viernes, 16 de noviembre de 2018

José Antonio Pagola - NADIE SABE EL DÍA


José Antonio Pagola - NADIE SABE EL DÍA

El mejor conocimiento del lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo, nos permite hoy escuchar el mensaje esperanzador de Jesús sin caer en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

Un día, la historia apasionante del ser humano sobre la tierra llegará a su final. Esta es la convicción firme de Jesús. Esta es también la previsión de la ciencia actual. El mundo no es eterno. Esta vida terminará. ¿Qué va a ser de nuestras luchas y trabajos, de nuestros esfuerzos y aspiraciones?

Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. «Nadie sabe el día o la hora..., solo el Padre». Nada de psicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Podemos confiar en Dios, nuestro Creador y Padre.

Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado. ¿Es posible creer algo tan grandioso? ¿Podemos hablar así antes de que nada haya ocurrido?

Jesús recurre a imágenes que todos pueden entender. Un día el sol y la luna que hoy iluminan la tierra y hacen posible la vida se apagarán. El mundo quedará a oscuras. ¿Se apagará también la historia de la humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

Según la versión de Marcos, en medio de esa noche se podrá ver al «Hijo del hombre», es decir, a Cristo resucitado, que vendrá «con gran poder y gloria». Su luz salvadora lo iluminará todo. Él será el centro de un mundo nuevo, el principio de una humanidad renovada para siempre.

Jesús sabe que no es fácil creer en sus palabras. ¿Cómo puede probar que las cosas sucederán así? Con una sencillez sorprendente invita a vivir esta vida como una primavera. Todos conocen la experiencia: la vida que parecía muerta durante el invierno comienza a despertar; en las ramas de la higuera brotan de nuevo pequeñas hojas. Todos saben que el verano está cerca.

Esta vida que ahora conocemos es como la primavera. Todavía no es posible cosechar. No podemos obtener logros definitivos. Pero hay pequeños signos de que la vida está en gestación. Nuestros esfuerzos por un mundo mejor no se perderán. Nadie sabe el día, pero Jesús vendrá. Con su venida se desvelará el misterio último de la realidad, que los creyentes llamamos Dios. Nuestra historia apasionante llegará a su plenitud.

Domingo 33 Tiempo ordinario - B 
18 de noviembre 2018



AQUÍ ESTOY, SEÑOR, ¡TÚ SABES CÓMO!
Florentino Ulibarri

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo,
entre estremecida, asustada, aturdida,
expectante... enamorada,
percibiendo cómo avivas en mi pobre corazón
los rescoldos del deseo de otros tiempos.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo,
sintiendo cómo despiertas, con un toque de nostalgia,
mi esperanza que se despereza y abre los ojos,
entre asustada y confiada,
deslumbrada por el agradecimiento.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu casa,
enfrentada a las paradojas de esperar lo inesperable,
de amar lo caduco y débil,
de confiar en quien se hace humilde,
de enriquecerse entregándose.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu casa,
con la mirada clavada en tus ojos que me miran
con el anhelo encendido y el deseo en ascuas,
luchando contra mis miedos,
queriendo entrar en las estancias.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo y casa,
medio cautiva, medio avergonzada,
a veces pienso que enamorada,
queriendo despojarme de tanto peso, inercia y susto...
para entrar descalza en este espacio y tiempo de gracia.

Aquí estoy, Señor,
¡tú sabes cómo, mejor que nadie!,
intentando traspasar la niebla que nos separa,
rogándote que enjugues tú mis lágrimas,
queriendo responder a tu llamada con alegría
y salir de mí misma hacia el alba.

Aquí estoy, Señor,
orientando cuerpo y alma
hacia el lugar de la promesa que no veo,
aguardando lo que no siempre quiero,
lo que desconozco,
lo que, sin embargo, es mi mayor certeza y anhelo.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo y casa.
¡No te canses de llamar, Señor!
¡No te canses de llegar!
¡No te canses de venir, Señor!
Yo continuaré aquí confiado en tu Palabra.




LO QUE FUI Y LO QUE SOY, ES LO QUE SIEMPRE SERÉ. MI TAREA ES DESCUBRIRLO
Fray Marcos
Mc 13, 24-32

Estamos en el c. 13 de Mc, dedicado todo él al discurso escatológico. Este capítulo hace de puente entre la vida de Jesús y la Pasión. Los tres sinópticos relatan un discurso parecido, lo cual hace suponer que algo tiene que ver con el Jesús histórico. Pero las diferencias entre ellos son tan grandes, que presupone también una elaboración de las primeras comunidades. Es imposible saber hasta que punto Jesús hizo suyas esas ideas.

Estamos ante una manera de hablar que no nos dice nada hoy. No se trata solo del lenguaje como en otras ocasiones. Aquí son las ideas las que están trasnochadas y no admiten ninguna traducción a un lenguaje actual. Tanto en el AT como en el NT, el pueblo de Dios está volcado sobre el porvenir. Israel se encuentra siempre en tensión hacia la salvación que ha de venir y nunca llega. Desde Abrahán, a quien Dios dice: "sal de tu tierra", pasando por el éxodo hacia la tierra prometida; y terminando por la espera del Mesías definitivo, Israel vivió siempre esperando que Dios le diera lo que echaba en falta.

Los profetas se encargaron de mantener viva esta expectativa de salvación futura y total. En principio, el día de esa salvación debía ser un día de alegría, de felicidad, de luz; pero a causa de las infidelidades, los profetas empiezan a anunciarlo como día de sufrimiento, de tinieblas. Será el día de Yahvé (dies irae dies illa) en que castigará a los infieles y salvará al resto. Pero ni siquiera este mito fue original del judaísmo. La idea del premio y el castigo por parte de Dios ya existía en muchas culturas y religiones circundantes.

La apocalíptica es una actitud vital y un género literario. La palabra significa “desvelar”. Escudriña el futuro partiendo de la palabra de Dios. Nace en los ambientes sapienciales y desciende del profetismo. Desarrolla una visión pesimista del mundo, que no tiene arreglo; por eso, tiene que ser destruido y sustituido por otro de nueva creación. Invita, no a cambiar el mundo sino a evitarlo. El mundo futuro no tendrá ninguna relación con el presente. El objetivo es alentar a la gente en tiempo de crisis para que aguante el chaparrón.

Escatología procede de la palabra griega "esjatón", que significa “lo último”. Su origen es también la palabra de Dios, y su objetivo, descubrir lo que va a suceder al final de los tiempos, pero no por curiosidad, sino para acrecentar la confianza. El futuro está en manos de Dios y llegará como progresión del presente, que también está en manos de Dios, y es positivo a pesar de todo. Este mundo no será consumido sino consumado. Dios salvará un día definitiva­mente, pero esa salvación ya ha comenzado aquí y ahora.

Para la escatología, Dios es el dueño absoluto del universo y de la historia. El hombre puede malograr la creación, pero no puede volver a enderezarla. Solo Dios puede salvarla. Al superar la idea del dios intervencionista, se nos plantea un dilema: por una parte sabemos que Dios no tiene pasado ni futuro sino que está en la eternidad. Por otro lado, el hombre no puede entender nada que no esté en el tiempo y el espacio. Meter a Dios en el tiempo para poderlo entender es un disparate. Sacar al hombre del tiempo y el espacio, es imposible.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predica­ción de Juan Bautista y de Jesús. También en la primera comunidad cristiana se vivió esta espera de la llegada inmediata de la parusía. Solamente en los últimos escritos del NT, es ya patente un cambio de actitud. Al no llegar el fin, se empieza a vivir la tensión entre la espera del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Se sigue esperando el fin, pero la comunidad se prepara para la permanen­cia.

Hasta aquí hemos intentado explicar la salvación desde una visión mítica que ha durado miles y miles de años. Ahora vamos a situarnos en el nuevo paradigma, en el que nos movemos hoy, y desde el que comprendemos el mundo. Sabemos con absoluta certeza que no puede haber conciencia individual sin la base de un cerebro sano y activado. ¿Cómo podemos seguir aceptando una salvación para cuando no quede ni una sola neurona operativa? ¡Piensa! Y piensa por tu cuenta, no sigas tragándote el “pienso” que otro ha preparado para ti, no sin antes haberte puesto orejeras para que la realidad no te espante.

Hoy sabemos que el tiempo y el espacio son productos de la mente. ¿Qué sentido puede tener el hablar de tiempo y espacio cuando ya no haya mente? Hablar de un cielo o infierno más allá de este mundo no tiene ningún sentido. Hablar de un “día del juicio”, cuando no haya tiempo ni espacio, es un contrasentido. No hay inconveniente en seguir empleando ese lenguaje, pero sin olvidar que se trata de un lenguaje simbólico y no de realidades objetivas. En el lenguaje corriente seguimos diciendo: al salir el sol. Pero todos sabemos que no sale.

No esperes más a salir de una mitología que nos ha mantenido pasmados durante tanto tiempo. Ni Dios tiene que cambiar nada ni Jesús tiene que volver al final de los tiempos a rematar su obra. Esperar que el bien triunfe sobre el mal, supone, no solo que existe el mal y el bien (maniquísmo), sino que sabemos perfectamente lo que es bueno y lo que es malo y pretendemos, como en el caso de Adán y Eva, ser nosotros los que decidamos.

Todos los seres humanos que han vivido una experiencia cumbre han experimentado la verdadera salvación, que consiste en una conciencia clara de lo que son. Para alcanzar esa plenitud no se necesita ningún añadido a lo que ya es el hombre ni quitarle nada de lo que tiene. Desde esta perspectiva no necesitaríamos un Ser supremo que nos quite lo que no nos gusta y nos dé todo aquello que creemos necesitar y no tenemos. Tú lo eres todo. Estás ya en la plenitud de ser y puedes vivir lo absoluto que hay en ti.

No tienes que esperar ninguna salvación que te venga de fuera, porque ahora mismo estás absolutamente salvado. La plenitud está en ti y estás ya totalmente en ella. Solo tienes que tomar conciencia de lo que eres y vivirlo. Todo está en ti en el momento presente. Nadie te puede añadir nada ni quitar nada de lo que te es esencial. En ningún momento futuro tendrás más posibilidades de ser tú mismo que en este precioso instante. Eres ya uno con todo en el instante presente y no hay ningún otro instante que pueda añadir nada a lo que ya eres. Ni Dios puede añadir nada porque se te ha dado Él.

Todo miedo y ansiedad debe desaparecer de tu vida, porque todas tus expectativas están ya cumplidas y sin ninguna limitación posible. Si echas en falta algo es que aún estás en tu falso ser y pesa más lo accidental que lo esencial. Ningún tiempo pasado fue mejor y ningún tiempo futuro puede ser mejor que el ahora. Lo que te ha pasado, lo que te pasa y lo que te pasará es lo mejor que te puede pasar. Deja de dar valor a las circunstancias positivas y deja de temer las adversas. Descubre lo que eres en esencia y vívelo.

Todo el que te prometa una salvación para mañana o para después de tu muerte te está engañando. Si alguien te convence de que eres una mierda y tiene que venir alguien a sacarte de tus miserias, te está engañando. Aquí y ahora puedes descubrir en ti una absoluta plenitud y alcanzar la felicidad sin límites. No esperes a mañana porque mañanas estarás en las mismas condiciones y volverás a decir lo mismo. Muchos seres humanos lo han conseguido a través de la historia, ¿por qué no lo vas a conseguir tú?

Meditación

La realidad que todos vemos por igual
está diciendo cosas distintas a cada uno.
El ser humano tiene que aprender a ver
mucho más de lo que le entra por los ojos.
La verdadera realidad hay que descubrirla.

Fray Marcos




SE ACABA EL TIEMPO: ACERTAR CON JESÚS
José Enrique Galarreta
Mc 13, 24-32

En el Evangelio vemos el género escatológico en boca de Jesús. Aparte de estas imágenes, las acostumbradas, se añade otra imagen muy usada en el género: EL JUICIO. Al final, el juicio de Dios. En este caso concreto, el juez es Jesús (el Hijo del Hombre). Nosotros solemos creer que cuando se aplica a Jesús el nombre de "el Hijo del Hombre" es para subrayar su humanidad.

Es lo contrario: es un término tomado precisamente de la profecía de Daniel que significa más o menos lo mismo que "El Mesías", "el hombre especialísimo, mensajero de Dios". Nos encontramos, pues, ante una especie de epílogo de la predicación de Jesús. Jesús, rechazado ya definitivamente por los sacerdotes y los doctores, está proclamando su Verdad: Él es el Juez, la norma: optar por él es acertar.

Nos encontramos por tanto ante unos textos en que se mezclan varios niveles de redacción y varios "sucesos" diferentes. Podemos aclarar esta mezcla diferenciando tres temas en estos "discursos escatológicos" de los evangelios:
- la destrucción de Jerusalén y del Templo
- el final de los tiempos
- la conducta del cristiano

Está claro que los textos muestran una predicción de la destrucción de Jerusalén. Pero muestran sobre todo una interpretación de esa destrucción. Los judíos piensan que el Templo es el centro de la presencia de Dios en la tierra.

Por eso pueden pensar que la destrucción del templo es el final: no lo es. Jesús muestra aquí algo muy importante de su mensaje: ha pasado el tiempo en que el Templo, la Circuncisión, el Sábado, los sacrificios... tenían (si tenían) importancia religiosa. Por afirmaciones como ésta decidieron los jefes religiosos de Israel matarle. Jesús anuncia que ése no es el fin sino el tiempo de anunciar el evangelio a todo el mundo.

Esta parte del texto muestra por tanto la gran crisis de los judeo-cristianos, que quedaron obligados a dejar atrás todos los resabios judaicos y abrirse al mundo entero cuando el Templo y el culto son destruidos y ellos mismos expulsados de la Sinagoga. Por eso se les advierte de lo mucho que tendrán que sufrir por mantenerse fieles a Jesús.

En segundo lugar, se habla del final de los tiempos. Se utilizan ingenuas imágenes tomadas de los apocalipsis judíos y que reflejan concepciones cosmológicas muy primitivas. El mensaje no está ahí, en cómo y cuándo va a suceder el final de los tiempos. Más bien se elude la respuesta: "ni el Hijo lo sabe, sólo el Padre". Y se habla expresamente de los falsos profetas que van a anunciar el final de los tiempos con muchos falsos motivos.

En tercer lugar, todo lo anterior se pone como prólogo al mensaje verdadero: estamos viviendo hacia un futuro que necesariamente viene: la vida del ser humano no se explica sin mirar hacia su futuro. Nada de la vida cristiana, ni nada de Jesús, tiene sentido sino mirando al destino de todo.

Ya conocemos la imagen del caminante, del peregrino, para el que el valor primero es llegar y todo lo demás se subordina a ese valor, de manera que cualquier cosa es importante o no lo es solamente si ayuda a caminar. Aquí la imagen es otra: el futuro viene hacia nosotros de manera inexorable. Pero el contenido, el mensaje es el mismo: todos nuestros valores se fundan en el final.

El final se presenta con otra imagen: el JUICIO. Pero esta palabra no debe ser reducida a la interpretación teatral-superficial y a las amenazas catastrofistas. El juicio significa que al final de todo resplandece la verdad. Mientras dura el camino estamos sujetos a error, a apariencias, a engaños.

Esta es una condición del caminante que al final desaparece: al final, la VERDAD. La verdad es Dios, la verdad la anuncia la Palabra de Dios, Jesús. Esto se expresa también con imágenes: Cristo no viene de ningún sitio ni cabalga sobre las nubes sino que todos los humanos se encuentran al final con la revelación definitiva del bien y el mal, el acierto o el error. Y el acierto es Jesús, la Palabra de Dios. Por eso el juez es Cristo.

EN RESUMEN, ESTOS TEXTOS SIGNIFICAN:
- Para los cristianos de aquel tiempo: que cuando se derrumbe la Antigua Ley no se ha acabado nada: empieza la evangelización del mundo.
- Para aquellos cristianos especialmente y también para todos. Que el cómo y el cuándo del final de los tiempos lo sabe sólo Dios y hay que guardarse de los falsos profetas.
- Para todos: todos vivimos "de cara al final". El tiempo sólo es tiempo, se acaba: hay que vivir la vida en tensión hacia ese final, porque lo pasajero sólo tiene sentido de cara a lo definitivo.
- Las primeras generaciones cristianas tuvieron dos tentaciones: pensar que el final de los tiempos era algo inminente, e interpretar la destrucción de Jerusalén como el final de los tiempos.

Se suele afirmar que Jesús mismo pensaba que el final de los tiempos estaba próximo. Personalmente creo que estos textos muestran precisamente lo contrario. Cuando Jesús habla de escatología se desinteresa por el final de los tiempos y da primacía al sentido escatológico personal: es mi tiempo el que se termina; por eso, hay que estar bien despierto.

ÚLTIMAS PUNTUALIZACIONES
En el contexto más histórico, se trata de que Jesús, rechazado por las autoridades religiosas y por los letrados de Israel, va a afrontar su final y se proclama JUEZ. Juez significa que Él es la norma, la Verdad.

Que los que no le aceptan se equivocan y que "aún hay tiempo", pero estamos "en los últimos tiempos", cuando el Reino de Dios ya se ha hecho plenamente presente, cuando hay que optar.

La Palabra de Dios está ahí, y puede ser rechazada. Jesús está proclamando la condición humana: el hombre es dramáticamente libre: puede elegir para su mal. La Palabra está presente, para salvar al hombre, porque puede perderse, y Dios no quiere que esto suceda.

No es correcto sacar de aquí conclusiones sobre la severidad del juicio, sobre el número de los que "se pierden".... Dios no es un Juez: se usa la imagen de un juicio al final, pero es una imagen, como todas las del género escatológico. La idea es que Dios es la Verdad. Jesús es la Verdad, el acierto. El mensaje no es que Dios se va a portar con los hombres como un Juez severo. Un mensaje aún más fuerte del Evangelio – su mensaje fundamental - es que Dios es Padre, que Jesús es la prueba visible de que Dios es "El Salvador".

No podemos separar estos textos de la gran parábola final de Mateo (25,31), en que se da el mensaje definitivo, la materia del juicio: "A mí me lo hicisteis, a mí me lo dejasteis de hacer".

Se trata de una última, definitiva y drástica "des-sacralización" de lo religioso: servir a Dios no tiene nada que ver con el templo, el rito... sino con la construcción de humanidad. Así construimos nuestra visión del futuro, y nuestro modo de vivir presente: entre la urgencia de seguir a la Palabra, y de anunciarla, para salvar lo humano, que es lo que Dios quiere; y la consciencia de que el ser humano es libre, incluso - aunque parezca increíble - contra la Voluntad Salvadora de Dios.

Otra de las preguntas estériles que nos hacemos es cuántos se salvan, si alguien se condena. Se la hicieron a Jesús: (Lucas 13,23)

"- Señor ¿son pocos los que se salvan? Y Jesús contesta: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha..." Una vez más, no es propio de Jesús satisfacer curiosidades sino provocar actitudes de conversión.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Muchas parábolas de Jesús, la de la higuera, la del amo ausente que va a volver, la de los talentos, la del administrador infiel, la de las doncellas necias ... hacen referencia a la urgencia de aprovechar el tiempo.

Nuestro tiempo es momento de negociar, de caminar, de sembrar... y se acaba. Interpretar toda la vida desde su final, estimarlo todo desde su valor definitivo, no conformarse con el engaño de lo provisional... es Sabiduría de Jesús.

Nuestra vida cristiana no tiene sentido sino mirando al final: esto significa que nuestra vida puede tener sentido, un espléndido sentido; pero también se puede decir que, mirando al final, el modo de vida que llevamos puede no tener sentido.

Aquí se ponen a prueba todas nuestras "sabidurías". "Carpe diem", "a vivir que son dos días", "la vida es para disfrutarla" ... Todo eso es verdad, y Jesús lo cumple a rajatabla: aprovechar la vida, vivir a tope, porque la vida es breve, disfrutar ya del reino, buscar las felicidades más íntimas, más profundas y duraderas --- NO CONFORMARSE CON MENOS QUE CON SER HIJO, CON EL REINO.

Si algo caracteriza a Jesús es la ambición, el deseo de plenitud, personal y de todos. Y engancharse a ese ideal: que todos, empezando por mí, lleguen a ser todo lo que Dios ha soñado. Porque EL REINO es, ante todo, el sueño de Dios.

S A L M O 16
Guárdame, Señor, que me refugio en Ti.
Decid al Señor: "Tú eres mi Dios,
Tu eres mi Bien y no deseo otro"
Aunque todo el mundo corra tras sus ídolos
mi herencia eres Tú, Señor.
Eres Tu quien garantiza mi suerte
Eres Tú mi herencia y mi riqueza.
Bendigo al Señor, mi consejero
y lo tengo presente sin descanso.
El Señor a mi diestra. El es mi guía.
Así encuentra mi espíritu la paz
mi corazón reposa seguro
porque Tú no abandonas mi vida.
Tú me enseñas el camino de la vida
y encuentro ante tu rostro
la plenitud de vida y de alegría.

José Enrique Galarreta




PERSECUCIÓN Y ESPERANZA
José Luis Sicre

Las lecturas del penúltimo domingo del Tiempo Ordinario parecen trasladarnos siempre a un mundo de ciencia ficción, difícil de ser tomado en serio. Sin embargo, los tres evangelios sinópticos contienen este discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Lo cual significa que, para los primeros cristianos, era algo esencial: un mensaje de esperanza y consuelo en medio de las persecuciones. La 1ª lectura y el evangelio coinciden en ser la respuesta a momentos de crisis, mucho más profundas de las que nosotros a veces padecemos. Ambos textos pretenden consolar a los que atraviesan esta dura prueba.

Tres años terribles (169-167 a.C.)
Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.

Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.

Apocalipsis significa “revelación”, “desvelamiento de algo oculto”. La literatura apocalíptica pretende revelar un secreto escondido, que se refiere al fin del mundo: momento en que sucederá, señales que lo precederán, instauración definitiva del Reino de Dios. Es una literatura de tiempos de opresión, de lucha a muerte por la supervivencia, de búsqueda de consuelo y de unas ideas que den sentido a su vida. La única solución consiste en que Dios intervenga personalmente, ponga fin a este mundo malo presente y dé paso al mundo bueno futuro, el de su reinado.

La respuesta de Daniel
El pequeño fragmento del libro de Daniel recoge algunas de estas ideas. Se anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, que brillarán como las estrellas, por toda la eternidad. Con ello deja clara su opción política y religiosa: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos.

Una década fatal (60-70 d.C.)
No sabemos con seguridad cuándo se escribió el primer evangelio. Pero lo que ocurrió en la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.

El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche (lo cuenta Plinio en su Historia natural 2.86). El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79. El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos. El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén. El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón. El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano).   En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, la comunidad cristiana sufre toda clase de problemas. Unos son de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusa de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de orgías durante sus celebraciones litúrgicas; se representa a Jesús como un crucificado con cabeza de asno. Otros problemas son de orden interno, provocados por la aparición de individuos y grupos que se apartan de las verdades aceptadas. La primera carta de Juan reconoce que “han venido muchos anticristos”, no uno solo (1 Jn 2,18), y que “salieron de entre nosotros”.

La respuesta del evangelio de Marcos
En este ambiente tan difícil, el evangelio de Marcos también ofrece esperanza y consuelo mediante un largo discurso (capítulo 13). Todo comienza con un comentario ocasional de Jesús. Estando en el monte de los Olivos, donde se goza de una vista espléndida del templo, dice a los discípulos: «¿Veis esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.»

A ellos les falta tiempo para identificar la destrucción del templo con el fin del mundo. Entonces, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntan en privado: «¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Y cuál es la señal de que todo está para acabarse?» Los dos temas que obsesionan a la apocalíptica: saber qué señales precederán al fin del mundo y en qué momento exacto tendrá lugar.        La lectura de este domingo ha seleccionado algunas frases del final del discurso, en las que reaparecen estas dos preguntas, pero en orden inverso: primero se habla de las señales, luego del tiempo. En medio, la gran novedad, algo por lo que no han preguntado los discípulos: la venida gloriosa del Señor.

Las señales del fin y la venida del Señor
Las señales no acontecen en la tierra, sino en el cielo: el sol se oscurece, la luna no ilumina, las estrellas caen del cielo. Pero lo que ocurre no provoca el pánico de la humanidad. Porque la desaparición del universo antiguo da lugar a la venida gloriosa del Señor y a la salvación de los elegidos. Indico algunos detalles de interés en estos versículos.
1) A Dios no se lo menciona nunca. Todo se centra, como momento culminante, en la aparición gloriosa de Jesús.
2) De acuerdo con algunos textos apocalípticos judíos, se pone de relieve la salvación de los elegidos. Esto demuestra el carácter opti­mista del discurso, que no pretende asustar, sino consolar y fomentar la esperanza, aunque no encubre los difíciles momentos por los que atravesará la Iglesia.
3) A diferencia de otros textos apocalípticos, que conceden gran importancia a la descripción del mundo futuro, aquí no se hace la menor referencia a ese tema, como si pudiera descentrar la atención de la figura de Jesús.

El momento del fin
La parte final contiene tres afirmaciones distintas: 1) vosotros podéis saber cuándo se acerca el fin (parábola de la higuera); 2) el fin tendrá lugar en vuestra misma generación; 3) el día y la hora no lo sabe más que Dios Padre.

La segunda es la más problemática. Si se refiere a la caída de Jerusalén no plantea problema, porque tuvo lugar el año 70. Pero, si se refiere al fin del mundo, no se realizó. A pesar de todo, es posible que así la interpretasen muchos cristianos, conven­cidos de que el fin del mundo era inmi­nente. Así pensó Pablo en los primeros años de su actividad apostólica.

Pero al lector debe quedarle claro lo que se dice al final: nadie sabe el día ni la hora, y lo importante no es discutir o calcular, sino mantener una actitud vigilante [este tema, importantísimo, lo ha suprimido la liturgia de forma incomprensible].

José Luis Sicre




Suicidio eclesial
Jorge Costadoat SJ (Chile)

El uso de la palabra Iglesia está llevando a los católicos al suicidio. La institución eclesiástica, principalmente los obispos, pero también los curas, cuando hablamos de la Iglesia lo hacemos para referirnos a nosotros mismos. Los laicos, por su parte, embisten contra “la Iglesia” cuando critican a la jerarquía eclesiástica. Pero la Iglesia son los bautizados y bautizadas, los cristianos en general, incluidos quienes pertenecen a otras iglesias. No puede decirse que el cristianismo esté en crisis de la misma manera que lo está la institución eclesiástica.

Parte importante del problema que vive hoy la Iglesia católica es haber olvidado la jerarquía católica su misión de servicio a la humanidad. Lo recordó el Papa a los obispos chilenos. Dejaron de ser profetas, les dijo, se pusieron al centro cuando el centro siempre ha debido ser el Cristo que ama a los que nadie ama. Pero lo que no se ve -precisamente porque suele ser callado y humilde como el cristianismo auténtico- son las innumerables organizaciones e iniciativas de tantísimos católicos en favor de los ancianos, los niños sin hogar, los adictos, las embarazadas adolescentes, los presos hombres y mujeres, la educación gratuita de los más pobres, los enfermos de todo tipo, los migrantes, la gente cuyo hogar es la calle y otras personas que sufren; son las comunidades cristianas en las que personas sencillas comparten sus vidas, comienzan a celebrar eucaristías de otras maneras y crean nuevos apostolados. ¿Quién pudiera decir que, a este respecto, la Iglesia es innecesaria? Si usáramos la ficción para imaginar un país sin cristianismo, nos quedaría un Chile ciertamente con muchos logros de generosidad, pero más triste.

El Papa Francisco sopla en esta dirección. Su opción preferencial por los pobres confirma la intuición mística de la Iglesia latinoamericana que, desde la conferencia episcopal de Medellín (1968), no cesa de proclamarla. “Cuanto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, proclamó años atrás Francisco, dejando claro por dónde iría. Por lo mismo algunos quieren defenestrarlo. Pero el Papa solamente inspira cambios. No los realiza. Ha debido reformar la curia romana que tiene asfixiadas a las iglesias de los diferentes continentes, pero a estas alturas parece que ya no lo hizo. Los esperados cambios estructurales no llegan. Ejemplo: se acaba de aprobar un documento titulado Veritatis gaudium que le da todavía más poder a la Congregación para la Educación Católica en la gestión de las facultades de teología. Mala noticia para la catolicidad de la teología: más miedo, menos creatividad.

¿Qué alternativa queda a los católicos, cristianos que vagan como zombis en busca de reconocimiento? ¿Cuánto más resistirán sin autoridades que representen la unidad de la Iglesia a la que pertenecen? Una institución eclesiástica a la altura de los tiempos puede tomar décadas en reconstituirse, ¿o siglos? Por de pronto, los católicos debieran usar con más cuidado la palabra Iglesia. Reservarla para aquella comunidad de comunidades con que Cristo quiso acoger a los desamparados. Y, sobre todo, usar menos tiros contra una institución anacrónica que se derrumbará sola y más tiros en combatir los abusos de poder, los crímenes sexuales se den donde se den, la discriminación de la mujer, la humillación de la dignidad humana y la catástrofe ecológica en curso.




El silencio de 'los buenos'
Javier Bailén, SJ

Dolor. Mucho dolor al recibir, de nuevo, la triste noticia de que unos migrantes han perdido su vida en el mar, cerca de las costas de Melilla. Es la muestra más continua que podemos tener hoy de la injusticia de este mundo. Unas personas, seres humanos nacidos en un lugar que no han elegido, tienen que sufrir las duras condiciones de una sociedad que les obliga a salir, a huir con la esperanza, quizás utópica, de conseguir un futuro mejor. Pero ese camino, ese valle de lágrimas, es una auténtica tortura que muestra lo peor del ser humano.

La escala del mal no tiene límites ni fronteras. Por el sucio beneficio de unas mafias que juegan con los migrantes como si fueran títeres, otros pierden el mayor regalo que hemos podido recibir, la vida. Es el mayor contraste en el límite de lo recibido. Es la lucha sin cuartel por mantenerse en el mundo.

No es el daño de 'los malos' lo que más me enfada, sino el silencio de 'los buenos'. No me sorprende que haya gente sin escrúpulos que solo quieran sacar beneficio con lo que sea, aunque se tenga que jugar con la vida y la muerte. Me sigue sorprendiendo el silencio de 'los buenos'. Me sigue enfadando que se mire, hipócritamente, hacia otro lado. Que se trate de silenciar una injusticia tan grande como esta o se dé un espacio mediático para la consecuencia y no para la causa. Pude ver en los montes de Nador las miradas de personas que pedían auxilio sin gritar, que lloraban de dolor sin lágrimas que soltar, que clamaban un abrazo sin poderlo manifestar. Gente que quería vivir, simplemente eso. Vivir sabiendo que su vida no está en juego, que nadie se va a aprovechar de ellos, que nadie los utilizará como mercancía.

Su dolor se hunde en la desesperanza porque las miradas de 'los otros' buscan el color de las cosas bonitas, el sonido de la música melódica o el tacto de un dinero que pueda permitir una vida digna, pero ¿Y sus vidas?, ¿Y su dignidad?, ¿Y sus deseos?, ¿Y sus sentimientos?

No es nada fácil atajar un problema tan estructural como este. Pero sería un gran avance si no caemos la banalización de un mal que sigue presente entre nosotros. El peligro de la jerarquización de las vidas hace que valoremos unas más que otras y eso es falso de toda falsedad. Toda vida es digna, valiosa y merece ser cuidada. Toda.

Que las vidas no sean en balde. Que las circunstancias no sean aventuras. Que la realidad nos afecte, nos manche, nos implique. Que nuestro mirar sea por la vida y no por la muerte.

Javier Bailén, SJ


Padre Sosa ante el asesinato del primer jesuita keniano: 
'Fue un ejemplo para todos nosotros'
'Dio su vida por las personas, siguiendo el ejemplo de Jesús', apunta

Fue asesinado en Sudán del Sur el primer jesuita keniano. Victor Luke Odhiambo fue herido de muerte en la noche del 14 de noviembre por un grupo de hombres armados que atacaron a la comunidad jesuita de Cueibet, en el estado de Gok. Los otros tres miembros de la comunidad salieron ilesos.

Según el Ministerio de Información del estado de Gok, John Madol, uno de los presuntos agresores fue arrestado. "El gobierno del estado de Gok ha decretado tres días de luto. "Todos se quedan en casa mientras sentimos compasión por el sacerdote", dijo el Ministro de Información.

El padre Odhiambo fue el primer keniano en convertirse en jesuita. Nacido el 20 de enero de 1956, ingresó en la Compañía de Jesús el 4 de julio de 1978. Fue ordenado sacerdote el 22 de agosto de 1987 e hizo sus votos permanentes el 30 de mayo de 1993. En Sudán del Sur el padre Odhiambo fue director del Mazzolari Teachers College y vicepresidente de la comunidad jesuita de Cuibet desde el 30 de enero de 2017.

"Con gran pesar conocí la triste noticia del ataque a nuestros compañeros en Cueibet y la muerte violenta del padre Victor-Luke Odhiambo, S.J., Presidente de Mazzolari Teachers' College (MTC) y Vice-Superior de la Comunidad", afirma en su mensaje de condolencias el padre Arturo Sosa, Superior General de la Compañía de Jesús. En Sudán del Sur el padre Odhiambo era director del Mazzolari Teachers' College y vicepresidente de la comunidad jesuita de Cuibet desde el 30 de enero de 2017.

El padre Sosa destaca que "Victor Luke Odhiambo deja un nombre, no solo en Sudán del Sur como el primer jesuita en morir al servicio de su gente, sino en todo el este de África como profesor de miles de estudiantes en el Starehe Boys de Nairobi, Kenia, y en la Loyola High School de Dar Es Salaam, en Tanzania".

"Era un hombre muy valiente, inteligente, cariñoso, creativo y, sobre todo, un firme creyente en el valor. No temía aventurarse en lo desconocido, ni siquiera en los lugares más peligrosos, una vez convencido de que esta era la misión deseada por el Señor.

Su ejemplo de dedicación desinteresada como Director sigue siendo un desafío para muchos de nuestros hermanos menores en la Compañía de Jesús. Es una luz que se ha extinguido después de haber iluminado otras luces. Como un grano de trigo que muere para dar muchos frutos. Y este es nuestro consuelo".

"El padre Odhiambo dio su vida por las personas, hijos e hijas de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús. Nuestro Padre misericordioso lo recibirá con un corazón abierto. También oramos por quienes atacaron las instalaciones de la universidad y mataron al padre Victor y por quienes promueven la violencia. Que el Señor convierta sus corazones", concluye.

jueves, 8 de noviembre de 2018

José Antonio Pagola - LO MEJOR DE LA IGLESIA


José Antonio Pagola - LO MEJOR DE LA IGLESIA

El contraste entre las dos escenas no puede ser más fuerte. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los dirigentes religiosos: «¡Cuidado con los maestros de la Ley!», su comportamiento puede hacer mucho daño. En la segunda llama a sus discípulos para que tomen nota del gesto de una viuda pobre: la gente sencilla les podrá enseñar a vivir el Evangelio.

Es sorprendente el lenguaje duro y certero que emplea Jesús para desenmascarar la falsa religiosidad de los escribas. No puede soportar su vanidad y su afán de ostentación. Buscan vestir de modo especial y ser saludados con reverencia para sobresalir sobre los demás, imponerse y dominar.

La religión les sirve para alimentar su fatuidad. Hacen «largos rezos» para impresionar. No crean comunidad, pues se colocan por encima de todos. En el fondo solo piensan en sí mismos. Viven aprovechándose de las personas débiles, a las que deberían servir.

Marcos no recoge las palabras de Jesús para condenar a los escribas que había en el Templo de Jerusalén antes de su destrucción, sino para poner en guardia a las comunidades cristianas para las que escribe. Los dirigentes religiosos han de ser servidores de la comunidad. Nada más. Si lo olvidan, son un peligro para todos. Hay que reaccionar para que no hagan daño.

En la segunda escena, Jesús está sentado frente al arca de las ofrendas. Muchos ricos van echando cantidades importantes: son los que sostienen el Templo. De pronto se acerca una mujer. Jesús observa que echa dos moneditas de cobre. Es una viuda pobre, maltratada por la vida, sola y sin recursos. Probablemente vive mendigando junto al Templo.

Conmovido, Jesús llama rápidamente a sus discípulos. No han de olvidar el gesto de esta mujer, pues, aunque está pasando necesidad, «ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir». Mientras los maestros viven aprovechándose de la religión, esta mujer se desprende por los demás, confiando totalmente en Dios.

Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Solo sabemos que Jesús vio en ella un modelo para los futuros dirigentes de su Iglesia.

También hoy tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender los presbíteros y los obispos.

Domingo 32 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 12,38-44)
11 de noviembre 2018

José Antonio Pagola
buenasnoticias@ppc-editorial.com

Fuentes : http://www.gruposdejesus.com




NO OS DEJÉIS ENGAÑAR
Florentino Ulibarri

¡Qué tiempos estos que nos toca vivir
en la calle y en la Iglesia,
en casa y en el trabajo,
tan convulsos y duros
que, para afrontarlos,
necesitan tu palabra evangélica!

Hay en ellos cosas
que nos deslumbran antes de conocerlas,
o que nos seducen
al primer golpe,
o al cabo de un rato,
o al caer de la tarde,
o en plena noche,
porque tienen tantas caras y brillos
como nosotros portamos
frustraciones y necesidades.

Y también las hay
que juegan a camuflarse
y engañan a los caminantes
perdiéndonos entre debates,
comparaciones,
dogmas
y yermas verdades.

Aunque más duro y triste
es encontrarse con personas,
de cultura y fe reconocida y solvente,
que, humildemente y en tu nombre,
se proclaman servidores
mas ejercen de jefes y señores
sin descubrir sus contradicciones,
y hacen sufrir a sus semejantes
y traicionan a tantos y tantos creyentes....

Pero Tú nos dijiste para momentos así:
Tened cuidado y no os dejéis engañar.
Y aunque desplieguen gran parafernalia,
no los sigáis ni a orar ni a tomar cañas.
Aprended de esa viuda, que es pobre
y ha dejado en el cepillo lo que necesitaba.
Permaneced firmes en mi palabra
y tendréis vida en abundancia.




SOLO LA ACTITUD INTERNA ES EXPRESIÓN VÁLIDA DE UNA AUTÉNTICA ESPIRITUALIDAD
Fray Marcos
Mc 12, 41-44

Nos encontramos en los últimos versículos del c. 12. Jesús una vez más, enseña. A pesar de que el episodio que acabamos de leer se reduce a cuatro versículos, tiene una profundidad enorme. Es el mejor resumen que se puede hacer del evangelio. La simplicidad del relato esconde el más profundo mensaje de Jesús: Toda la parafernalia religiosa externa no tiene ningún valor espiritual; lo único que importa es el interior de cada persona. Muy probablemente fue en su origen una parábola que se convirtió en episodio real.

Este simple relato deja clara la crítica de Jesús a la religión de su tiempo. Señala la diferencia entre religión y religiosidad; entre cumplimiento y vivencia; entre rito y experiencia de Dios. Hoy seguimos dando más importancia a lo externo que a una actitud interior. A la religión sigue interesándole más que seamos fieles a doctrina, ritos y normas. Seguimos estando más pendientes de lo que hacemos o dejamos de hacer que de nuestra actitud vital.

Queda claro el talante de Jesús. Hoy le hubiéramos dicho a la viuda: no seas tonta; no des esas monedas a los sacerdotes; tienen más que tú. Utilízalas para comer. Pero Jesús, que acaba de criticar los trapicheos del templo, descubre la riqueza espiritual que manifiesta la viuda y reconoce que a ella sí le sirve ese modo de actuar, porque es reflejo de su actitud con Dios. Alejada de todo cálculo, se deja llevar por el sentimiento religioso más genuino.

Muchos ricos echaban cantidad. Las monedas se depositaban en una especie de embudos enormes en forma de bocina, colocados a lo largo del muro. La amplia boca de las bocinas de bronce permitía lanzar las monedas desde una distancia considerable. Los ricos podían oír con orgullo, el sonido de sus monedas al chocar con el metal. Lo que echó la viuda fueron dos monedas del más bajo valor. Hoy serían dos céntimos, cantidad ridícula.

Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. El comienzo “en verdad os digo” indica que lo que sigue es muy importante. La idea de que Dios mira más el corazón que las apariencias no es nueva en la religiosidad judía; se encuentra en muchos comentarios del AT. Jesús profundiza en la idea y se la propone a los discípulos como ejemplo de actitud religiosa. Esta es la originalidad de la propuesta de Jesús.

Dio todo lo que tenía para vivir. Para captar toda la fuerza de esta frase final, debemos tener en cuenta que en griego “bios” significa no sólo vida, sino también, modo de vida, recursos, sustento; sería el conjunto de bienes imprescindibles para la subsistencia. Hoy nosotros podíamos emplear otros términos: “víveres” o “sustento”. Dio todo lo que constituía su posibilidad de vivir. Equivaldría a poner su vida en manos de Dios.

Jesús ya había llevado a cabo la “purificación del templo”. Sabemos su opinión sobre la manera como se gestionaba el culto y su crítica al expolio de los pobres en nombre de Dios, para que los jefes religiosos vivieran como reyes. De hecho, el templo era el centro económico de todo el país. Esa economía estaba basada en la obligación de ofrecer sacrificios y de dar al templo el diezmo de todo lo que cosechaban, además de proponer encarecidamente donativos voluntarios. El Dios liberador, convertido en el dios opresor.

En contra de los que solemos pensar, el evangelio nos está diciendo que el principal valor de la limosna no es socorrer una necesidad perentoria de otra persona, sino mostrar una verdadera actitud religiosa. La limosna de la viuda, a pesar de su insignificancia, demuestra una actitud de total confianza en Dios y de total disponibilidad. En nuestra relación con Dios no sirven de nada las apariencias. La sinceridad es la única base para que la religiosidad sea efectiva. No podemos engañar a Dios ni debemos engañarnos con acciones calculadas.

No se trata directamente de generosidad, sino de desprendimiento. Lo que el evangelio deja claro es que el egoísmo y el amor son dos platillos de la misma balanza; no puede subir uno si el otro no baja. Nuestro error consiste en creer que podemos ser generosos sin dejar de ser egoístas. Lo que Jesús descubre en la viuda pobre es que, al dar todo lo que tenía, el platillo del ego bajó a cero; con lo que, el platillo del amor había subido hasta el infinito. Si mi limosna no disminuye mi egoísmo, no tiene valor espiritual.

El evangelio de hoy, ni cuestiona ni entra a valorar la limosna desde el punto de vista del necesitado, porque lo que la viuda echó en el cepillo no iba a solucionar ninguna necesidad. Se trata de valorar la limosna desde el punto de vista del que la hace. Es una perspectiva que solemos olvidar y por eso nuestros donativos terminan valorándose según la repercusión bienhechora que tengan en los destinatarios de la limosna. Es un error.

La limosna de la que hoy se habla, no es la que salva al que la recibe, sino la que salva al que la da. La diferencia es tan sutil que corremos el riesgo de hablar hoy de tanta necesidad acuciante que podemos encontrar en nuestro mundo y por tanto, de la necesidad de hacer limosna para remediar esas necesidades extremas. Hoy no se trata de eso. Se trata de dilucidar dónde ponemos nuestra confianza. Podemos ponerla en la seguridad que dan las posesiones o en Dios que no nos va a dar ninguna seguridad.

La motivación de la limosna no debe ser remediar la necesidad de otro sino el manifestar el desapego de las cosas materiales y afianzar nuestra confianza en lo que vale de verdad. La cuantía de la limosna en sí no tiene ninguna importancia; solo tendrá valor espiritual si, el hacerla, supone privarme de algo. Dar de lo que nos sobra, puede aliviar la carencia de otro, pero no tener ningún valor religioso para mí. Mi limosna valdrá solo cuando me duela.

El que recibe una limosna puede estar necesitado de lo que recibe; en ese caso, la limosna ha cumplido un objetivo social. Ese objetivo no es lo esencial. El que recibe una limosna, puede aceptarla como una lotería sin descubrir la calidad humana del que se la ha dado. O puede darse cuenta de que la actitud del otro le está invitando a ser también él más humano. Si esto segundo no sucede, es que la limosna como acto religioso ha fallado para el que la recibe. Alcanzar este último objetivo depende de la manera de hacerla.

El que la da puede dar de lo que le sobra; o puede ser que se prive de algo que necesita. En el primer caso podía demostrar la renuncia al afán de acaparar y buscar en las riquezas la única seguridad que me tranquiliza. En el segundo, entramos en una dinámica religiosa. Un necesitado podría dar una limosna al que no la necesita. En ese caso, el objetivo religioso del que la da se cumple. Sin tener esto en cuenta, con frecuencia dejamos de dar una limosna, porque pensamos que no va a utilizarse para remediar una necesidad perentoria.

Solo cuando das lo último que te queda, demuestras que confías absolutamente. El primer céntimo no indica nada; el último lo expresa todo, decía S. Ambrosio: Dios no se fija tanto en lo que damos, cuanto en lo que reservamos para nosotros. Un famoso escritor actual dijo en una ocasión: solo se gana lo que se da; lo que se guarda se pierde. La viuda, al renunciar a la más pequeña seguridad, pone de manifiesto la verdadera pobreza.

Meditación

No importa que sea insignificante lo que des.
Su valor está en lo más íntimo de la persona.
Mi escala de valores debe cambiar.
Debo dejar de valorar lo que se ve,
para empezar a valorar en mí y en los demás
lo que me hace más humano y más cristiano.

Fray Marcos




LOS OJOS DE JESÚS
José Enrique Galarreta
Mc 12, 38-44

Todo israelita debe pagar impuestos al templo, proporcionados a su condición económica. Esto tiene dos finalidades: para los fieles, reconocer a Dios, como una especie de sacrificio en que se ofrece a Dios parte de lo que se posee para manifestar que todo es de Dios; para el Templo, es una de las formas de financiarse.

Teniendo en cuenta que este precepto afecta a todos los israelitas, incluso los que viven lejos de Jerusalén, y que hay mucha gente rica entre ellos, los ingresos del Templo son cuantiosos. De estos ingresos viven también los sacerdotes, muy especialmente los sacerdotes importantes. Conocemos por la arqueología algunas casas de sacerdotes de Jerusalén: suntuosas, al estilo greco-romano, con peristilos, mosaicos, estanques...

La ofrenda de estos tributos se hace en los cepillos con boca en forma de trompeta, cerca del Arca del Tesoro, en el "Gazofilacio" del Templo, cercano probablemente al Pórtico de Salomón, magnífica "stoa" de trescientos metros de largo, con cuatro filas de altísimas columnas de mármol con capiteles de bronce dorado y artesonados de cedro.

Las enormes riquezas depositadas en el Arca, la ostentosa ofrenda de los ricos, el ambiente de esplendor y lujo casi inimaginables contrastan violentamente con la ofrenda de la viuda. En el original, dos monedas de cobre del más ínfimo valor.

La escena se sitúa en el Templo de Jerusalén, en el pórtico de Salomón y frente al Arca del Tesoro, donde la gente deposita las ofrendas. Estamos en la última semana de la vida de Jesús. El contexto es el siguiente: han precedido las disputas de Jesús, primero con los Fariseos por el tributo debido al César, luego con los saduceos por el tema de la resurrección, y finamente con los letrados acerca del primer mandamiento, texto que leímos el domingo pasado.

Jesús ha contraatacado después proponiéndoles una pregunta sobre el Mesías Hijo de David, a la que nadie ha sabido responder. Una vez desautorizados sus poderosos enemigos, Jesús sigue con su ataque. Es el texto que hoy leemos.

Parece tener dos partes: la advertencia de Jesús al Pueblo contra los letrados (que adquiere extrema violencia en Mateo 23), y el episodio de la limosna de la viuda. Independientemente considerados son fáciles de entender. Dios acepta los actos humanos valorando el corazón del hombre, no juzga según las apariencias humanas.

Hay que notar sin embargo que están unidos, y colocados en este contexto de enfrentamiento: Jesús se decanta en favor de los que sencillamente sirven a Dios, y en contra de la religiosidad oficial de Israel. Este rechazo, correspondido naturalmente por los jefes y letrados del pueblo, llevará a Jesús a la cruz.

Y llama la atención la expresión usada por Jesús.: "De verdad os digo" (en el original, "en verdad, en verdad os digo"), que es la fórmula que Jesús utiliza para dar énfasis a sus mensajes importantes.

R E F L E X I Ó N
Una de las constantes de Jesús es que se decanta siempre por la persona más que por la institución, por el cumplimiento sincero, de corazón, sin importarle gran cosa el cumplimiento "legal". La institución no puede aguantar esto, se tiene que basar en el control externo del cumplimiento de lo mandado.

Recordemos el gran enfrentamiento acerca del Sábado, que le acarrea la condena tajante:"Este hombre no es de Dios, porque no cumple el Sábado". La traducción a nuestro tiempo sería: "... porque no va a Misa el Domingo".

Por eso, la trayectoria de Jesús se va convirtiendo poco a poco en un enfrentamiento con las autoridades. Jesús no dice que no hay que cumplir la Ley, al contrario, insiste en que hay que cumplirla, pero dejando bien claro que este cumplimiento es un medio, no un fin.

Esto se refiere muy especialmente a las leyes que los hombres hemos promulgado aplicando la Ley de Dios. Son, en nuestro lenguaje, "los mandamientos de la iglesia", que son una manera establecida de concretar lo que Dios quiere de nosotros. Pero son leyes humanas, que hay que cumplir como medios, y nunca son fines.

La limosna de la viuda, el fariseo y el publicano, la acogida a los niños, las comidas con los pecadores, acercarse a los leprosos.... todo va en la misma línea: aceptar el corazón que quiere buscar a Dios, atender primero a la necesidad de las personas... Jesús es así. Dios es así.

Dentro de esta línea está la constante atención y preferencia de Jesús por "los pequeños", "los últimos". "Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros" es casi un tópico en el Evangelio. Y nos asoma al juicio de Dios, nos hace ver con los ojos de Dios. En la escena del templo, los sacerdotes, los doctores y los fariseos son los primeros, por su función sagrada y su poder, por su ciencia teológica, por su reconocida santidad.

Parece que "tienen derecho" a estar en el Templo y al respeto de todo el mundo. La viuda es la última, puede estar agradecida de que no la echen de ahí, porque no es nadie, ni su dinero significa nada para la impresionante riqueza del templo: a nadie le importa.

Pero es la primera para los ojos de Jesús. Jesús mira siempre al corazón, y sabe dónde está el bien o la apariencia. Jesús es un juez experto que no se deja engañar. Ha hecho un inmenso esfuerzo por convencer a los sabios, a los santos y a los poderosos; se le han cerrado a cal y canto.

Ha ofrecido el camino la verdad y la vida a la gente sencilla y necesitada, y le han seguido. Le han seguido los últimos, le han rechazado los primeros. Y proclama ahora que el mundo lo ve todo al revés, juzga por las apariencias, mientras Dios ve el corazón.

PARA NUESTRA ORACIÓN
Esta escena tan sencilla nos desafía una vez más, si nos vemos retratados en ella, como suele sucedernos al enfrentarnos a las escenas del Evangelio. Estas narraciones simples tienen el poder de sacar a la luz lo más íntimo de nuestros escondrijos espirituales.

Es increíble la facilidad con que nos consideramos buenos, mejores, superiores, primeros, y la tentación de considerar a otros peores, inferiores, últimos. Una grave tentación. Nuestra consciencia de superioridad suele basarse en la constatación de que tenemos más cualidades, mejor posición o consideración social, más "virtudes" y menos "pecados" reconocidos.

A otros los consideramos inferiores por menos cualidades, menos consideración social y más evidentes pecados. Pero cuando Jesús antepone la viuda a los doctores, y mucho más aún cuando dijo "las prostitutas y los publicanos van delante de vosotros en el Reino", estaba desmontando esta consideración, tan humana y tan errónea.

Las dos monedas de cobre de la viuda no valen nada: ante Dios valen más que los tesoros que donan los ricos. Un pequeño acto de generosidad de una de esas personas que nosotros consideraríamos quizá "pecadores públicos" pasa desapercibido en el mundo y no es comparable con las grandes acciones sociales de muchos creyentes. ¿Cómo lo mirará Dios?.

La regla es, en el fondo, la relación entre lo que se ha recibido y lo que se da. Haber recibido poco significa no ser nadie a los ojos de los humanos, e incluso no tener más remedio que vivir de mala manera. Haber recibido mucho significa ser muy considerado y quizá también vivir virtuosamente. Pero los ojos de Dios saben las causas y su balanza no pesa apariencias. Todas las desgracias de la viuda están en la columna de su HABER, y toda la ciencia y santidad de los doctores están en la columna de su DEBE. Y los ojos de Jesús saben verlo.

A nivel eclesial, esto nos llevaría a considerar la atención de la iglesia a los marginados. No simplemente a los que tienen poco dinero, sino a los marginados sociales profundos, los que quedan "fuera de la ley", porque la vida o el pecado les ha llevado ahí. Y no estamos hablando de su ayuda económica sino de su juicio.

La insuficiencia de las leyes de la iglesia sobre el divorcio, sobre la asistencia obligatoria a la Eucaristía, sobre la participación en los sacramentos de los "pecadores públicos" que no pueden dejar de serlo.... Todo esto significa que se sigue considerando últimos a los que en realidad son simplemente más necesitados.

PARA CONTEMPLAR
¡Cómo disfrutan los ricos escuchando el tintineo de su oro en las arcas de bronce del Templo! Pueden dar eso y más, porque les sobra mucho más de lo que dan. Es la limosna porcentual. Doy un 25 % de lo que gano a Dios, quedo bien con Dios y con los sacerdotes, y el 75 % restante es mío y sólo mío, para lo que yo quiera, porque ya he cumplido.

Una viuda pobre se muere de miseria, es la persona más desamparada de Israel. Pero da, quitándoselo de la boca. Se equivoca, porque podría habérselo dado a otra viuda aún más pobre, que ni siquiera tiene esa monedita para dar. Pero da.

Jesús lee muy bien el corazón de la gente. Y le importan muy poco los alardes de los ricos, las riquezas del Templo y la opinión de la gente. Le importa el estupendo corazón de la viuda, que sabe que reconocer a Dios es más importante incluso que comer.

Estoy seguro de que Jesús sintió la urgencia de liberar a la viuda, de liberar a los pobres del peso obsceno de la riqueza del Templo, del Templo mismo, de los sacerdotes y su poder.

Pero, sin ir tan lejos, nos quedamos mirando: hay miles de personas en el Templo, cientos de sacerdotes, docenas de ricos en quienes todos se fijan. Y una viuda pobre en la cual nadie se fija, nadie, más que Jesús.

José Enrique Galarreta




VIUDAS BUENAS Y TEÓLOGOS MALOS
José Luis Sicre

Una viuda con mucha fe (1ª lectura)
Se trata de un relato muy sencillo, que recuerda a las “Florecillas” de San Francisco de Asís. Lo importante no es su valor histórico sino su mensaje. Destaco algunos detalles.

1. La pobreza de los protagonistas. En el mundo antiguo, de estructura patriarcal, las personas más marginadas eran las viudas y los huérfanos; la muerte del marido o del padre los condenaba en la mayoría de los casos a la miseria. En nuestro relato, esta situación se ve agravada por la sequía, hasta el punto de la mujer está segura de que ni ella ni su hijo podrán sobrevivir.

2. La fe y la obediencia de la mujer. Muchas veces, comentando este texto, se habla de su generosidad, ya que está dispuesta a dar al profeta lo poco que le queda. Pero lo que el autor del relato subraya es su fe en lo que ha dicho el Señor a propósito de la harina y el aceite, y su obediencia a lo que le manda Elías.

3. La categoría excepcional de Elías, al que Dios comunica su palabra y a través del cual realiza un gran milagro.

Teólogos presumidos y una viuda generosa (evangelio)
El relato tiene dos partes: la primera denuncia a los escribas, la segunda alaba a una viuda. Las relaciona la actitud tan contraria de los protagonistas: mientras los escribas “devoran los bienes de las viudas”, la viuda echa en el arca “todo lo que tenía para vivir”.

¡Cuidado con los escribas!
Los escribas eran especialistas en cuestiones religiosas, dedicados desde niños al estudio de la Torá. Tenían gran autoridad y gozaban de enorme respeto entre los judíos. Pero Jesús no se fija en su ciencia, sino en su apariencia externa y sus pretensiones. La descripción que ofrece de ellos no puede ser más irónica, incluso cruel. Forma de vestir (amplios ropajes), presunción (les gustan las reverencias en la calle), vanidad (buscan los primeros puestos en la sinagoga y en los banquetes), codicia (devoran los bienes de las viudas), hipocresía (con pretexto de largos rezos). Todo esto es completamente contrario al estilo de vida de Jesús y a lo que él desea de sus discípulos. Por eso los amonesta severamente: «¡Cuidado con los escribas!».

No es preciso añadir que los discípulos le hicieron poco caso a Jesús y terminaron vistiendo como los escribas, exigiendo reverencias y besos de anillo, ocupando primeros puestos, y devorando bienes de viudas, viudos y casados. Por desgracia, de este evangelio no se puede decir: «Cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia», aunque debemos reconocer que la situación ha mejorado bastante.

Elogio de la viuda
En la 1ª lectura y en la segunda parte del evangelio tenemos personajes parecidos: una viuda y un profeta (Elías-Jesús). Pero la relación entre ellos se presenta de manera muy distinta. Basta fijarse en los siguientes detalles:

¿De qué hablan la viuda y el profeta? Elías y la viuda mantienen un diálogo, mientras que Jesús no dirige ni una palabra a la viuda. Cuando ve lo que ha hecho, no la llama para dialogar con ella, sino que llama a sus discípulos para darles una enseñanza.

¿Qué hace la viuda por el profeta? La viuda entrega todo lo que tiene a Elías y trabaja para él; la viuda del evangelio no hace nada por Jesús.

¿Qué hace el profeta por la viuda? Elías hace un gran milagro para resolver el problema económico de la viuda; Jesús no le da ni un céntimo.

La enseñanza silenciosa de la viuda
Los relatos anteriores de Marcos (que no se han leído en las misas del domingo) han ido presentando una serie de personas y grupos que se presentan ante Jesús para discutir con él las cuestiones más diversas: su autoridad, el pago del tributo al César, si hay resurrección de los muertos, cuál es el mandamiento principal, etc. Al final aparece esta viuda, que no se preocupa de cuestiones teóricas ni teológicas, ni siquiera se interesa por Jesús; sólo le preocupa saber que hay gente pobre a la que ella puede ayudar con lo poco que tiene.

La viuda es un símbolo magnífico de tantas personas de hoy día que no tienen relación con Jesús, pero se preocupan por la gente necesitada e intentan ayudarlas, sin considerarse ni ser cristianos. Y la preocupación de la viuda no es de boquilla, entrega todo lo que tiene.

Jesús, que no la llama para hablar con ella e invitarla a formar parte del grupo de sus discípulos, nos puede servir de ejemplo para la actitud que debemos adoptar ante esas personas. No hay que intentar convertirlas a toda costa.

En los tiempos que corren, de tanta necesidad para tanta gente, el evangelio de este domingo nos da mucho que pensar y que rezar.

José Luis Sicre



Ver desde dentro
Pedro Miguel Lamet

Bella escultura la de esta ciega que mira al cielo y está punto de caer. Es como una metáfora de muchas circunstancias de nuestra vida, porque, aunque tengamos del don de la vista,  con frecuencia nuestra mirada es incapaz de ver el camino que nos lleva a la Vida. Sobre esa ceguera y esa vida escribió Leopoldo Panero un hermoso y breve poema  titulado “Las manos ciegas”.

Ignorando mi vida, 
golpeado por la luz de las estrellas, 
como un ciego que extiende, 
al caminar, las manos en la sombra, 
todo yo, Cristo mío, 
todo mi corazón, sin mengua, entero, 
virginal y encendido, se reclina 
en la futura vida, como el árbol 
en la savia se apoya, que le nutre, 
y le enflora y verdea. 
Todo mi corazón, ascua de hombre, 
inútil sin Tu amor, sin Ti vacío, 
en la noche Te busca, 
le siento que Te busca, como un ciego, 
que extiende al caminar las manos llenas 
de anchura y de alegría.

Muchos miran y no ven. Porque con los ojos del alma es despertar, taladrar la apariencia, tocar la verdad desde dentro, donde poseemos sin saberlo la auténtica visión, una maravillosa centella de la Luz Total.

Pedro Miguel Lamet



UNO SE HACE GRANDE Y PRIMERO SIENDO SERVIDOR DE TODOS
Benjamín Forcano, teólogo

Los cristianos saben que, cuando se reúnen para celebrar la Eucaristía, el elemento principal es la palabra y enseñanza de Jesús. Pero, no es fácil acceder a ella, porque dicha enseñanza está hecha en otro tiempo y en otra sociedad. ¿O nos vale con aplicarla literalmente?

No es fácil y a juzgar por el comportamiento de muchos cristianos, a uno se le ocurre preguntar: ¿Han entendido bien esa enseñanza o la han olvidado y tergiversado? ¿Ignorancia o infidelidad?

El evangelista Marcos (10, 35-45) relata cómo Jesús emprende viaje a Jerusalén para celebrar la Pascua judía. Le acompañan sus discípulos. Y, entre ellos en un momento determinado salta la disputa de quiénes estarán a su derecha e izquierda cuando Jesús alcance la gloria con su triunfo.

Se le acercaron Santiago y Juan, los dos hijos de Zebedeo, y le dijeron:
– Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.
Pero él les preguntó:
– ¿Qué queréis que haga por vosotros?
 Le contestaron ellos:
– Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda el día de tu gloria.
Jesús les replicó: – No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?
Le contestaron:
– Sí, podemos.
Entonces Jesús les dijo:
– El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
Al enterarse los otros diez se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús los convocó y les dijo:
– Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan, y que los grandes les imponen su autoridad.  No ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande entre vosotros ha de ser servidor vuestro, y el que quiera entre vosotros ser primero, ha de ser siervo de todos;  porque tampoco el Hijo del hombre ha venido para ser servido, sino para servir y para dar la vida en rescate por todos.

Quizás alguna vez hemos pensado cómo hacía Jesús su enseñanza y cómo la había organizado. ¿Tenía una academia o escuela particular a la que asistían sus discípulos y luego se iban van a casa? ¿O le acompañaban de una manera fija de una a otra parte, de un pueblo a otro e iban aprendiendo en una especie de magisterio itinerante? ¿Abandonaban casa, familia y trabajo para convivir con él?

Jesús no procedía como los rabinos. Su enseñanza no se ceñía a un tiempo y lugar concreto, con clases y a base de programas concretos. Su magisterio era itinerante, en el caminar y hacer de cada día. Quería que sus discípulos aprendieran como Él a conocer y tratar a la gente y ofrecerles respuesta a sus problemas: animando, curando, ayudando a los oprimidos, mostrándoles otro rostro de Dios.

Y el grupo que le seguía lo hacía a tiempo pleno, conviviendo con Él, desvinculados de casa, familia y trabajo. Les tocaba afrontar juntos las vicisitudes y necesidades de cada día, como una comunidad, en medio de colaboración generosa, opiniones distintas y hasta peleas.

Los que le acompañaban es claro que tenían modos de opinar distintos. No creo que María Magdalena pensase lo mismo que Salomé, la madre de Santiago y Juan o que María la madre de Jesús; provenían de formación y ambientes distintos. Jesús trataba de atender a todos y contar con todos.

Es seguro que al leer los Evangelios concluimos que los llamados discípulos, que acompañaban a Jesús, eran sólo hombres, como si su movimiento fuera netamente masculino.

Sin embargo, una lectura detenida nos dice que con él iban también mujeres, no sólo de paso o casualmente. Las mujeres que habían salido de Galilea para acompañarle de una parte a otra, era de una manera permanente y experimentar en su vida la Buena Noticia que él predicaba, realizando las mismas tareas que los otros discípulos y no sólo para desempeñar los menesteres de cocinar, lavar los platos, servir la mesa, coser la ropa, etc.

Ahora, una lectura inmediata no da a entender eso. Pues las mujeres que le seguían sólo las menciona Marcos al final, cuando Jesús ya estaba clavado en la cruz. “Había allí, dice, una mujeres mirando desde lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José. Ellas seguían a Jesús y le servían cuando estaba en Galilea. Y había también muchas otras, que habían subido con él a Jerusalén” (Mr 15, 40-41). ¡Ojo!, no eran mujeres del lugar, que estaban allí como espectadoras del hecho de la muerte de Jesús. Habían venido de Galilea y convivían con Él.

¿Por qué entonces los evangelistas callan este dato y sólo hablan de ellas al final? Muy sencillo, porque en la sociedad judía estaba mal visto que un Maestro enseñara la Biblia a las mujeres y que le acompañaran. Era un dato escandaloso para los lectores y esto se cuidaban muy mucho de recordarlo y hacerlo cumplir los rabinos.

Y, por eso mismo, había que callarlo. Sólo que lo de la crucifixión de Jesús era un hecho tan notorio y público, que ya no se podía ocultar y entonces no tienen más remedio que reconocerlo y lo hacen nombrándolas por su nombre: María, su madre; Susana, una vecina suya; Salomé, la madre de Santiago y Juan; Juana, casada con Cusa, administrador que era de Herodes Antipas; María la Magdalena; la esposa del mismo Pedro y otras mujeres: “Ellas seguían a Jesús y le servían cuando estaba en Galilea. Y había también muchas otras, que habían subido con él a Jerusalén” (Mr 15, 40-41. Y el servir a Jesús de que habla Marcos era la misma tarea que la de los discípulos: predicar la Buena Noticia.

Todo esto demuestra que Jesús era un transgresor de la ley, un osado y un escandalizador, que se pasaba por alto la autoridad de los encargados de hacerla cumplir.

Inevitablemente surge la pregunta: ¿Por qué, si Jesús se negaba a admitir cualquier desigualdad entre sus discípulos –hombres y mujeres–, señalándose como un subversivo, no se impuso esa igualdad dentro de su movimiento? ¿Por qué fue ganando espacio progresivamente el patriarcalismo y el antifeminismo?

¿Por qué tanta resistencia a aceptar aún hoy en la Iglesia y en la Sociedad –que se denominan cristianas– esta igualdad y promoverla sabiendo que él la habría abanderado como nadie en el momento actual? Volviendo al relato del evangelista Marcos, vemos cómo narra la petición que Santiago y Juan le hacen a Jesús de que los tenga sentados a su derecha e izquierda en el día de su gloria. ¿De quién partió el requerimiento? ¿De ellos o de su madre (muy humano) que hábilmente se lo insinuaría en algún momento? No lo sabemos. Pero entre ellos estaba también Pedro, que tenía iguales o mayores méritos, y era natural que los otros no estuvieran de acuerdo con la propuesta. De ahí su indignación.

Los “discípulos” llevaban tiempo con Jesús y les repite el destino que le espera. Según Lucas, no entienden nada de lo que les dice. ¿Pues si ellos, pensarán muchos, paisanos de su tierra y cultura, oyéndole a él mismo, no lo entendían, cómo lo vamos a entender nosotros? ¿O es que las palabras de Jesús encierran un enigma especial?

En la cabeza de los discípulos no podía entrar que a Jesús lo iban a juzgar y condenar a muerte. No podían entenderlo, porque el Reino que Jesús anunciaba, tenía otro significado y otro alcance. No se trataba de un reino de poder, de autoridad absoluta para dominar y oprimir. Santiago y Juan se colocaban en la misma perspectiva que los jefes de las naciones y los grandes de este mundo.

Jesús era sí el Mesías esperado, pero menudo chasco se iban a llevar al ver cómo acababa. Los discípulos estaban a mil leguas todavía de entender la soberanía que Jesús anunciaba y desde la que iba a triunfar.

Habida cuenta de todas estas circunstancias, ¿Cuál sería el meollo de la enseñanza de Jesús, válido para entonces y válido para nosotros en esta sociedad?

Las palabras de Jesús son para dejarle a uno mudo. Jesús trastoca de arriba abajo la escala de valores, vigente entonces, y ahora. No sé por qué seducción maldita, los designados para gobernar –y de cuantos desearían llegar a hacerlo– degradan su ser y deciden actuar despóticamente, como si con ello conquistaran la cima de una grandeza inigualable.

Muy otro es el pensar de Jesús: nadie es superior o menor que nadie, y nadie está subordinado al dominio e imposición de nadie. Sabe muy bien que es esa la manera habitual de proceder de quien es jefe o grande en cualquier ámbito de la vida humana. Para Jesús, el camino de la grandeza y de la excelencia humanas lo marca el ser servidor y esclavo de los demás y no amos ni señores.

A todos y a cada uno se le tiene encomendado el respeto y dominio de sí mismo, como premisa para respetar y no dominar a los demás. La soberanía, que Jesús establece, es la de la igualdad fraterna, –todos vosotros sois hermanos- posible únicamente cuando se está poseído por la soberanía del amor.

ORACION DEL DISCÍPULO
Aquí estoy, Señor,
tal como Tú me has hecho,
tratando de descubrir en el día a día,
el sentido que tu voluntad ha impreso a mi vida.
En ese caminar propio me sobreañades
la vida de Jesús, que me ayuda ,
marcando mojones en el camino.
Soy uno entre tantos,
hermano universal de todos,
igual que todos,
servidor de todos,
superservidor en todo caso
de los más pobres.
Mi ser es amor,
verificable en el amor al prójimo,
vicario tuyo.
Sé que estás en todos, creyentes o no,
y a nadie exiges más de lo que es.
No me queda sino trabajar,
pacífica y amorosamente,
en todo lugar,
pues tu Reino allí está y crece,
donde está cualquier persona.
Tu Palabra llega a todos los hombres,
cómo sólo Tú sabes.
Mi misión evangelizadora es ser yo,
interconectado en todos y con todo,
abarcando la totalidad de tu Reino.
Estaré a la escucha,
en respeto y comprensión,
sin estorbar,
sin discriminar,
sin imponer,
sin lamentarme,
sin infatuarme,
acechando el reverbero de tu amor,
que de todos sale y a todos llega.
Seré feliz, cuando en todos me vea feliz,
en esa familia tuya universal,
sustentadora de todo amor.
Voy a seguirte como María,
hermana de humanidad y madre universal
Seré feliz, si acierto a hacer creíble tu presencia,
en la entrañable casa de la Tierra,
imperecedera luego en la Casa del cielo.

Benjamín Forcano, teólogo
Redes Cristianas