramente el camino.
¿Tanto necesitamos el silencio?
Tanto, al menos, como la palabra, probablemente más. La respiración es un ritmo biológico doble: inspirar y espirar. Vivimos solo espirando, dando solo vertidos hacia fuera; pero también necesitamos inspirar, acoger, callar para recibir lo que se nos ofrece.
Dice el Dalai Lama que si todos los niños del mundo meditaran, erradicaríamos la violencia en dos generaciones…
No sé si en dos. Quizá en tres, que es un número más bonito. Yo lo veo sencillo, sí. Meditar es sencillo, lo difícil es querer meditar. En realidad, todo está al alcance de la mano. Es solo que no nos damos cuenta…
¿El ego y la soberbia son los males del hombre contemporáneo?
El hombre contemporáneo… Sabemos muy poco de él, sabemos muy poco de nosotros mismos. Hemos de reconciliarnos con nuestro no saber, vivir serena y alegremente nuestra ignorancia; es a eso a lo que conduce la meditación.
¿Por qué es tan difícil permanecer en silencio más de media hora?
Porque no nos gustamos. Porque no somos solo verdad, belleza y bien, como nos gustaría, sino también codicia, ambición y vanidad. El silencio nos devuelve a nuestra patria y nos asusta darnos cuenta de que hemos vivido toda la vida como extranjeros. Por otra parte, tampoco es imprescindible estar en silencio más de media hora al día. Con ese tiempo es suficiente para que la estructura de nuestra vieja personalidad se agriete y empiece a nacer una nueva.
¿Algún consejo para conseguirlo?
No se trata de ser un experto o un virtuoso, basta con ser un aficionado al silencio. Debemos erradicar el mito de la mente en blanco. El ideal no es el control absoluto de la mente, sino la absoluta aceptación de lo que la mente es, lo que es algo distinto. No se trata de alcanzar la perfección formal, sino la pureza de corazón. No amamos lo perfecto, sino lo auténtico. La vida no es perfecta y la meditación tampoco, basta que estemos vivos y despiertos. El principal “beneficio” de la meditación es que podemos acercarnos a quienes realmente somos.
Dice usted que viene una edad de misticismo…
Creo que el mundo futuro será místico, más volcado hacia el interior, o no será. Entreno mi confianza todos los días y, sin cerrarme al horror del mundo, veo mucho más bien que mal, más cosas hermosas que feas, más personas buenas que malas, muchos más motivos para la esperanza que para la desesperación. Entiendo que muchos considerarán que esta visión es pueril, pero yo siento realmente que la pueril es la suya.