miércoles, 20 de marzo de 2019

José Antonio Pagola - ANTES DE QUE SEA TARDE


José Antonio Pagola - ANTES DE QUE SEA TARDE

Había pasado ya bastante tiempo desde que Jesús se había presentado en su pueblo de Nazaret como Profeta, enviado por el Espíritu de Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia. Sigue repitiendo incansable su mensaje: Dios está ya cerca, abriéndose camino para hacer un mundo más humano para todos.

Pero es realista. Jesús sabe bien que Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Por eso se esfuerza en despertar en la gente la conversión: «Convertíos y creed en esta Buena Noticia». Ese empeño de Dios en hacer un mundo más humano será posible si respondemos acogiendo su proyecto.

Va pasando el tiempo y Jesús ve que la gente no reacciona a su llamada como sería su deseo. Son muchos los que vienen a escucharlo, pero no acaban de abrirse al «Reino de Dios». Jesús va a insistir. Es urgente cambiar antes que sea tarde.

En alguna ocasión cuenta una pequeña parábola. El propietario de un terreno tiene plantada una higuera en medio de su viña. Año tras año, viene a buscar fruto en ella y no lo encuentra. Su decisión parece la más sensata: la higuera no da fruto y está ocupando inútilmente un terreno, lo más razonable es cortarla.

Pero el encargado de la viña reacciona de manera inesperada. ¿Por qué no dejarla todavía? Él conoce aquella higuera, la ha visto crecer, la ha cuidado, no quiere verla morir. Él mismo le dedicará más tiempo y más cuidados, para ver si dar fruto.

El relato se interrumpe bruscamente. La parábola queda abierta. El dueño de la viña y su encargado desaparecen de escena. Es la higuera la que decidirá su suerte final. Mientras tanto, recibirá más cuidados que nunca de ese viñador que nos hace pensar en Jesús, «el que ha venido buscar y salvar lo que estaba perdido».

Lo que necesitamos hoy en la Iglesia no es solo introducir pequeñas reformas, promover el «aggiornamento» o cuidar la adaptación a nuestros tiempos. Necesitamos una conversación en un nivel más profundo, un «corazón nuevo», una respuesta responsable y decidida a la llamada de Jesús a entrar en la dinámica del Reino de Dios.

Hemos de reaccionar antes de que sea tarde. Jesús está vivo en medio de nosotros. Como el encargado de la viña, él cuida de nuestras comunidades cristianas, cada vez más frágiles y vulnerables. Él nos alimenta con su Evangelio, nos sostiene con su Espíritu.

Hemos de mirar el futuro con esperanza, al mismo tiempo que vamos creando ese clima nuevo de conversión y renovación que necesitamos tanto y que los decretos del Concilio Vaticano no han podido hasta ahora consolidar en la Iglesia.

3 Cuaresma - C 
(Lc 13,1-9)
24 de marzo 2019




DÉJALA UN POCO MÁS
Florentino Ulibarri

No es la primera vez que vienesy que la higuera muestra sus hojas arrogante
–verdes, grandes, ásperas, sin fruto–,
engañándote.

Sabes que ocupa terreno fértil,
que sudaste y te deslomaste cuidándola
para que diera los higos mejores,
inútilmente.

Y aunque tienes ganas de cortarla
tu corazón hortelano se resiste.
Le cavarás la tierra, le echarás abono
nuevamente...

Hablo robándote las palabras
que me dijiste al encontrarme
e invitarme a tu causa y buena nueva
urgentemente.

Déjala un poco más.
Déjanos un poco más.
Déjame un poco más, Señor,
y cuídame.





DEBEMOS RECUPERAR LA FIGURA DE JOSÉ COMO PADRE
Fray Marcos
Lc 2,41-52

Recordemos la extraordinaria influencia de la figura de San José en nuestra religión durante siglos. Si echamos un vistazo a la iconografía religiosa que ha llegado hasta nosotros, veremos que es, con mucho, la figura religiosa más representada después de Jesús y de María. Hace medio siglo, todavía la fiesta de San José era el día en que más gente iba a Misa, más gente confesaba y más gente comulgaba. Esa devoción se perdió porque la Iglesia no ha sabido actualizar un discurso que hoy no se creen ni los que lo siguen predicando.

Hoy día, todos los exégetas están de acuerdo en que los, así llamados, “relatos de la infancia” de Mt y Lc, no son historia, sino relatos fantásticos que tratan de asumir unos mitos ancestrales, cristianizándolos en el primer cristianismo. Pero también es verdad que, aunque se coincida en las premisas, son pocos los que se atreven a sacar las conclusiones. Seguimos teniendo miedo a la verdad. El evangelio nos dice: la verdad os hará libres. ¿Será que no interesa que la gente se libere? Con ello descubriríamos que el mensaje, que quiere trasmitirnos el evangelio, es más profundo de lo que estamos acostumbrados a pensar.

En aquella sociedad el cabeza de familia era el padre. Seguir diciendo de José que era el esposo de María, no tiene ni pies ni cabeza. Ni las mujeres ni los niños eran tenidos en cuenta. El mismo evangelio nos dice: “eran unos cinco mil, sin contar mujeres y niños”. Tampoco tiene sentido seguir diciendo que Jesús es hijo de María, porque sería no decir absolutamente nada de Jesús. Era precisamente la madre la que llegaba a ser alguien si un hijo llegaba a ser una persona importante. Solo tenía sentido decir: “Es la madre de Fulano”.

Seguir entendiendo la paternidad de Dios sobre Jesús de manera biológica es distorsionar el mensaje hasta el ridículo. Atribuir a seres humanos una procedencia divina no es, ni mucho menos, original del cristianismo. De más de 40 personajes anteriores a Jesús se ha dicho que nacieron de madre virgen. Era un intento de explicar lo extraordinario de un ser humano que sobrepasaba la condición humana. Si un ser humano tenía capacidades que los demás no tenían, se debía a la acción de Dios. Claro que esa afirmación solo se hacía después de comprobar su vida y milagros, es decir o al final de su vida o después de su muerte.

Es un poco ridículo pensar que todos estaban equivocados y que solo en el caso de Jesús era verdad. Es mucho más lógico pensar que fue precisamente esa tradición mítica la que indujo a los primeros cristianos a decir lo mismo de Jesús. En la experiencia pascual, y no antes, descubrieron los seguidores de Jesús el verdadero significado de su Maestro. Esa vivencia no se podía describir con palabras, pero encontraron en el imaginario colectivo las ideas que les permitieron expresar lo que descubrieron en Jesús. Una vez que fueron conscientes de lo que era Jesús, tenían más motivos que nadie para proclamarlo Hijo de Dios.

Los prejuicios al acercarnos a la figura de Jesús son un obstáculo para conocerle. Que en Jesús reside la plenitud de la divinidad y la plenitud de humanidad no se puede comprender racionalmente. La razón solo conoce a base de contrarios. Sabemos lo que es el día por oposición a la noche. La mente no puede concebir una realidad compuesta de contrarios. Para conocer que Jesús es, a la vez, humano y divino, tenemos que ir por el camino de la vivencia, donde los contrarios dejan de serlo. Ahora bien, Jesús es humano y divino.

Aquí tenemos el secreto para desvelar la verdadera grandeza de José. Él fue el responsable de esa humanidad. José enseñó a Jesús el camino de su plena humanidad y de esa manera hizo posible la plenitud de divinidad. En aquella sociedad, los niños eran un estorbo y dependían absolutamente de la madre mientras lo eran. A los doce o trece años, el padre los tomaba por su cuenta y les enseñaba a ser hombres. La madre no podía cumplir esa tarea, porque ella misma era ignorante. Ni siquiera se les enseñaba la Torá. Que José cumplió perfectamente esa misión lo descubrimos por qué Jesús fue capaz de llegar a donde llegó.

Recordemos que en aquella cultura, la relación padre-hijo se establecía, sobre todo, por la capacidad de imitación del hijo. Era buen hijo el que salía al padre, el que imitaba en todo al padre. Ahora bien, si el padre de Jesús era José, tendría la obligación de tenerle como modelo. Pero si su Padre era solo Dios, su única obligación sería imitar a Dios. El descubrir su absoluta identificación con Dios, le llevó a la conclusión de que su único padre era Dios. Sus paisanos llegaron a decir: ¿no es este el hijo de José? ¿De dónde saca todo eso?

Jesús se atrevió a llamar a Dios “Abba”. Al llamarle Abba, utiliza la relación más entrañable que un ser humano puede experimentar, para aplicarla a Dios. Pero si Jesús no tenía experiencia de lo que significa esa relación humana, puesto que José no era su padre, lo que nos dice de Dios como Padre tendría muy poco valor. Sin una experiencia de padre terreno, nunca hubiera tenido elementos de juicio para expresar, con esa idea, lo que era Dios para él. Solo en José pudo encontrar Jesús el modelo de padre para aplicárselo a Dios.

Jesús es obra del Espíritu Santo. Lo dice el evangelio, y no solo en los relatos de la infancia. Pero el verdadero ser de Jesús no está en lo biológico. En Jn, Jesús dice: Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. Nosotros, empeñados en seguir diciendo que del Espíritu nació la carne. Pero no basta nacer de la carne, sino que “hay que nacer de nuevo”. Como todo ser humano, Jesús tiene una vida biológica y una Vida espiritual. La vida espiritual es la misma Vida de Dios. En ese ámbito, Jesús es plenamente Hijo de Dios.

Para descubrir la de José debemos aceptar que todos somos únicos e irrepetibles. Todos tenemos una misión que cumplir. Dios está involucrado en esa misión. Si pongo mi parte alcanzaré el objetivo. José cumplió esa misión. La prueba está en lo que fue Jesús. Nada de pensar en fenómenos extraordinarios. Ni ángeles ni sueños que puedan hacer pensar en especial trato por parte de Dios. Dios no puede tener privilegios de ningún género con nadie. Dios no tiene nada que dar excepto él mismo. Se da a todos infinitamente, totalmente.

Cuando la realidad sobrepasa nuestras expectativas, tendemos a explicarla acudiendo a la intervención divina. Pero esa intervención de Dios nunca viene de fuera sino desde dentro y acomodándose a la manera de ser de cada criatura. Esa acción de Dios nunca puede ser percibida por los sentidos. Ni José, ni María, ni Jesús jugaron su partida con un comodín en la chistera. Además, la persona sometida a esa intervención espectacular nunca podría ser modelo para el resto de los mortales. Por eso es tan importante recuperar la normalidad de María y de José, y descubrir lo que tienen de extraordinario en la manera de ser fieles a Dios.

Volviendo a la figura de José, lo único que nos dice el evangelio de José, es que era justo. Este adjetivo, de profundas raíces bíblicas, nos quiere decir que era recto, íntegro, auténtico, bueno, etc.; todo lo que podemos encontrar de positivo en una persona humana. Pero todo dentro de la más absoluta normalidad. Todas las tonterías que se han dicho, acerca de su elección para una misión extraordinaria, no tienen ni pies ni cabeza. La misión de José ni es más ni es menos importante que la de cualquier ser humano. Lo verdaderamente importante es que cumplió su misión. Eso es lo que quieren decirnos los relatos del evangelio.

Recordar a un padre modelo de sencillez de entrega, es siempre motivo de alegría para todos los miembros de la familia. Fijaos que estamos hablando de “relaciones”. No puede haber padre sin no hay hijo y no habría hijo si no hay padre. Esto es más importante de lo que parece. En esa interrelación vamos forjando nuestra humanidad. La familia es el marco privilegiado de esas relaciones. Debemos aprovechar al máximo las oportunidades que nos da ese marco familiar para que todos los “enmarcados” podamos crecer en humanidad.

Fray Marcos





ESTAMOS AQUÍ PARA RECTIFICAR NUESTRA TRAYECTORIA
Fray Marcos
Lc 13,1-9

El mensaje de hoy es muy sencillo de formular, pero muy difícil de asimilar. Con demasiada frecuencia seguimos oyendo la fatídica expresión: ¡Castigo de Dios! El domingo pasado decíamos que no teníamos que esperar ningún premio de Dios. Hoy se nos aclara que no tenemos que temer ningún castigo. Premio y castigo son dos realidades correlativas, si se da una, se da la otra. Si Dios es el que manda la lluvia, la sequía es necesariamente un castigo. Es difícil superar la idea de “el Dios que premia a los buenos y castiga a los malos”. La dinámica en la que hemos metido a Dios, es un callejón sin salida, para Él y para nosotros.

La gran teofanía de Yahvé a Moisés, indica el principio de la liberación. Debemos tener mucho cuidado al leer estos textos. No son relatos históricos tal como entendemos hoy la historia. Hace referencia a acontecimientos del s. XIII a. de C. y se escribieron entre el VII y el IV. Los primeros relatos fueron orales. La última fijación de la Biblia se produjo en el siglo V a. de C. en tiempos de Esdras y Nehemías. Su único objetivo era afianzar la fe del pueblo.

Dios salva a su pueblo y en esa salvación, se reconoce como elegido por Dios. Fíjate bien: Dios responde a las quejas del pueblo. No es un Dios impasible, trascendente, que le importa muy poco la suerte de los seres humanos. Es un Dios que interviene en la historia a favor del pueblo oprimido. Así lo creían ellos, desde una visión mítica de la historia. Dios se sirve de los seres humanos para llevar a cabo la obra de salvación. Esto es muy importante a la hora de pensar la liberación. Somos nosotros los responsables de que la humanidad camine hacia una liberación o que siga hundiendo en la miseria a la mayoría de los seres humanos.

“Yo soy el que soy”. Estamos ante la intuición más sublime de toda la Biblia, y seguramente de todo el pensamiento religioso: Dios no tiene nombre, simplemente, ES. El nombre de Dios es una expresión verbal: “El que es y será”. En aquella cultura, conocer el nombre de alguien era dominarlo. La enseñanza es que Dios es inabarcable y nadie puede conocerle ni manipularle. Es una pena que hayamos intentado durante dos mil años, meterlo en conceptos y explicarlo. Todos sabemos que el discurso sobre Dios es siempre analógico, es decir: sencillamente inadecuado, y solo “sequndum quid” acertado. Pero a la hora de la verdad, lo olvidamos y defendemos esos conceptos como si fueran la realidad de Dios.

Partiendo de la experiencia de Israel, Pablo advierte a los cristianos de Corinto que no basta pertenecer a una comunidad para estar seguro. Nada podrá suplir la respuesta personal a las exigencias de tu ser. El ampararse en seguridades de grupo, puede ser una trampa. Esta recomendación de Pablo está muy de acuerdo con el evangelio. Pablo dice: “El que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.” Y Jesús dice por dos veces: “si no os convertís, todos pereceréis”. La vida humana es camino hacia la plenitud, que necesita de constantes rectificaciones. Si no corregimos el rumbo equivocado, nos precipitaremos al abismo.

El evangelio de hoy nos plantea el eterno problema: ¿Es el mal consecuencia del pecado? Así lo creían los judíos del tiempo de Jesús y así lo siguen creyendo la mayoría de los cristianos de hoy. Desde una visión mágica de Dios, se creía que todo lo que sucedía era fruto de su voluntad. Los males se consideraban castigos y los bienes premios. Incluso la lectura de Pablo que acabamos de leer se pude interpretar en esa dirección. Jesús se declara completamente en contra de esa manera de pensar. Lo expresa claramente el evangelio de hoy, pero lo encontramos en otros muchos pasajes; el más claro, el del ciego de nacimiento, en el evangelio de Jn, donde preguntan a Jesús, ¿Quién peco, éste o sus padres?

Debemos dejar de interpretar como actuación de Dios lo que no son más que fuerzas de la naturaleza o consecuencia de atropellos humanos. Ninguna desgracia que nos pueda alcanzar, debemos atribuirla a un castigo de Dios; de la misma manera que no podemos creer que somos buenos porque las cosas nos salen bien. El evangelio de hoy no puede estar más claro pero, como decíamos el domingo pasado, estamos incapacitados para oír lo que nos dice. Solo oímos lo que nos permiten escuchar nuestros prejuicios.

Insisto, debemos salir de esa idea de Dios Señor o patrón soberano que desde fuera nos vigila y exige su tributo. De nada sirve camuflarla con sutilezas. Por ejemplo: Dios, puede que no castigue aquí abajo, pero castiga en la otra vida... O, Dios nos castiga, pero es por amor y para salvarnos... O Dios castiga solo a los malos... O merecemos castigo, pero Cristo, con su muerte, nos libró de él. Pensar que Dios nos trata como tratamos nosotros al asno, que solo funciona a base de palo o zanahoria, es ridiculizar a Dios y al ser humano.

Claro que estamos constantemente en manos de Dios, pero su acción no tiene nada que ver con las causas segundas. La acción de Dios es de distinta naturaleza que la acción del hombre, por eso la acción de Dios, ni se suma ni se resta ni se interfiere con la acción de las causas físicas. Desde el Paleolítico, se ha creído que todos los acontecimientos eran queridos por un dios todopoderoso. Pero resulta que Dios, por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. No puede dejar de hacer nada de lo que hace, porque perdería algo y dejaría de ser Dios.

Si no os convertís, todos pereceréis. La expresión no traduce adecuadamente el griego metanohte, que significa cambiar de mentalidad, ver la realidad desde otra perspectiva. Perecer no es desaparecer sino malograr la existencia. No dice Jesús que los que murieron no eran pecadores, sino que todos somos igualmente pecadores y tenemos que cambiar de rumbo. Sin una toma de conciencia de que el camino que llevamos termina en el abismo, nunca estaremos motivados para evitar el desastre. Si soy yo el que voy caminando hacia el abismo, solo yo puedo cambiar de rumbo. Cada uno es responsable de sus actos. No somos marionetas, sino personas autónomas que debemos apechugar con nuestra responsabilidad.

La parábola de la higuera es esclarecedora. La higuera era símbolo del pueblo de Israel. El número tres es símbolo de plenitud. Es como si dijera: Dios me da todo el tiempo del mundo y un año más. Pero el tiempo para dar fruto es limitado. Dios es don incondicional, pero no puede suplir lo que tengo que hacer yo. Soy único, irrepetible. Tengo una tarea asignada; si no la llevo a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la culpa será solo mía. No tiene que venir nadie a premiarme o castigarme. El cumplir la tarea y alcanzar mi plenitud, será el premio, no alcanzarla el castigo. La tarea del ser humano no es hacer cosas sino hacerse, es decir, tomar conciencia de su verdadero ser y vivir esa realidad a tope.

¿Qué significa dar fruto? ¿En qué consistiría la salvación para nosotros aquí y ahora? Tal vez sea esta la cuestión más importante que nos debemos plantear. No se trata de hacer o dejar de hacer esto o aquello para alcanzar la salvación. Se trata de alcanzar una liberación interior que me lleve a hacer esto o dejar de hacer lo otro porque me lo pide mi auténtico ser. La salvación no es alcanzar nada ni conseguir nada. Es tu verdadero ser, estar identificado con Dios. Descubrir y vivir esa realidad es tu verdadera salvación.

Meditación

No tienes que esperar nada de fuera.
Dios ya te lo ha dado todo, lo que falta lo tienes que hacer tú.
La tarea fundamental está dentro de ti mismo.
Es un proceso de iluminación, de toma de conciencia de lo que eres.
Convertirse es centrarse, bajar al centro.
La única meta que te puede saciar está dentro.

Fray Marcos





LA FE EN JESÚS VERDADERO HOMBRE
José Enrique Galarreta
Lc 2, 41-52

Los relatos de la infancia de Jesús son utilizados por la Iglesia para evocar la infancia de Jesús. Son posibles varios niveles de reflexión en esta fiesta y sobre estos textos.

El primer nivel es el que nos lleva a la contemplación de la infancia de Jesús, de su crecimiento, de su vida en familia. Este nivel es legítimo. Hay muy pocos datos en los evangelistas a partir del nacimiento y la adoración de los magos. Solamente se menciona el episodio de la huída a Egipto, la pérdida del Niño en el Templo, y un breve comentario sobre cómo el Niño crecía sometido a sus padres. Nada más. Y debemos recordar que en todos estos relatos predomina la intención teológica –el mensaje- sobre la intención meramente narrativa de hechos históricos.

Nuestra imaginación pone el resto, intentando adivinar sucesos de aquellos treinta años que hemos llamado "la vida oculta", con el peligro evidente de proyectar sobre ellos nuestras costumbres y creencias sin demasiada verdad. Pero es un tema espléndido de contemplación, y la devoción del pueblo cristiano se ha fijado insistentemente en estas escenas.

El segundo nivel sería aplicar todo esto a la institución familiar. La vida de Jesús en aquella familia se extiende a todas las familias. La familia queda bendecida, la Sagrada Familia se pone como ejemplo de todas las familias, y se le suponen, sin duda con toda razón, todas las virtudes que desearíamos que reinasen en nuestras familias.

También esto es correcto, por supuesto, aunque aquellas familias eran muy diferentes de las nuestras, se parecían más a lo que nosotros llamaríamos "clan", con mucha más relación entre hermanos y primos. En los evangelios aparece varias veces la expresión "los hermanos de Jesús", refiriéndose quizá a sus primos. En este nivel, más que atender a la Palabra, nos imaginamos lo que La Palabra podría decir, la utilizamos, con evidentes riesgos.

Hay un tercer nivel que nos puede importar más. Tomar aquella familia y toda familia como modelo, imagen y manifestación de todo un modo de vida, de relación entre los hombres y de relación con Dios. Es éste un símbolo perfecto, introducido por el mismo Jesús cuando nos enseñó a llamar a Dios "Abbá", con lo cual "ya no sois esclavos sino hijos, y si hijos, también herederos".

Jesús hablaba de Dios con las imágenes que sacaba de la vida diaria: el pastor, la puerta, el agua, la luz.... Me gusta pensar que Jesús habló de Dios como "Padre", porque nunca vio en la tierra cosa más maravillosa que José y María, porque el recuerdo de su vida en Nazaret lo marcó para siempre.

Desde este símbolo se entiende muy bien la nueva relación con Dios y con la Ley que Jesús inaugura. "Abbá" es el papá del niño pequeño, para quien su papá lo es todo, le inspira absoluta admiración, dependencia y confianza. De "Abbá" se puede esperar todo, toda la grandeza, solución para todo, todo el cariño. Sentirse pequeño y querido, relacionado con Dios por un cariño más que racional, que brota de la sangre, de lo íntimo del ser.

Y siendo todos así, hijos, se sienten hermanos, con ése vínculo inexpresable que supera también lo racional. No se quieren los hermanos por sus cualidades, ni porque se aprecien, ni porque se necesiten... sino, por encima de todo, porque son hermanos, y se sienten así. Por muy mal que nos hayamos comportado, podemos volver siempre a un hermano, y no digamos al padre (y más aún a la madre), sabiendo que estará incondicionalmente con nosotros, para lo que haga falta.

¿Dónde acaban las obligaciones de cada miembro de la familia? ¿Qué Ley las regula? ¿Hasta dónde debe servir la madre a los hijos? ¿Cuánto debe preocuparse el padre por su hijo? ¿Hasta dónde atenderá un buen hijo a su padre necesitado?

Éste es sin duda un estupendo modo de entender por qué Jesús nos libra hasta de la Ley: porque donde hay amor, la Ley se queda siempre muy corta. Cuando hay amor, la única ley es la necesidad del otro, incluso el gusto y hasta el capricho del otro. A eso se responde, y no importa lo que cueste. Vivir en ese clima es sacrificarse sin darle importancia, querer siempre hacer más, estar deseando poder dar más...

Y en este contexto se entienden bien todos los mandamientos, superados por Jesús. ¿Cómo vamos a hablar de no matar, de no robar... en la familia?

Y Dios es juez, sí, como mi madre es juez, es decir porque sabe más y tiene razón, sólo por eso. En una frase: "tranquilo, hijo, el Juez es tu madre". Y si piensa usted que esto lleva a no exigirse, a no cumplir.... es que no se ha enterado usted de nada y tiene que volver a leer este párrafo y el anterior. Quizá lo que pasa es que usted necesita que le expliquen qué es amor, pero eso es imposible: el amor está más allá de lo racional y si no se ama, es imposible entender.

Esta es una singularidad absolutamente original de Jesús. Ninguna religión, ningún pensador, nadie ha pensado nunca en comparar a Dios con "mamá", tal como lo puede decir un niño pequeño. Todos los hombres de bien aspiran a un mundo en que reine la justicia. Jesús sabe que esto ni basta ni es posible: la justicia premia y castiga, pero no cura, y no puede perdonar.

Todos somos hermanos pecadores que sobrevivimos solamente porque los demás nos quieren, porque Dios nos quiere. Una vez más, y como siempre, Jesús sabe de Dios y del hombre mucho más que todas las filosofías.

Hay todavía un cuarto nivel de reflexión/contemplación, que debe estar presente en todas nuestras consideraciones sobre la Navidad. La fe en Jesús verdadero hombre. No vamos a extendernos en él, pues ha sido tema recurrente de muchos de nuestros comentarios.

Pero es importante "ver" que Jesús crece, madura, aprende, recibe de sus padres lo que no tiene. Imaginar a Jesús, como hacen algunos de los Apócrifos, haciendo pajaritos de barro que luego echan a volar, o cosas aún peores, es la exageración de una cristología meramente descendente que nos lleva a negar la humanidad de Jesús. Si algo es importante en nuestras contemplaciones de Jesús en el vientre de María, en el portal de Belén, salvado por José de Herodes, creciendo y aprendiendo en Nazaret, es, precisamente, la constatación de la humanidad.

Posiblemente para los creyentes de hoy sea ésta una asignatura pendiente. Hay que creer en ese hombre. Si nuestra fe no sigue ese camino (conocer-entusiasmarse-cuestionarse-creer) mucho me temo que estemos construyendo un Jesús a nuestra imagen y semejanza. Hay que creer en Dios tal como se manifiesta, no tal como nuestras construcciones mentales intentan representarlo. Y Dios se manifiesta en Jesús, un hombre.

José Enrique Galarreta





UNA FE ESTÉRIL
José Enrique Galarreta
Lc 13, 01-09

Se nos plantea el tema básico: la conversión, vista desde un ángulo práctico y de exigencia: "Ya conocemos a Dios, ya sabemos cómo vivir; ahora ¿qué hacemos?".

Conocemos a Dios, pero esto puede no servir para nada.
Hemos visto cómo el texto del Éxodo presenta el encuentro de Moisés con Dios. "Conocer el nombre de Dios" equivale a "conocer a Dios". El Antiguo Testamento lo resolvió con toda lógica: "No es posible conocer a Dios sin morir", "no es posible para el ser humano ver el rostro de Dios".

Por eso, en La Morada, Yahvé permitirá que Moisés le vea "de espalda". Es preciosa la expresión de Agar, la esclava de Abraham expulsada al desierto con su hijo Ismael, cuando un ángel le socorre proporcionándole agua y ella, aterrada, se pregunta: "¿Habrán visto mis ojos la espalda de Aquel que me ve?".

Todo esto es superado de manera inconcebible por Jesús. Nuestros ojos lo han visto. Nuestros oídos le han escuchado, nuestras manos han podido palpar. Y no han visto ni palpado terrores, nubes ardientes, lejanías temibles: han visto bondad, compasión, arriesgarse para curar, solidaridad con el pobre, capacidad de entrega incondicional: la revelación de Dios en Jesús pone patas arriba todas las fantásticas y temibles imaginaciones de la Antigua ley.

Pablo retoma el tema desde una perspectiva personal y urgente: "no todos los israelitas que salieron de Egipto agradaron a Dios". Pertenecer al pueblo, salir de Egipto... ¿Se creían seguros? ¿Pensaban quizás "somos el Pueblo elegido, somos superiores, estamos salvados, Dios está con nosotros", y esto era toda su religión? Si esto era así, cometieron el mayor error: pensar que "la salvación" es algo que viene de fuera, que religión es pertenecer a un pueblo, conocer a Dios, cumplir unos ritos... No agradaron a Dios.

Y el evangelio de Lucas lo plantea ya de manera polémica y "actual". Le cuentan a Jesús el fin desgraciado de unos "guerrilleros antirromanos" y de un accidente de la torre de Siloé. Jesús aprovecha estos sucesos para una "catequesis" doble.

En primer lugar, a la "gente bien", que ve con malos ojos a los guerrilleros y piensan que bien merecido tienen el castigo. En segundo lugar a los que, superficialmente, piensan que todo mal es "castigo de Dios".

Jesús desarrolla dos ideas: "¿Os creéis mejores que esos guerrilleros?". "¿Os creéis que los males del mundo son los castigos de los pecados?". Y aprovecha la oportunidad para decir: "Vosotros, que sois "los que conocéis a Dios", os creéis 'justos', pero sois como una higuera bien cuidada, en buena tierra, bien abonada... Si no da fruto no vale más que para leña".

Una más de las "parábolas" vegetales, agrícolas, de Jesús. El sembrador, el grano de mostaza, la cizaña, la cosecha abundante, el árbol bueno y malo... Y prácticamente todas ellas apuntando a un mensaje: frutos.

Es la vertiente exigente, radical y práctica de la Buena Noticia.
Nosotros tenemos la tendencia a pensar que estamos salvados porque hemos tenido suerte, porque Dios nos ha querido más que a otros, porque estamos bautizados, porque tenemos el modo de que se nos perdonen los pecados... Son todo cosas exteriores, que nos vienen de fuera, que no suponen nuestra conversión.

Pertenecer a la Iglesia, conocer a Dios, participar en la Eucaristía... son la buena tierra, la poda, el riego, el abono de la higuera. Si no dan fruto, no sirve para nada más que "para cansar la tierra". No estamos "salvados"; lo que estamos es bien cuidados, bien abonados, bien podados, bien alimentados... en espera del fruto.

Y no podemos menos que recordar en este contexto otras palabras de Jesús: (Mt 23)
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de Dios; porque vosotros no entráis, y les impedís la entrada a otros.
"Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas que pagáis el diezmo de la menta y del comino y habéis descuidado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia, la fidelidad.
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis el exterior de la copa mientras el interior está lleno de rapiña y de intemperancia..."

Y quizá la más expresiva de todas: (Mt 7,22)

"Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis".
«No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!"

Es claro que nuestra situación es más de debilidad que de hipocresía. Pero no pocas veces resulta intolerable la desproporción entre nuestro conocimiento de Dios y la escasa transformación de nuestra vida.

Pienso que la fe sin obras es un tema teológico estéril. Pero pienso también que la mediocridad de nuestra vida, nuestro servicio a dos señores es una característica de nuestra religiosidad que la hace estéril. ¿Qué poder de transformación de la vida tiene de hecho la Palabra de Dios entre nosotros? Sin querer responder a esta pregunta, porque debe ser respondida personalmente, pienso que se debe plantear como test de sinceridad religiosa. Somos cristianos exactamente en la medida en que la Palabra tiene poder para cambiar nuestra vida.

De aquí se derivaría otra consideración más general sobre la Iglesia Católica Romana y su poder de transformación de la sociedad. Hay un texto estremecedor de Dibelius que me parece oportuno citar:

"En mi opinión, la causa del fracaso de la Iglesia en el siglo XIX... hay que buscarla ante todo en el hecho de que la Iglesia siempre estuvo tan estrechamente ligada a los poderes de este mundo que no se atrevió a desatar revoluciones espirituales.

El Sermón del Monte es una "cámara del tesoro" de una radical energía espiritual, pero cualquiera que se hubiera atrevido a aplicar esas fuerzas a la civilización o a la existencia humana en el mundo moderno, habría aparecido como si quisiera echar a pique el mundo; y esto hizo que el cristianismo dudara en atreverse.

En esta situación, el cristianismo no era revolucionario, sino relativamente conservador, unas iglesias más que otras. Pero, en conjunto, las iglesias actuaron más bien como "buena conciencia" en lugar de actuar como "conciencia crítica". Prefirieron apoyar el orden reinante en el mundo, en vez de criticarlo: fortalecer a los poderes dominantes, en lugar de oponerse a ellos.

La Iglesia, que antaño había sido de los predicadores del Evangelio para la Vida Eterna, se convirtió en un poder de este mundo, monstruosamente conservador."

ALGUNAS PRECISIONES IMPORTANTES
Sigue preocupando a muchas personas el hecho de que en muchas parábolas y dichos de Jesús aparezcan expresiones de condena. Aquí concretamente, "todos pereceréis del mismo modo", repetido dos veces, y la imagen de la higuera cortada. Respecto a ello, debemos recordar:

a) Nunca debemos sacar conclusiones de una frase del evangelio fuera de todo el contexto: la línea de fuerza más notable de todo el Evangelio es sin duda Dios – Abbá, que desplaza radicalmente a Dios-Juez Severo. Conforme a esta línea prioritaria hay que entender todo lo demás.

b) Las expresiones de condenación están todas en las parábolas, y, dentro de ellas, no en el mensaje central de la parábola sino en sus aplicaciones concretas. Sabemos que esas aplicaciones son redaccionales, es decir, la aplicación que el redactor del evangelio hace del mensaje de Jesús.

c) En consecuencia, entendemos esas expresiones como aplicación de un aspecto del mensaje de Jesús: la importancia, la urgencia de dar buenos frutos. Sin embargo, no se expresa en ellas otra parte del mismo mensaje: el amor de Dios que trabaja constantemente para que se realice su sueño: que todos sus hijos lo sean definitiva y completamente. En la unión de los dos mensajes está el mensaje completo, sin que uno pueda desplazar al otro, pero conservando la jerarquía: lo fundamental es que Dios me quiere.

Por otra parte, me permito hacer una interpretación de la parábola, absolutamente personal y no derivada de Jesús, pero que nos puede hacer pensar. Si hiciéramos una interpretación alegórica de la parábola, y quisiéramos identificar en ella personajes concretos, pensaríamos sin duda que yo soy la higuera, de quien se espera fruto, y que Dios es el Amo, que los espera, y si no los encuentra, la corta.

Pero ¿no podríamos pensar que ese amo es el sentido común, la justicia humana, y que Dios está representado en el viñador, que tiene paciencia, que espera un año más... porque le tiene cariño a la higuera?

Desde luego, no hay que hacer interpretaciones alegorizantes de las parábolas, pero si caemos en la tentación de hacerlas...

José Enrique Galarreta





TRES MANERAS DE MORIR Y UNA SOLA DE SALVARSE
José Luis Sicre

Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C.
El evangelio de hoy es exclusivo de Lucas, sin correspondencias en Mateo y Marcos. Y las tres breves partes en que podemos dividirlo se centran en el mismo tema, muy apropiado a la Cuaresma: la conversión.

Tres maneras de morir
1) Asesinado por Pilato; 
2) Aplastado por una torre; 
3) Negándonos a convertirnos.
Todo comienza con el aparente deseo de informar a Jesús, galileo, de lo que ha hecho el procurador romano a otros galileos: matarlos mientras ofrecían sacrificios en el templo[1]. Parece un informe imparcial, pero es una trampa muy astuta: nadie le pregunta qué piensa de este hecho; se limitan a contarle el caso. Si responde airadamente, se enemistará con las autoridades; si se calla la boca, se revelará como un mal galileo y un mal israelita.

Para quienes han venido a contarle el caso, todo se juega entre unos galileos muertos, Pilato y Jesús. Ellos se limitan a informar, como la prensa; el caso no les afecta personalmente. Y aquí es donde Jesús va a cazarlos en su propia trampa. Con una ironía muy sutil da por supuesto que sus informadores no le piden una declaración de tipo político (Pilato es un asesino, muerte a los romanos) sino de tipo religioso (esos galileos han muerto por ser pecadores). De hecho, la mayoría de los judíos de la época (y muchos cristianos actuales), consideran que una desgracia es consecuencia de un pecado.

Pero Jesús toma un rumbo completamente distinto. Los importantes no son los galileos muertos, Pilato y Jesús. Los importantes son ellos, los que preguntan, que no pueden considerarse al margen de los acontecimientos. Si piensan que esos galileos eran más pecadores que ellos, se equivocan. También se equivocaron quienes pensaron que los dieciocho aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé eran más pecadores que los demás.

La muerte no solo la provocan políticos injustos y criminales (Pilato) o desgracias naturales evitables (la torre). Hay otra amenaza mucho más grave: la que tramamos contra nosotros mismos cuando nos negamos a convertirnos.

Dios pide higos a la higuera, no pide peras al olmo
La historia de los galileos y de la torre la ha utilizado Jesús para avisar seriamente, y por dos veces: “Si no os convertís, todos pereceréis”. Este tono tan amenazador recuerda al de Juan Bautista, cuando clama: «¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar de la condena que se avecina? (…) El hacha está ya aplicada a la cepa del árbol: árbol que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,7-9). Quienes conciben a Jesús como un hippy de los años 80 del siglo pasado, repartiendo flores y besos, no han leído nunca el evangelio. Él no hay traído paz, sino espada.

Pero la invitación tan seria a convertirse, con la amenaza de perecer en caso contrario, no debe interpretarse de forma equivocada. Dios no va a caer sobre nosotros como una torre, ni va a mandar a sus ángeles con espadas desenvainadas. Mediante un breve parábola Lucas cuenta cómo nos va a tratar: como un agricultor sensato, realista y paciente.

Sensato, porque solo nos pide lo que podemos dar naturalmente, sin especial esfuerzo. De la higuera solo espera que dé higos, no plátanos ni melones. Lo que espera de nosotros es algo que cada uno debe pensar teniendo en cuenta sus circunstancias familiares y laborales, pero nunca esperará nada que exceda nuestra capacidad.

Realista, porque no se deja engañar. La higuera lleva tres años sin dar fruto. Con él no valen las excusas del mal estudiante que asegura haber trabajado mucho cuando no ha dado golpe en todo el curso. A nosotros podemos engañarnos diciendo que damos fruto; a Dios, no.

Paciente, porque ha esperado ya tres años, y todavía está dispuesto a conceder uno más.
Pero la parábola no habla solo del dueño de la viña. El gran protagonista es el viñador, el que intercede por la higuera y se compromete a cavarla y echarle estiércol. Ya que la higuera nos representa a cada uno de nosotros, el viñador tiene que ser Jesús. Se espera que la higuera produzca fruto no solo por ella misma sino también gracias a su acción.

En definitiva, la parabolita final matiza bastante la dureza de la primera parte del evangelio. Pero matizar no significa anular. Si nos empeñamos en no dar fruto, si no mejora nuestra relación con Dios y con el prójimo, por más que Jesús cave y trabaje, la higuera será cortada.

2ª lectura: Nosotros no somos distintos ni mejores (1 Cor 10,1-6.10-12)
En el evangelio, Jesús advierte a los presentes que no deben considerarse mejores que los asesinados por Pilato o muertos por el derrumbe de la torre. La segunda lectura nos recuerdan que nosotros no somos mejores que el pueblo de Israel. A pesar de tantos beneficios divinos (paso del Mar, maná, agua que brota de la roca), muchos israelitas no agradaron a Dios y terminaron pereciendo en el desierto. Esto debe servirnos de ejemplo y escarmiento. Nos puede ocurrir lo mismo si nos comportamos igual que ellos. Dicho con las palabras del evangelio. “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.”

1ª lectura: Moisés (Ex 3,1-8.13-15)
Tras recordar a Abrahán el domingo pasado, hoy se cuenta la vocación de Moisés. La lectura del Éxodo nos habla de la preocupación de Dios por su pueblo esclavizado en Egipto. La vocación de Moisés será el primer acto de su liberación. Por eso, el estribillo del Salmo repite: “El Señor es compasivo y misericordioso”.

José Luis Sicre

[1] Flavio Josefo no informa de este hecho, aunque sí de una matanza ordenada para reprimir una revuelta contra el uso del tesoro del templo para construir un acueducto (Guerra de los Judíos, libro II, 175-177). Tampoco tenemos información sobre el derrumbe de la torre de Siloé.





La Iglesia, en tiempos de desolación y de purificación del descrédito
Pedro Miguel Lamet

No recuerdo en toda mi vida, que ya es larga, pasar por un periodo de desolación en la Iglesia  tan fuerte como el que estamos viviendo. Sentí la vocación en una época nacional-católica donde la Iglesia era intocable. Es más, estaba bien visto ser sacerdote y religioso y la sociedad protegía  con exceso desde la oficialidad a todo lo que significaba Iglesia. Tuvo que venir la revolución renovadora del Vaticano II y la crisis posterior, donde la “guardería de adultos” estalló y se estrenó la libertad y la vuelta a la autenticidad del Evangelio. Pero aún en esa época de dispersión y defecciones el interés por lo religioso llegó a ser espectacular. Recuerdo cuando los periódicos dedicaban páginas  enteras a aquel florecimiento de la teología, las editoriales polemizaban para publicar libros sobre esta temática y los nuevos líderes de fe ocupaban portadas y programas de televisión.

Después vino una época anodina,  cuando con el advenimiento de la democracia la secularización iba arrinconando y purificando la fe, sobre todo en España, donde la Iglesia perdía a grandes zancadas protagonismo. La noticia religiosa pasaba a las segundas y terceras páginas y los obispos se convertían en un Guadiana informativo a ritmo de los casos más escandalosos o de los conflictos Iglesia-Estado. En mi opinión este no fue un tiempo negativo, si se tiene en cuenta que en nuestro país el protagonismo de la Iglesia había sido excesivo y era necesario resituarla en la pastoral de las parroquias y la evangelización. Como toda hibernación ayudó a otro tipo de florecimiento hacia el interior.

Ahora nos encontramos en una tercera y trágica etapa  que podríamos llamar de desolación y desprestigio. Nunca en los tiempos modernos había pasado la Iglesia por un purgatorio como el presente en el que la noticia escandalosa predomina de forma omnipresente en los medios y se ha abierto la caza  del cura y el religioso  sobre todo por los abusos de pederastia. Como una bomba escondida que las fuerzas ocultas de la Iglesia se habían esforzado en evitar que explotara, esa carga ha estallado de pronto de forma espectacular. Con ella se levanta una ola de imagen funesta, desde luego, pero también se oscurece lo que de bien, servicio, entrega desinteresada y amor auténtico se sigue desarrollando en la Iglesia.

Afortunadamente Dios no deja nunca de ocuparse de su rebaño y al mismo tiempo ha suscitado en la Iglesia una figura señera, por su sencillez, credibilidad y fuerza que es el papa Francisco, cuyo sexto año de pontificado acabamos de celebrar. No solo está luchando, a veces contra fuerzas adversas, por purificar la Iglesia, sino que él mismo es un icono mediático que ofrece esperanza incluso a aquellos que carecen de fe.

Es claro que el camino de la desolación va a ser largo, porque queda mucho por destapar, limpiar, convertir, resucitar. Pero ya se apuntan algunos frutos: Primero humildad, especialmente para una jerarquía y un clero que se “lo había creído” y abusaban de su poder y falso prestigio. Pero también de confianza. Recuerdo una consoladora frase del padre Pedro Arrupe: “Nunca quizás estuvimos tan cerca de Dios, porque nunca estuvimos tan inseguros”. Una frase que casa muy bien con otra de San Ignacio de Loyola, maestro de discernimiento y que es especialmente válida para los tiempos que corren: “En tiempos de desolación no hacer mudanza”.

Nunca olvidemos que el Evangelio nace y crece en lo pequeño, el grano trigo y mostaza y algo prepara Dios para su pueblo.



Pedro Miguel Lamet

SAN ROMERO DE AMÉRICA
José Arregi

El domingo 24 de marzo celebramos, por primera vez de manera canónica y oficial, la festividad de “San Romero de América, Pastor y Mártir” (Pedro Casaldáliga), canonizado el pasado 14 de octubre. Pero ¡a qué vienen aquí cánones y canonizaciones, tan costosas y arbitrarias estas, tan arbitrarias como el reconocimiento de los dos “milagros” requeridos como condición! Su vida fue el milagro, su muerte se volvió pascua, y el pueblo salvadoreño lo canonizó como canon o modelo para su camino de cruz y de esperanza.

Óscar Romero, obispo profeta y mártir, se entrañó con su pueblo. Cuando digo “pueblo”, digo la multitud, la mayoría condenada a la miseria por el poder y el lucro de unos pocos. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de su pueblo fueron sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. La cruz de su pueblo fue su cruz. La pascua de su pueblo, la suya. Es un modelo, afable y firme, de la mística del pueblo, de la espiritualidad de las Bienaventuranzas. Pero no siempre lo fue. Tuvo que convertirse al Espíritu de Jesús, el Espíritu de Medellín y de las comunidades eclesiales de base.

Era hijo del pueblo humilde, sometido a las fuerzas armadas y/o a la oligarquía terrateniente –14 familias dueñas de casi todas las tierras y riquezas– respaldadas siempre por el capital y las armas de los Estados Unidos del Norte. Hijo de un pueblo hambriento de pan y libertad, que se debatía entre la desesperación resignada y la violencia armada, igualmente desesperada, contra la violencia primera, la violencia institucionalizada del poder y del dinero, la más asesina. Era, también hay que decirlo, hijo sumiso de una institución eclesiástica alienada, alienante, dedicada a sus rezos y mandamientos, aliada de los grandes, olvidada de las Bienaventuranzas revolucionarias del profeta galileo.

Fue un sacerdote, un párroco, un obispo bueno: austero, caritativo y piadoso. Ayudaba a los pobres y los acompañaba cuanto podía. Pero aún ignoraba las causas del hambre y del conflicto armado que asolaban el país. “A los pobres les aliviaba sus problemas y a los ricos su conciencia” (José Manuel Mira). Dios había hecho pobres a los pobres para ganar el cielo con su pobreza, y ricos a los ricos para ganar el mismo cielo con sus limosnas. Cada uno en su sitio. Eso era la paz.

Es lo que le habían enseñado, y es lo que él enseñó y practicó durante años, a pesar de la “opción preferencial por los pobres” proclamada por los obispos latinoamericanos en Medellín en 1968, a pesar de las numerosas comunidades eclesiales de base y de los muchos sacerdotes, de los jesuitas Rutilio Grande, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino y de tantos otros religiosos en los que había prendido el fuego de Jesús, el Espíritu y la teología de la liberación.

Los hechos y la vida, sin embargo, le fueron enseñando otra cosa, y él se dejó enseñar. Se fue convirtiendo a la verdad de la realidad, a los dolores y sueños del pueblo. El 12 de marzo de 1977 los escuadrones de la muerte mataron a su amigo jesuita Rutilio Grande junto con dos laicos: Manuel, de 72 años, y Nelson Rutilio, de 16. En cuanto lo supo, Monseñor Romero, ya arzobispo de San Salvador, acudió al templo donde descansaban los tres cuerpos acribillados. Permaneció un largo rato contemplando, ésta es la palabra, en el cadáver de Rutilio a Dios o la Realidad en el pueblo crucificado. Se le cayeron las vendas, se le abrieron los ojos del todo y todo lo vio de otra forma, como Ignacio de Loyola junto al río Cardener en Manresa: Todas las cosas le parecieron nuevas. Como Jesús junto al lago Genesaret de Galilea: Al desembarcar, vio un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Marcos 6,34), cosas de vida o muerte. Dadles vosotros de comer, dijo Jesús a sus discípulos, que a gusto se hubieran quedado en la barca con Jesús. Pero Jesús no se quedó.

En el cuerpo de Rutilio veía Monseñor Romero la injusticia flagrante, del fondo de sus heridas le llegaba el grito de los pobres. Tocaba tierra en la otra orilla. Por fin, rompiendo su largo silencio, solo dijo: Si lo mataron por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino. Todo se revelaba.

Desembarcó. Optó. Vio, juzgó y actuó. Denunció sin cesar los abusos del poder. Condenó la violencia de los pobres, la guerrilla de los desesperados, pero sobre todo la guerra de los poderosos y la causa principal de toda violencia: la injusticia, la desigualdad, el hambre. Por comprensible que fuera la opción armada frente a las armas del poder, ¿era la opción más humana? Nuestra especie lleva trescientos mil años, desde su origen, empeñada en vano en lograr la justicia y la paz a través del poder violento en sus infinitas formas: individuos contra individuos, tribus contra tribus, pueblos contra pueblos, imperios contra imperios. Empresas contra empresas, iglesias contra iglesias, religiones contra religiones, el hombre contra la mujer, todos contra todos. La ley del más fuerte. Pero ¿la fuerza violenta es acaso la más poderosa? ¿La violencia del corazón y de las armas puede ser camino de esperanza?

San Romero anunció una esperanza rebelde y no violenta. Lo dijo Jesús: Bienaventurados los pobres porque dejaréis de serlo. Bienaventurados los pacíficos, porque poseeréis la tierra. Una esperanza pacífica y activa, fundada en la confianza en Dios o en la Bondad Creadora, en el pueblo, en el ser humano, en sí mismo. Una confianza capaz de trasladar montañas. Una esperanza valiente y arriesgada. La esperanza de Jesús, la esperanza de los profetas, la esperanza más profunda del pueblo salvadoreño.

El profeta Romero tuvo que pagar, eso sí, el precio de la esperanza profética, como Gandhi y Luther King, como Rutilio Manuel y Nelson, como luego Ignacio Ellacuría junto con otros cinco jesuitas, y Elba y Celina con ellos. Al igual que Jesús, él también lo presentía, pero no lo temía, estaba dispuesto a todo. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado por un francotirador a las órdenes de un alto militar, mientras celebraba la eucaristía en un hospital. Dos semanas antes había declarado: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Y de antemano perdonó a su asesino. Con el último aliento resucitó del todo.

Nosotros todavía no. Nuestro pobre mundo y nuestra pobre Iglesia y todas las religiones viven una gran crisis espiritual: crisis de respiro, de comunión planetaria de todos los pueblos, de fraternidad-sororidad de todos los vivientes. Necesitamos testigos como Óscar Romero. Testigos creyentes o laicos del Aliento Vital, del Espíritu subversivo y consolador. San Romero de América, camina con nosotros.

José Arregi





EL MIEDO DE CONSAGRARSE A DIOS PARA SIEMPRE
Ante una decisión que invita a darlo todo 
Por Emmanuel Sicre, SJ

Sucede a menudo que quienes se sienten habitados por la pregunta de la consagración a Dios ven que no es tan fácil dar el salto necesario para ingresar a una institución en la que creen que pueden ofrecer todas sus energías para el servicio del Reino.
Miedos, trabas, ignorancias, dudas, interrogantes, impotencia, son algunas de las sensaciones más frecuentes que se experimentan de manera mezclada y confusa. ¿Cómo discernir en medio de la vida lo que oigo de Dios en mi propio corazón? ¿Qué hacer con los temores que me provoca la invitación a darlo todo?

EL MIEDO A LA PERPETUIDAD 
En primer lugar, se puede afirmar que el miedo a la elección de esta vocación específica no es distinto al temor de quienes han sido llamados al matrimonio. Hay que reconocer que, en la cultura actual, todo lo que suene a “definitivo”, “eterno”, “permanente”, “estático”, “para siempre”, es un poco disonante y raro a la sensibilidad de muchos provocando varios conflictos.
Hoy esto parece algo del pasado. Sin embargo, es necesario que, al asumir los cambios culturales que vivimos, también discernamos qué viene del buen Espíritu y qué es tentación.    
La vocación al sacerdocio, o al matrimonio, en la vida de la Iglesia se concretan en una elección “para siempre” porque lo que viene de Dios es para toda la vida (en su totalidad e integralidad). Por eso la tentación será separar, disgregar, fragmentar, la opción fundamental por Cristo para que seleccionemos qué sí y qué no le entregaremos. 
A su vez, el miedo a sostener este compromiso para "toda la vida" está arraigado quizá en una tendencia propia de nuestro tiempo: el narcisismo. El hecho de que pensemos que nos toca a nosotros solos sostener el compromiso parte de una irrealidad insuflada al punto de convertirse en un fantasma.

LO IMPOSIBLE HUELE A DIOS
Pues sí, si uno piensa que es capaz de sostener esta decisión para "toda la vida", evidentemente, además de miedo sentirá, que es imposible para sus fuerzas. En parte porque es imposible, y en parte porque creemos que sólo depende de nosotros. Hay que ver cómo se conjugan en este diálogo lo que somos con lo que Dios oferta.
A decir verdad, el único que puede hacer posible lo imposible es Dios porque él es el eterno, él es el "para toda la vida” y para toda vida. Él es el que sostiene sus promesas en el tiempo. Él es el que alimenta, nutre, funda y soporta nuestra voluntad.  
Lo que nos toca a nosotros es disponer nuestra libertad para que podamos cimentarnos en la Roca Cristo, trabajar en nuestra humanidad herida por el camino y el rece, y abrirnos al vínculo con Dios en los demás, especialmente, con los que somos invitados para amar más. Porque, en efecto, cuando nuestra libertad se siente atraída por algo que la hace más ancha, más amplia, más fecunda, adhiere con mayor intensidad y entonces es capaz de lanzarse, más allá del temor, a la aventura de lo imposible.