jueves, 19 de julio de 2018

José Antonio Pagola - LA MIRADA DE JESÚS


José Antonio Pagola - LA MIRADA DE JESÚS

Marcos describe con todo detalle la situación. Jesús se dirige en barca con sus discípulos hacia un lugar tranquilo y retirado. Quiere escucharlos con calma, pues han vuelto cansados de su primera correría evangelizadora y desean compartir su experiencia con el Profeta que los ha enviado.

El propósito de Jesús queda frustrado. La gente descubre su intención y se le adelanta corriendo por la orilla. Cuando llegan al lugar, se encuentran con una multitud venida de todas las aldeas del entorno. ¿Cómo reaccionará Jesús?

Marcos describe gráficamente su actuación: los discípulos han de aprender cómo han de tratar a la gente; en las comunidades cristianas se ha de recordar cómo era Jesús con esas personas perdidas en el anonimato, de las que nadie se preocupa. «Al desembarcar, Jesús vio un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas».

Lo primero que destaca el evangelista es la mirada de Jesús. No se irrita porque hayan interrumpido sus planes. Los mira detenidamente y se conmueve. Nunca le molesta la gente. Su corazón intuye la desorientación y el abandono en que se encuentran los campesinos de aquellas aldeas.

En la Iglesia hemos de aprender a mirar a la gente como la miraba Jesús: captando el sufrimiento, la soledad, el desconcierto o el abandono que sufren muchos. La compasión no brota de la atención a las normas o el recuerdo de nuestras obligaciones. Se despierta en nosotros cuando miramos atentamente a los que sufren.

Desde esa mirada, Jesús descubre la necesidad más profunda de aquellas gentes: andan «como ovejas sin pastor». La enseñanza que reciben de los letrados de la Ley no les ofrece el alimento que necesitan. Viven sin que nadie cuide realmente de ellas. No tienen un pastor que las guíe y las defienda.

Movido por su compasión, Jesús «se pone a enseñarles muchas cosas». Con calma, sin prisas, se dedica pacientemente a enseñarles la Buena Noticia de Dios. No lo hace por obligación. No piensa en sí mismo. Les comunica la Palabra de Dios, conmovido por la necesidad que tienen de un pastor.

No podemos permanecer indiferentes ante tanta gente que, dentro de nuestras comunidades cristianas, anda buscando un alimento más sólido que el que recibe. No hemos de aceptar como normal la desorientación religiosa dentro de la Iglesia. Hemos de reaccionar de manera lúcida y responsable. No pocos cristianos buscan ser mejor alimentados. Necesitan pastores que les transmitan el mensaje de Jesús.


Domingo 16 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 6,30-34.)
22 de julio 2018

José Antonio Pagola
buenasnoticias@ppc-editorial.com





AGUAS DE DESCANSO
Florentino Ulibarri

Antes que naciéramos y despertáramos,
antes que la conciencia social existiera,
la Biblia recogió tu invitación al descanso
para que gozáramos la vida y la fiesta.

Es el descanso esa reivindicación bíblica
que evoca la esencia de la vida buena:
fraternidad, armonía, felicidad,
liberación de ansiedades y agobios, paz.

A esas aguas de descanso nos conduces Tú,
día y noche, a pesar de nuestras preocupaciones,
como llevan los pastores a sus rebaños,
porque no quieres que estemos cavilando.

Y nosotros, siguiendo los anuncios
de los nuevos tiempos y nuevas costumbres,
confundimos tus aguas de descanso
con los spas, playas y balnearios.

Señor, enséñanos a descansar sanamente
sin añorar paraísos y rincones vírgenes
que sólo están al alcance de los pudientes.
Enséñanos a descansar silbando tus canciones.

Enséñanos a descansar en compañía,
con la familia, los amigos y la buena gente,
compartiendo tiempo, risas e ilusiones
y, también, dinero y bienes, aunque no se estile.

¡Déjanos disfrutar en tus aguas y espacios
de fraternidad y descanso!



LO MÁS IMPORTANTE PARA JESÚS ES LA PERSONA
Fray Marcos
Mc 6, 30-38

Hoy tenemos que tener presente el contexto. Los apóstoles acaban de volver de la misión a la que Jesús les ha enviado (evangelio del domingo pasado). Entre el envío y el regreso, nos ha contado la muerte de Juan Bautista. Terminada la misión de los doce, se vuelven a reunir y se cuentan las peripecias de la tarea que acaba de concluir. Parece ser que les ha ido bien y vienen encantados (Lc lo dice expresamente). La euforia de la gente que les busca ratifica esa visión. El éxito se les está subiendo a la cabeza y no les deja tomar la postura adecuada.

Para entender este pasaje, debemos recordar que después de los primeros éxitos en Cafarnaún, Jesús se retira al desierto para poner en orden sus ideas. En este pasaje, son los enviados los que tienen éxito y deben ser también ellos los que se retiren a examinar su actitud vital. Mc nos está diciendo que los discípulos necesitan una seria reflexión sobre el éxito de su misión, como Jesús necesitó meditar sobre su mesianismo.

“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. El mismo Jesús que les empujó a una actividad febril entre la gente, les lleva ahora a un alejamiento de esa misma gente para dedicarse a ellos mismos. No se trata solamente de la preocupación por su cansancio. Se trata, sobre todo, de que entiendan bien el sentido de lo que está sucediendo y no se dejen llevar por falsos espejismos. Por dos veces se dice que van al desierto, para dejar claro que necesitan una reconversión.

El texto griego no dice ‘lugar tranquilo’ o despoblado sino lugar desértico. La diferencia es importante si tenemos en cuenta el significado que Mc da al desierto, como lugar de lucha contra el mal. Inmediatamente después de ser bautizado, Mc coloca a Jesús en el desierto, para que allí aclare cual va a ser su verdadera misión, superando la tentación del un mesianismo triunfalista. Después del éxito en la sinagoga de Cafarnaún y la curación de la suegra de Pedro y cuando todo el mundo le busca, se marcha él solo al desierto. Ahora Jesús pretende que una reflexión calmada haga superar el estado de euforia.

“Se les adelantaron”. Los planes van a ser frustrados por una urgencia mayor, la de la gente. En la profunda humanidad manifestada hoy, tenemos que descubrir su verdadera divinidad. El relato habla del grupo. “Los reconocieron”, “se les adelantaron”. Al incorporar a los doce a su propia misión, queda establecido el grupo como comunidad. La búsqueda de la gente refleja una carencia de apoyo y estímulo que posibilita la tarea de Jesús. Como la hemorroísa, como Jairo, el pueblo oprimido necesita salvación y la busca en Jesús.

“Como ovejas sin pastor”. Es una imagen clásica en el AT. En una cultura en que la ganadería era el principal medio de sustento, todos sabían perfectamente lo que se estaba insinuando con la imagen del pastor. Siguiendo la primera lectura, Jesús hace una crítica a los dirigentes que, en vez de cuidar de las ovejas, las utilizan en beneficio propio. Siempre ha pasado lo mismo. Nunca han faltado pastores, pero han sido tantas las falsas ofertas y hechas con tanta persuasión, que el pueblo se ha sentido indefenso ante las tales ofertas.

“Le dio lástima”. Hoy no le conmueve un ciego o leproso, sino la gente normal, que anda descarriada. La ‘compasión’ sería una manera más adecuada de expresar el amor, superando los malentendidos que la palabra ‘lástima’ puede comportar. Podemos sentir lástima de una persona, pero no mover un dedo para sacarle de su lastimosa situación. En todos los tiempos podemos constatar políticos y eclesiásticos que no tienen en cuenta al pueblo a la hora de tomar sus decisiones. La actitud de Jesús (enseñar y dar de comer) es el mejor antídoto contra la tentación de buscar en la gente el aplauso sumiso.

“Y se puso a enseñarles con calma”. Por encima de los planes de Jesús, está la necesidad de la gente. Por cierto, el texto griego no dice “con calma” sino “muchas cosas”. Del contexto se deduce que dedicó todo el día a esa tarea pues, a continuación, Mc narra la primera multiplicación de los panes, que empieza advirtiendo de que ‘se hizo tarde’. El tiempo es lo más preciado que tenemos. Tener tiempo para los demás es la mejor manera de responder a las exigencias del evangelio. La vocación del cristiano es ser para los demás.

Se cumple la promesa de Jeremías. Jesús es el único pastor. Como dice Jn, él es el modelo de pastor, el único que no nos va a engañar ni se va a aprovechar de nosotros. Con todos los demás hay que tener cuidado, porque nos pueden desviar poniendo sus intereses por delante de los nuestros. Es una tentación en la que los seres humanos caemos casi siempre; incluso cuando hablamos de Dios, es para manipularlo y ponerlo a nuestro servicio.

Hoy, más que nunca, andan las ovejas desorientadas. Si hay una característica de nuestro tiempo es, precisamente, la desorientación. Es urgente distinguir el verdadero mensaje del evangelio de tanta ideología y partidismo en que hoy está envuelto. Cuando Pablo dice que derribó el muro que los separaba, no se refiere a una situación externa, sino a una actitud de fidelidad a sí mismo, que permite superar la barrera del odio. Lo que nos separa es siempre nuestro falso yo. Nuestro verdadero ser, lo que hay de Dios en nosotros, es idéntico en todos.

Cuando en el evangelio Jesús invita a los apóstoles a retirarse al “desierto”, está tratando de decirnos que solo en el silencio y en el recogimiento interior, podemos encontrar el verdadero ser y solo después de encontrarlo, podemos indicar a los demás el camino. Sin vida interior, sin meditación profunda, no puede haber espiritualidad. Sin esa vivencia no podemos ayudar a los demás a descubrir el manantial de vida que llevan dentro. Si encontramos a Dios en nosotros,  llevarlo a los demás será la tarea más urgente y más fácil de nuestra existencia.

El evangelio de hoy es un reconocimiento de la necesidad del silencio para recuperar la armonía interna, amenazada por el exceso de actividad en cualquier orden de cosas. El estrés que hoy padecemos se debe a que no tenemos tiempo para nosotros mismos. Esta falta de tiempos tranquilos nos impide asimilar y ordenar los acontecimientos, que de esa manera, nos pueden destrozar, como la comida no digerida y por lo tanto indigesta.

Busca en tu interior y descubre allí el verdadero guía. No mendigues más agua que se te da a cuentagotas y por un precio; busca la fuente que está siempre manando y a tu entera disposición. Las mediaciones serán buenas en la medida que no se conviertan en fines o en medios para que otro se aproveche. Te ayudará todo aquel que te ayude a entrar dentro de ti y a ser fiel a las exigencias que nacen de lo hondo del ser. La exigencia fundamental del ser humano es el amor. Sin ser amado puedes desplegar tu humanidad. Sin amar, nunca.

El dedicarse a los demás y la dedicación a uno mismo no son dos aspectos que se puedan separar. La contemplación y la acción no pueden disociarse. Ni una ni otra serían auténticas si las separáramos. Todo acercamiento a Dios lleva directamente a los demás. Todo verdadero acercamiento a los demás, nos acerca inevitablemente a Dios. Si en nuestra vida somos capaces de olvidar uno de los dos aspectos, será la señal de que nos estamos equivocando de objetivo y además, nos estamos alejando del evangelio.

Meditación

La acción sin contemplación sería programación estéril.
La contemplación sin acción sería una falacia.
La vida espiritual te llevará a la preocupación por el otro.
Un verdadero contacto con Dios en la oración,
es ya en sí, una acción en beneficio de todos.

Fray Marcos



EL BUEN PASTOR LO DA TODO POR SUS OVEJAS
José Enrique Galarreta
Mc 6, 30-34

La escena se sitúa en el regreso de los apóstoles de aquella misión que Jesús les había confiado, como leíamos el domingo pasado. Podemos imaginarla bien. La gente que no les deja ni respirar, ni comer; los discípulos cansados del viaje, deseando contar a Jesús lo que les había sucedido. Parece como si Jesús les dijera:

- Vámonos en la barca. Buscamos una cala escondida, pescamos un poco, hacemos unos peces a la brasa y me vais contando cosas....

Pero la gente se da cuenta, se les adelantan y al desembarcar, allí están todos. Y Jesús se conmueve de tanta fidelidad. ¡Adiós excursión con los amigos!. Con toda la paciencia del mundo, Jesús se pone a enseñarles muchas cosas, porque ve que están "como ovejas sin pastor".

REFLEXIÓN
El evangelio de Marcos muestra una de las escenas más interesantes de la predicación de Jesús en Galilea, precisamente porque no tiene ningún mensaje escondido, ningún carácter simbólico. Es un suceso que nos acerca extraordinariamente bien al conocimiento de Jesús, y de Dios.

El evangelista es aquí más bien cronista. En otros sucesos encontramos segundas intenciones, proclamaciones de fe, mensajes envueltos en los sucesos. Aquí no hay más mensaje que contemplar cómo es Jesús con sus amigos, cómo reacciona cuando le estropean una excursión.

Ante todo, el texto es para disfrutarlo, en especial por la enorme atracción que ejerce Jesús sobre la gente. No le dejaban ni comer, le seguían con fascinación, porque curaba a sus enfermos y porque "jamás ha hablado nadie como ese hombre". Porque hablaba de Dios de forma que entusiasmaba, porque hablaba de Dios y le entendían, porque, como constatan los de Emaús, oyéndole ardía el corazón. Es necesario que nos abandonemos un momento al gozo de esta contemplación de Jesús querido, admirado, seguido, atropellado por la gente.

El texto es, además, para conocer el ambiente que reinaba entre Jesús y sus discípulos, sus amigos. El Maestro y el Señor no se pondrá a lavar los pies de los discípulos en la última cena por excepción. El Maestro y el Señor es maestro de cordialidad, señor de la amistad. Está alegre de volver a verles, y ellos de verle a él; deseoso de tener un rato tranquilo para descansar con ellos.

Pero el Maestro y el Señor es, sobre todo señor de la compasión. Es un rasgo sobresaliente del carácter de Jesús, motivo de varios de sus milagros. Toda esa gente que ha venido corriendo por la costa, dando un largo rodeo, hambrienta de oírle, no puede ser defraudada. Están hambrientos de la Palabra. Sus pastores no les alimentan bien, los tienen abrumados con la Ley, con los impuestos, con los tabúes. Y Jesús se pone a hablarles, de muchas cosas.

Es una de las mejores imágenes de Jesús: un buen pastor, el que se preocupa de las ovejas, el que les busca buenos pastos, el que las guarda de peligros, el que se tira al monte a buscar una que se la ha perdido, el que siente enorme alegría cuando la encuentra. Finalmente, el que llega hasta dar la vida por esas ovejas. Una interpretación superficial pero importante de la muerte de Jesús nace de aquí: Jesús pudo evitar la muerte, pudo esfumarse, escapar de Judea, perderse en cualquier estado cercano, ganarse la vida de mil maneras... Pero no podía abandonar al rebaño, a los que creían en él. Fue consecuente hasta la muerte por sus ovejas.

Este texto nos lleva de nuevo a la consideración del domingo pasado: nos sirve para conocer a Jesús, nos conduce a la admiración por él... Y desde la fe entendemos que ahí es donde conocemos a Dios. Jesús es así porque se parece a su Padre, porque en él está el Espíritu. En ese Jesús cercano, compasivo, amistoso, poderoso para curar, consecuente hasta dar la vida, en él y sólo en él conocemos cómo es Dios. Una vez más, "el que me ve, ve a mi Padre".

CONSIDERACIÓN AÑADIDA
Una peligrosa tentación de este domingo, especialmente para los predicadores, sería aprovechar la ocasión para tronar contra los malos pastores, porque "vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis...", pensando que hacen una correcta aplicación actual de la palabra de Jesús. Pero hacen más, hacen una aplicación y una interpretación, mezclando la palabra de Jesús con su propio juicio. Y es demasiado frecuente (y ha sido escandalosa y dañinamente frecuente), hacer este tipo de apropiación de la Palabra, sin distinguir entre el mensaje de Jesús y nuestro propio mensaje.

Tuve yo un compañero sacerdote que decía "Palabra de Dios", no al terminar la lectura del evangelio, sino al terminar la homilía... y no había manera de convencerle del disparate que estaba cometiendo.

Mucho me temo que en la Iglesia pueda pasar esto con más frecuencia de lo que parece. De hecho muchos de los sermones y discursos de los eclesiásticos hablan poquito de Jesús, poquito de sus parábolas... y mucho de doctrinas eclesiásticas más o menos razonables y oportunas, pero que no pueden pretender ser palabras de Jesús.

Creo que la iglesia necesitamos más Jesús, Jesús directo en estado puro, y menos atribución de Palabra Divina a nuestras propias interpretaciones.

José Enrique Galarreta



DESCANSO MERECIDO Y FRUSTRADO
José Luis Sicre

¿Un relato imposible o un relato simbólico?
El evangelio empalma con el del domingo anterior, cuando Jesús envía a los discípulos de misión. A primera vista se entiende tan bien que casi da vergüenza comentarlo. Pero hay un detalle sorprendente e inexplicable: cuando Jesús y los discípulos se montan en la barca en busca de un lugar solitario, cuenta Marcos que muchos los vieron marcharse, fueron corriendo y llegaron allí antes que ellos. Escribo estas líneas en el centro de la bahía de Cádiz, cuya forma y dimensiones me recuerdan un poco al lago de Galilea. Imagino que Jesús se embarca hacia un lugar solitario. ¿Es posible que la gente vaya corriendo desde Rota, El Puerto de Santa María, Puerto Real y llegue antes que la barca a un sitio que nadie sabe cuál es? Imposible. Esto demuestra que el relato no hay que leerlo desde un punto de vista meramente histórico (lo que ocurrió aquel día) sino simbólico.

El primer aspecto que subraya Marcos es el enorme interés de la gente por Jesús. Ya lo ha dicho antes, indicando que eran tantos los que iban y venían en su busca que no tenían tiempo ni para comer. Cuando Marcos leyese este texto en su comunidad, le obligaba a preguntarse: ¿sentimos nosotros el mismo interés por Jesús? ¿Vamos corriendo detrás de él, o preferimos quedarnos cómodamente sentados en casa?

El segundo aspecto es la dedicación de Jesús a la gente. Cuando se acercan a la orilla y ve a la multitud reunida, no le dice a Pedro que reme mar adentro y busque otro sitio. Siente compasión de ellos porque los ve abandonados, como ovejas sin pastor. Si el primer aspecto sirve de autoexamen a la comunidad, este se dirige a sus responsables. ¿Siento compasión de la gente, o procuro quitarme de en medio cuando me van a fastidiar mi merecido descanso?

El tercer aspecto, muy importante, es que Jesús, al sentir compasión, no se dedica a hacer milagros, sino a enseñar. Y la gente parece satisfecha con eso. El viaje en busca de Jesús ha merecido la pena.

Pastores malos, pastores buenos, descendiente de David (1ª lectura)
El texto recoge ideas típicas de mediados del siglo VI a.C., durante el destierro de Babilonia. Por entonces era frecuente acusar a los reyes, los pastores, de haberse despreocupado del pueblo y provocar que marchara al destierro.

En esas circunstancias, los profetas están convencidos de que Dios no abandona a su pueblo, pero esa esperanza adquiere matices muy distintos. Es frecuente la idea de que Dios mismo reunirá al pueblo de todos los países donde se encuentra disperso. ¿Qué ocurrirá después? En unos textos se dice que el mismo Dios será su rey; en otros se habla de una restauración de la monarquía, con buenos reyes; en otros, de un rey maravilloso.

El texto elegido por la liturgia mezcla las dos últimas ideas: en un caso se habla de "pastores", en plural; al final, de un descendiente de David que gobernará rectamente, practicando el derecho y la justicia.

Administrar justicia – enseñar
Ya que esta lectura se ha elegido por su relación con el evangelio, es importante advertir que la esperanza política depositada en el descendiente de David, que administra justicia y practica el derecho, adquiere un matiz muy distinto en Jesús, que centra su actividad en enseñar.

José Luis Sicre



SUEÑOS DE VERANO
Pedro Miguel Lamet

Algo cambia dentro de nosotros cuando llega el verano. No solo hacemos las maletas y preparamos con interés unos días de vacaciones. Se diría que un secreto “chip” de nuestra alma cruje en nuestro interior cambiando el ritmo de la vida y hasta nuestra manera de entenderla en este tiempo del año que trae, como decía un viejo escritor de almanaques, “días largos para el amor, y para el sufrimiento noches cortas”.

En las noches de verano los sonidos se amplifican como el canto de los grillos, y desde lejos siempre nos llega alguna música de orquesta o tocadiscos incierto que habla melancólicamente de un tiempo huido o un amor imposible. Como dice Lugones: “El calor, de vibrante, parece sonoro”. Verano sabe a mar o huele a montaña, o permite que escuchemos nuestro propio pulso otra vez, asomados al malecón del puerto o volviendo a pasear aquel paraje del pueblo y de la infancia.

A todos nos ha ocurrido algo en un verano: el primer cate, el primer amor, la primera ausencia. Y todos hemos despertado a algo en vacaciones: a la adolescencia, la lectura, la fe, la soledad, el encuentro con las cuartillas, el diario personal o un amigo extranjero que nunca volvió.

Con este modo nuestro de descansar a base de sueños, dormidos o despiertos, te deseo lector que el tiempo libre pare de momento tu reloj para ponerlo en hora con el no-tiempo donde recobramos la armonía perdida. 

Y que , si el verano no puede ser para ti “la estación de la dicha”, como la definía nada menos que Maeterlink, al menos sea la del reposo y la que permite los encuentros, el dolce far niente y sobre todo ocasión dar rienda suelta a nuestros sueños. A veces la Nada es el Todo, como diría San Juan de la Cruz o, más de andar por casa, Gloria Fuertes:

Llevo seis semanas mirando el mar.
Leo, escribo algo,
—paz, silencio—.

Mi habitación sobre el mar
parece un barco
Voy sin nadie.
Navego a la nada.

Pedro Miguel Lamet



VERLAS VENIR
Pedro Miguel Lamet

“Todos tenemos derecho a ser felices”. Repetida frase que está en boca de todos y que se ha convertido en una máxima casi sagrada para la gente de hoy. Quizás porque todos tenemos un poco de respeto a hablar de felicidad, que parece hacernos aspirar a demasiado, un logro inalcanzable, un sueño imposible, un ideal utópico. Es como la palabra “amor”, que de tan grande se nos escapa.
Todo depende, como siempre, de qué se entienda por felicidad. Si la felicidad, como parece, es algo subjetivo o una idea, un modo personal de entender la vida, entonces es inútil querer definirla; si es ese equilibrio difícil entre lo que uno es y lo que uno tiene, entonces depende más de nosotros que de los que nos rodean. O puede llegar a ser incluso una carga, como sugería el poeta Hölderlin, que aseguraba que “difícil es soportar la desgracia, pero mucho más difícil es soportar la felicidad”.
Lope de Vega la resume en aquel epitafio a Juan Labrador:

Yace aquí Juan Labrador, 
que nunca sirvió a señor, 
ni vio la Corte ni al rey,
ni temió ni dio temor;
ni tuvo necesidad,
ni estuvo herido ni preso,
ni en mucho años de edad
vio en su casa mal suceso,
envidia ni enfermedad.

Pero no creo que pueda aplicarse dicho epitafio a muchos labradores actuales de la Unión Europea, si es que va a quedar alguno. La solución tampoco está pues en el “buen salvaje”, como si la ignorancia o la incultura nos aproximara a la felicidad. Yo me quedaría con la definición de André Gide, que decía que es “una lotería en la cual se gana si no se compra billete”. Porque la felicidad muy buscada casi nunca llega y hay que tratarla como a los niños que no quieren ir a la cama, medio engañándola, cambiando los deseos por preferencias, porque la felicidad posible está siempre dentro de nosotros y en nuestra manera de afrontar la realidad. 
No depende tanto de a dónde nos lleva el río de la vida sino de la manera de navegarlo. Por lo que tampoco estoy de acuerdo con aquel proverbio chino que describe al hombre feliz como “una barca que navega bajo un viento favorable”. Creo en la forma de remar y en el disfrute del instante con buen y mal viento, día o noche, juventud o ancianidad.
La verdadera felicidad que no se vende, ni se compra, ni se encuentra en ningún libro de autoayuda por best-seller que sea , porque supone paz interior. Y es que la paz es lo más parecido a la felicidad que tenemos en la vida y que parece ocultarse en el saboreo de lo cotidiano, según conocidos versos de Rioja:
“Un ángulo me basta entre mis lares / un libro y un amigo, un sueño breve/ que no perturben deudas y pesares” 
En todo caso jamás es feliz el que está obsesionado con la felicidad. Así que deja los deseos encima del piano, como se decía antes, y dedícate, como dice la gente del pueblo con una filosofía muy de andar por casa, a “verlas venir”.Que la felicidad se compra más a céntimos que a euros. Puede ser una sonrisa, una caña con un amigo o una puesta de sol.
Pedro Miguel Lamet



Demonios
José María Rodriguez Olaizola, sj

Ignoro si tienen cuernos y son colorados, si viven en infiernos de fuego y azufre o si son malévolas criaturillas dispuestas a envolvernos con sus tretas. No sé si son espíritus o humores intangibles, pero sí sé que son huéspedes incómodos, que cuando se adueñan de nosotros nos convierten en tristes sombras de lo que estamos llamados a ser.

Hay uno muy cruel. Se llama Envidia, y si te muerde te incapacita para disfrutar con la alegría compartida. Otro se llama Vanidad, y hace que cuanto más alto estés, en lugar de ver mejor aprovechando la perspectiva, conviertas todo en un espejo donde únicamente ves tu propia imagen. Rechazo hace que las personas nos volvamos inseguras, frágiles, y deja heridas difíciles de curar. Genera tanto dolor… Y peor aún es su hermana Burla. La muy bruja humilla a los débiles, a los heridos, a los más desprotegidos, aunque suele disfrazarse de humor y buen rollito. Se alimenta de lágrimas tristes y hace duros a quienes la acogen. Intolerancia es muy marrullera, a veces viene pisando fuerte con discursos duros, pero más a menudo se camufla tras justificaciones sutiles. Su obsesión es conseguir que al mirar al otro no veamos un hermano, sino una etiqueta. ¿Y qué decir de Rencor? Si le acoges te desgasta hasta las entrañas, y te encierra en una prisión de memorias y agravios que parecen siempre presentes. Soberbia es la reina del cotarro. Seduce a tipos débiles y los viste de reyes. Les escucha y lisonjea hasta que ya no saben hacer otra cosa que hablar, convencidos de poseer todas las verdades. Luego está otro mal bicho que tiene cada vez más casas. Responde al nombre de Egoísmo, y constantemente nos susurra al oído una canción pegadiza: «sólo tú importas, chato».

Son legión. Seguro que tú conoces otros muchos. Juegan con nosotros y dejan muchas víctimas en las cunetas. Pero llevan las de perder. Porque muy dentro nuestro está la semilla de un Dios que nos libera en cuanto le dejamos un resquicio. Un Dios que pone Vida donde esas muertes mediocres parecen tener las de ganar. Un Dios que nos invita a esperar contra toda esperanza. Un Dios que llena los vacíos y puebla las soledades cuando su palabra se hace oír entre el barullo de nuestras vidas. Luz que disipa las tinieblas.


José María Rodriguez Olaizola, sj

viernes, 13 de julio de 2018

José Antonio Pagola - NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA


José Antonio Pagola - NUEVA ETAPA EVANGELIZADORA

El papa Francisco nos está llamando a una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús». ¿En qué puede consistir? ¿Dónde puede estar su novedad? ¿Qué hemos de cambiar? ¿Cuál fue realmente la intención de Jesús al enviar a sus discípulos a prolongar su tarea evangelizadora?

El relato de Marcos deja claro que solo Jesús es la fuente, el inspirador y el modelo de la acción evangelizadora de sus seguidores. No harán nada en nombre propio. Son «enviados» de Jesús. No se predicarán a sí mismos: solo anunciarán su Evangelio. No tendrán otros intereses: solo se dedicarán a abrir caminos al reino de Dios.

La única manera de impulsar una «nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús» es purificar e intensificar esta vinculación con Jesús. No habrá nueva evangelización si no hay nuevos evangelizadores, y no habrá nuevos evangelizadores si no hay un contacto más vivo, lúcido y apasionado con Jesús. Sin él haremos todo menos introducir su Espíritu en el mundo.

Al enviarlos, Jesús no deja a sus discípulos abandonados a sus fuerzas. Les da su «poder», que no es un poder para controlar, gobernar o dominar a los demás, sino su fuerza para «expulsar espíritus inmundos», liberando a las personas de lo que las esclaviza, oprime y deshumaniza.

Los discípulos saben muy bien qué les encarga Jesús. Nunca lo han visto gobernando a nadie. Siempre lo han conocido curando heridas, aliviando el sufrimiento, regenerando vidas, liberando de miedos, contagiando confianza en Dios. «Curar» y «liberar» son tareas prioritarias en la actuación de Jesús. Darían un rostro radicalmente diferente a nuestra evangelización.

Jesús los envía con lo necesario para caminar. Según Marcos, solo llevarán bastón, sandalias y una túnica. No necesitan de más para ser testigos de lo esencial. Jesús los quiere ver libres y sin ataduras; siempre disponibles, sin instalarse en el bienestar; confiando en la fuerza del Evangelio.

Sin recuperar este estilo evangélico no hay «nueva etapa evangelizadora». Lo importante no es poner en marcha nuevas actividades y estrategias, sino desprendernos de costumbres, estructuras y servidumbres que nos están impidiendo ser libres para contagiar lo esencial del Evangelio con verdad y sencillez.

En la Iglesia hemos perdido ese estilo itinerante que sugiere Jesús. Su caminar es lento y pesado. No sabemos acompañar a la humanidad. No tenemos agilidad para pasar de una cultura ya pasada a la cultura actual. Nos agarramos al poder que hemos tenido. Nos enredamos en intereses que no coinciden con el reino de Dios. Necesitamos conversión.

Domingo 15 Tiempo ordinario - B 
(Marcos 6,7-13)
15 de julio 2018

José Antonio Pagola
buenasnoticias@ppc-editorial.com





FIÁNDOME DE TU PALABRA
Florentino Ulibarri

Para el camino, Señor,
no llevo oro, ni plata,
ni dinero en el bolsillo
me fío de tu palabra.

Ni tengo alforja con provisiones y repuestos,
que me basta tu compañía
y el pan de cada día.

Túnica, la puesta, sin más,
que no tengo que ocultar nada,
y el frío y el calor se atemperan
cuando se comparten, en familia.

Tampoco llevo bastón,
aunque tú dijiste que podíamos,
pues mis hermanos me sostienen y dan la mano
cuando el camino se hace duro,
y sangro, tropiezo y caigo.

Y sandalias, unas de quita y pon,
abiertas y bien ajustadas,
para evitar callos y rozaduras
en el cuerpo y en el alma,
andar ligero
y no olvidarme del suelo que piso
cuando tu Espíritu me levanta,
me mece libre, al viento,
me lleva y me arrastra.

Eso sí, voy en compañía,
desbordando ternura y paz
regalando salud y buena noticia
y caminando con alegría.

Casi ligero de equipaje,
fiándome de tu palabra,
yo te sigo y...
eso me basta.




SI NECESITAS SEGURIDADES EXTERNAS, NO CONFÍAS EN LO INTERNO
Fray Marcos
Mc 6, 7-13

El párrafo que acabamos de leer es continuación del que leíamos el domingo pasado, pero con él comienza una nueva etapa en el evangelio de Mc. Los discípulos van a tomar parte en la tarea que, hasta ahora, desarrollaba solo el Maestro. Después de la experiencia de fracaso en la sinagoga de su pueblo, Jesús no solo no deja de anunciar la “buena noticia” del Reino, sino que compromete a sus discípulos en esa tarea. El rechazo de los dirigentes y de los más cercanos, le obligan a buscar otros interlocutores que no estén maleados por la enseñanza oficial. Las tres lecturas no hablan de la elección, pero esa elección lleva implícita la misión.

Es Jesús el que toma la iniciativa. “Les llamó y les envió”. En el c. 1, ya había relatado la llamada de dos parejas de hermanos. En el c. 3, había narrado la llamada de los doce. Si hacía ya mucho tiempo que estaban con él, no necesitaba llamarlos, pero el poner los dos verbos juntos tiene una intención especial. La llamada y la misión están siempre unidas. Todo el que es llamado es para ser enviado. No se precisa ni a donde van ni cuanto va a durar la misión. Con ello nos está diciendo que está precisando las características de todas las llamadas y de todos los envíos. Todo los que vayan en nombre de Jesús deben ir en las mismas condiciones, en todos los tiempos. El evangelista está retrotrayendo al tiempo de Jesús una práctica que comenzó muy pronto en las primeras comunidades.

“De dos en dos”, apunta al sentido comunitario de toda misión. No se trata de actuar como francotiradores, sino de ir en nombre de la comunidad y con el mensaje comunitario. De esta forma, se  evita además, cualquier clase de jerarquía o superioridad de uno sobre otro. Con demasiada frecuencia olvidamos que todos somos enviados por y desde una comunidad. Tenemos que superar la tendencia a actuar por nuestra propia cuenta. Tiene también un aspecto legal. En un juicio, solo se admitía el testimonio que fuera atestiguado por dos testigos. Recordemos que no se les pide que sean maestros, sino testigos.

“Les da autoridad sobre los espíritus inmundos”. Hay que tener mucho cuidado. El texto griego no dice “dynamis” sino “exousia”. No es fácil apreciar la diferencia entre los dos conceptos, pero es claro que no se trata de un poder mágico, sino de una superioridad sobre el mal; lo cual nos indica que se trata de una fuerza para superar, no solo los demonios de los demás, sino también sus propios demonios; es decir: La superación personal de toda ideología que les impediría comunicar el verdadero mensaje. Esta lucha de los apóstoles contra sus propios prejuicios nacionalistas, está presente en todo el evangelio de Mc.

“Les encargó...” El verbo Griego significa en primer término ordenó. Se trata de una severa amonestación. Es curioso que el texto hace más hincapié en lo que no deben llevar. Ni siquiera nos habla del mensaje que deben trasmitir. Lo importante es el espíritu de los que van a desempeñar la misión. El bastón y las sandalias eran imprescindibles en los viajes; el primero ayuda a caminar y puede ser muy útil contra las alimañas que no eran raras en terrenos desérticos. Las sandalias eran el calzado de los pobres. El pan era signo de todo alimento. No van como mendigos, “no llevéis bolsa”, sólo deben aceptar lo que necesitan en cada momento. La alforja era propia de los mendigos, que metían en ella lo que les daban para asegurarse, al menos, las próximas comidas. El dinero (de poco valor) es el símbolo de las seguridades. En griego no dice “túnica de repuesto”, sino “no llevéis puestas dos túnicas, que era característica de la gente rica.

Los judíos nunca se hospedaban en casa de paganos. La comunidad ha descubierto que cualquier casa es buena para hospedarse, y cualquier alimento digno de comerse. Para quedarse basta que les acoja una “casa”. Para marcharse tiene que existir rechazo de un “lugar”. Lo importante es que les acepten y ellos acepten. En todo caso, deja clara la posibilidad de rechazo que acaba de sufrir el mismo Jesús en su tierra. El sacudir el polvo de los pies, era una costumbre de los judíos cuando salían de un lugar de paganismo. No se trata de maldición alguna, sino de dar testimonio de un hecho. En adelante, los paganos no son los “no judíos”, sino los que rechazan la oferta de salvación de Jesús.

“Predicaban la conversión, echaban demonios y curaban”. Es curioso, que ninguna de esas acciones fue descrita en el envío. La conversión de la que nos habla el evangelio, no debe entenderse desde el punto de vista moral. Se trata de “metanoia”, que es un cambio de mentalidad que llevaría consigo un cambio en la manera de vivir. Se trata un camino nuevo. Sin emprender ese nuevo camino, de nada servirán los arrepentimientos y los propósitos. Seguimos sin entenderlo hoy. El echar demonios y curar son signos de la preocupación por los demás. El signo de que ha llegado el Reino es la ayuda a los demás.

La  primera lectura nos pone ya en guardia. Los profetas de Betel quieren convertir a Amós en un profeta “al uso”: alguien que vive de un oficio siguiendo las directrices oficiales. Muy poco han cambiado las cosas. La Iglesia sigue siendo un santuario de Betel. Estar de parte de los poderosos, y no denunciar la injusticia ha sido una apostasía del cristianismo desde Constantino. A nadie entusiasma hoy nuestra predicación, mucho menos nuestra trayectoria vital. La misión no puede ser acomodación a una programación venida de fuera, sino una exigencia vital, consecuencia de la llamada interna de Dios.

La clave está en que, al depender de los demás, se elimina toda tentación de superioridad. No son normas de ascetismo sino de confianza. Se trata de aprender a confiar en los demás, esperándolo todo de ellos. Saber dar eficazmente supone haber aprendido antes a recibir con humildad. No hay nada más humillante para un ser humano que el tener que recibir de otro algo sin reciprocidad. La realidad que más une y humaniza a los hombres es el saber que tienen algo que dar y algo que recibir. En la gratuidad, se alcanza el máximo de humanidad, tanto por parte del que da, como del que recibe.

La confianza de toda misión evangélica debe centrarse en el mensaje, no en los medios desplegados para conseguir la adhesión. Para ello no hay más remedio que prescindir de lo superfluo, y ni siquiera querer asegurar lo necesario. Cuando Jesús envía a los doce, está diciendo que lleven el Reino de Dios a todos los hombres. Él no es su dueño ni ellos sus propietarios. Ese Reino es la “buena noticia” que todos deben descubrir. El Reino predicado por Jesús está más allá de la religión. Trata de purificar toda religión. Jesús no creó una nueva religión ni dejó de pertenecer a su tradición religiosa. Él haber hecho de la predicación de Jesús una religión más ha impedido que sea fermento para todas.

La misión no es tarea de unos pocos, sino la consecuencia inevitable de la adhesión a Jesús. La misión no consiste en predicar sino en hacer un mundo cada vez más humano en todos los órdenes. No se trata de salvaguardar a toda costa, doctrinas trasnochadas o normas morales que no humanizan. Menos aún en conservar unos ritos fosilizados que ya no dicen nada a nadie. El mensaje de Jesús no se puede meter en fórmulas ni en una programación. Es una manera de vivir. Ser cristiano es una manera de ser más humano.

Meditación

Si confías en Dios, confiarás también en el hombre.
Pero también potenciarás la confianza en ti mismo.
Si has superado el afán de seguridades, surgirá la gratuidad.
Precisamente hoy, que por todo hay que pagar un precio,
es más necesario que nunca el dar sin esperar nada.
Darse, sin esperar nada a cambio, es hacer presente a Dios.

Fray Marcos



SOY DISCÍPULO, ENVIADO POR JESÚS
José Enrique Galarreta
Mc 6, 7-13

Jesús envía a los Doce. Esta misión aparece en los tres sinópticos, y en los tres las instrucciones son semejantes, aunque los detalles difieren. (Mateo prohibe las sandalias, Lucas omite la expulsión de demonios...) Lucas 10,1 constata otra misión, esta vez de 72 discípulos, con parecidas características. Parece pues seguro que Jesús preparaba su llegada a las aldeas con un envío previo de sus discípulos. Pero lo importante no es el hecho en sí, sino el mensaje que llevan y el modo de anunciarlo: el mensaje es la llegada del Reino; el modo de anunciarlo, la pobreza de los enviados y la liberación de los enfermos y poseídos.

Aunque no nos hayamos dado cuenta, estamos asistiendo al nacimiento de la Iglesia. Lo señalamos ya al comentar el llamamiento de los primeros discípulos y lo volvemos a recordar hoy. Jesús necesita gente que le ayude, que la ayude a extender la Buena Noticia, que le ayude a realizar el Reino. Se perfilan las características de los discípulos, ya desde el principio; ser discípulo de Jesús equivale a ser llamado para una misión. La esencia de la misión, anunciar el Reino. Este envío de Jesús, en mitad de su vida pública, nos sirve muy bien para iluminar el envío definitivo, la misión conferida a los discípulos después de la resurrección, porque nos muestra que la misión es la esencia del seguidor de Jesús.

Ser discípulo de Jesús puede entenderse, se entiende de hecho algunas veces, como una situación estática, más bien privilegiada que comprometida. Se nos ha regalado un conocimiento, los dogmas que hay que aceptar, se nos exige el cumplimiento de unas normas morales y unos ritos ... y se nos ofrece como premio la vida eterna. Podría entenderse como un seguimiento enteramente particular, sin que las demás personas tengan otra condición que objeto de los mandamientos, que se pueden reducir a uno: no perjudicar a nadie.

Pero la revelación de Jesús es Dios Padre, que equivale a "todos hijos", y por tanto hermanos. La consecuencia es compartir y comprometerse; no hay otra forma de entender al Padre y a los hermanos que desde el compartir y el compromiso. Jesús es el primer Hijo, el primer Hermano, el que más comparte y el más comprometido: nosotros seguimos su modelo, nos dejamos llevar del mismo Espíritu. Su misión no es suya, es la misión que da el Padre a los hijos. Jesús nos hace descubrir la misión. Seguirle es aceptar la misión.

La misión de los doce y de aquellos otros setenta y dos era muy ocasional: tenían que preparar el camino a Jesús. Éste fue en ese momento su modo de misión. Nuestra misión puede tener, tiene de hecho, modos diferentes, pero en el fondo es la misma: anunciar y construir el Reino. Cuando Jesús dejó de estar físicamente entre sus discípulos, éstos continuaron su misión: unos como predicadores, viajando de un sitio a otro. Otros no; permanecieron en donde estaban; anunciaron y construyeron el Reino haciendo lo que siempre habían hecho, pero de diferente modo. Siguieron siendo labradores o comerciantes o artesanos, siguieron engendrando hijos y celebrando las fiestas, pero lo hicieron todo según los criterios y valores de Jesús; compartían lo que tenían, estaban profundamente comprometidos en los problemas de todos.

Nosotros solemos simplificar, de modo harto culpable, el seguimiento de Jesús. Pensamos que algunos (los sacerdotes, los religiosos ...) están llamados a anunciar el Reino, a predicar, y los demás no; los demás vivimos una existencia aceptadora de dogmas y cumplidora de preceptos para nuestra propia salvación. También en esto necesitamos escuchar la Buena Noticia: tu vida, lo que estás haciendo puede ser el Reino, el anuncio del Reino. Pero, más aún, tu vida es misión, para eso sirve, para eso fuimos pensados por Dios, para eso se cuenta con nosotros. Y esto es la esencia de nuestra pertenencia a la Iglesia: aceptar la misión. Y eso significa "comulgar": comulgar con la misión de Jesus.

Pero el modo de misión es probablemente lo más importante de este texto: el modo es pobreza y liberación. Sin sandalias de repuesto, sin dinero en el bolsillo ... y "¡hasta los demonios se nos sometían!" (Lc 10,17) Me parece interesante advertir una relación causa – efecto: los demonios se les sometían porque eran pobres y liberaban. Es lo de Jesús: ninguna confianza en los poderes del mundo: eso es lo que produce la eliminación de los demonios del ser humano que son precisamente confiar en los halagos del mundo y no querer liberarse de ellos.

Si son éstos, y no otros, los signos de la Iglesia, tiene garantizada la eficacia. Si son otros, y no éstos, la Iglesia no es fiel a Jesús. Si la Iglesia es capaz de producir liberación, es decir, de sacar a la gente de sus pecados, de su instalación, su mundanidad, su consumismo, su desinterés por los demás; si donde hay cristianos hay menos hambre, más justicia, más honradez ... es la Iglesia de Jesús. Si el mensaje de la Iglesia es Buena Noticia para la gente pobre (y en consecuencia mala noticia para la gente rica – como le pasó precisamente a Jesús) ésta la iglesia de Jesús.

No pocas veces se queda uno desconcertado viendo cómo naciones enteras que proclaman su adhesión a la Iglesia, su confesionalidad católica ... tienen los más altos índices de corrupción del mundo, en sus dirigentes y en el modo común de comportarse de muchos. Y se asombra uno mucho más aún ante el espectáculo de las Iglesias del primer Mundo, del Norte, en las que se declaran creyentes sobre todo gente de las capas altas de la sociedad, mientras que las "clases bajas" hace siglos que se desentendieron de la Iglesia. ¡Extraña buena noticia, que tranquiliza a los ricos y no ilusiona a los pobres! A Jesús le pasó lo contrario.

La credibilidad de nuestro anuncio del Reino dependerá directamente de nuestra propia realidad y de nuestro poder de transformación. De nuestra propia realidad porque, si seguimos a Jesús, cambiaremos día a día haciéndonos cada vez más humanos, es decir, más hijos. De nuestro poder de transformación porque nuestro compartir y nuestro compromiso cambiará el entorno, hará cambiar a otras personas.

La eficacia de la Iglesia no depende de estrategias de propaganda ni de predicaciones dogmáticas, sino de la conversión de cada discípulo.

Elegidos para una misión. Podemos decir que no. Podemos refugiarnos en un discreto cumplimiento de mandamientos, como el joven rico aquél que estuvo a punto de seguir a Jesús y al final se dio media vuelta. Nadie nos lo va a echar en cara ni está en juego nuestra salvación eterna. No se trata de eso. Se trata de aceptar o no la invitación de ser hijo y vivir como tal. Sentirse simplemente esclavo o asalariado puede resultar hasta más cómodo. Los esclavos y los asalariados cumplen obligaciones, aceptan ser castigados cuando fallan, agradecen que el amo sea juez inclinado a perdonar si hay arrepentimiento, y esperan ser premiados al final del trabajo. Sus relaciones externas con la divinidad se expresan en el culto, hacen muchas oraciones de petición y están siempre un tanto temerosos ante Su Divina Majestad.

Los que aceptan la misión no hablan de premios o castigos, ni siquiera de perdón. No ofrecen sacrificios a la divinidad –ya se han ofrecido ellos mismos-. Celebran la eucaristía para alimentar su compromiso, para volver a aceptar una vez más la misión.

José Enrique Galarreta



DE DISCÍPULOS A MISIONEROS
José Luis Sicre

El fracaso en Nazaret no desanima a Jesús. Al contrario. Además de continuar misionando, como veíamos el domingo pasado, envía también a sus discípulos a misionar. Los profetas del Antiguo Testamento tienen a veces discípulos; pero, que sepamos, nunca los envían de misión; la labor del discípulo consiste en servir de apoyo social y espiritual al profeta, memorizar sus palabras y transmitirlas a la posteridad. El enfoque que tiene Jesús de sus discípulos es distinto, más dinámico: no se limitan a aprender, deben también poner en práctica lo aprendido, y ampliar la actividad de Jesús.

Las instrucciones a los discípulos (Marcos 6,7-13)
El texto de Marcos trata brevemente cinco puntos:
1. La autoridad. Cualquier embajador o misionero debe estar investido de una autoridad. La que reciben los discípulos es sobre los espíritus inmundos. Esta idea, tan extraña a la cultura de nuestra época, debemos considerarla en el contexto del evangelio de Marcos. Jesús, desde el primer momento, en la sinagoga de Cafarnaúm, ha demostrado su autoridad sobre un espíritu inmundo. Sus discípulos reciben el mismo poder. Son embajadores plenipotenciarios.

2. Equipaje y provisiones. Es interesante advertir lo que se permite y lo que se prohíbe: sólo se permite llevar un bastón y sandalias; en cambio, se prohíbe llevar comida (ni pan, ni alforja) y túnica de repuesto. El permiso del bastón y las sandalias contrastan con el evangelio de Mateo, donde se prohíben. Es un caso interesante de cómo los evangelistas adaptan el mensaje de Jesús a las circunstancias de su comunidad: Marcos tiene en cuenta los largos viajes misioneros posteriores, por terrenos difíciles, que requieren bastón y sandalias. En cambio, la prohibición de comida y vestido de repuesto (Mateo añade la prohibición del dinero), demuestra la enorme preocupación de Jesús porque sus discípulos den ejemplo de pobreza en una época en que los predicadores religiosos eran acusados con frecuencia de charlatanes en busca de dinero.

3. Alojamiento. Para evitar tensiones y peleas entre las personas que quisieran acogerlas en sus casas, Jesús ordena que se alojen siempre en la misma.

4. Rechazo. El apostolado no tendrá siempre éxito. Igual que Jesús fue rechazado en Nazaret, ellos pueden ser rechazados en cualquier lugar.

5. La actividad. Curiosamente, lo que deben hacer los discípulos no aparece hasta el final: «Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.» Lo mismo que hacía Jesús, a excepción del uso de aceite para curar enfermos. Esta práctica parece haber entrado en la iglesia en un momento posterior y está atestiguada en la carta de Santiago: «¿Que uno de vosotros cae enfermo? Llame a los ancianos de la comunidad para que recen por él y lo unjan con aceite invocando el nombre del Señor.» (Snt 5,14).

El rechazo: dos reacciones ante él (1ª lectura: Amós 7,12-15)
En las instrucciones de Jesús, este tema es el que ocupa menos espacio. Sólo se menciona como posibilidad. En cambio, la primera lectura nos recuerda que esta posibilidad fue y sigue siendo muy real.

A mediados del siglo VIII a.C., el profeta Amós, originario del sur (Judá) fue enviado por Dios a predicar en el Reino Norte (Israel), para denunciar las injusticias terribles que se cometían, favorecidas por la corte y el clero. El enfrentamiento más fuerte tiene lugar en el santuario de Betel (= Casa de Dios), con el sumo sacerdote Amasías, que lo expulsa. En el fondo, Amós tuvo suerte. A otros les cortaron la cabeza.

Si el texto de Amós se hubiera leído completo (cosa que horroriza a los liturgistas), se habría advertido una diferencia capital entre la reacción del profeta y la que deben tener los discípulos de Jesús. Cuando el sacerdote Amasías expulsa a Amós de Betel, este le responde anunciándole que su mujer será violada, sus hijos e hijas morirán a espada, perderá sus tierras y será deportado. El discípulo de Jesús, si es rechazado, debe limitarse a sacudirse el polvo de los pies. Ni una palabra de amenaza o condena. El juicio corresponde a Dios.

Una síntesis del mensaje (2ª lectura: Efesios 1,3-14)
El evangelio no concreta lo que los discípulos deben predicar. Sólo dice que «predicaban la conversión», igual que Jesús. Al pasar los años, especialmente después de su muerte y resurrección, el mensaje de los apóstoles se fue enriqueciendo con lo que Jesús hizo y dijo, y también con una elaboración teológica de lo que él supuso para nosotros.

La introducción de la carta a los Efesios es un excelente ejemplo de esto último. Pero su estilo tan denso, barroco y recargado se presta a que los asistentes a la misa no se enteren de nada. Una pena, porque las ideas son espléndidas.

Adviértase que el texto habla generalmente de «nosotros» («nos ha bendecido», «nos eligió», «nos ha destinado», «hemos recibido», «hemos heredado», «nosotros, los que ya esperábamos en Cristo»). Pero termina hablando de «vosotros» («y también vosotros», «habéis escuchado», «habéis creído», «habéis sido marcados». Parece lógico aplicar el «nosotros» a los cristianos de origen judío; el «vosotros», a los efesios, de origen pagano.

Ante la persona y la obra de Jesús, la reacción de los primeros debe ser bendecir a Dios por todos los beneficios que nos ha concedido a través de Cristo, que se resumen en estos cinco puntos: nos eligió; nos destinó a ser hijos suyos; por su sangre, nos perdonó los pecados; nos dio a conocer su proyecto de recapitular en Cristo todas las cosas; nos convirtió en herederos.

¿Y los efesios? ¿Y nosotros? La carta toma un rumbo muy distinto. No comienza hablando de lo que Dios ha hecho por nosotros, sino de lo que nosotros hemos hecho al escuchar la extraordinaria noticia de que hemos sido salvados: «habéis creído». Y entonces, Cristo nos ha marcado con el Espíritu Santo, «prenda de nuestra herencia». Muy pocas palabras, en comparación con los párrafos dedicados al «nosotros», pero con la novedad de la acción de Cristo y el don del Espíritu.

En cualquier caso, al recapitular Dios todas las cosas en Cristo, todo lo que se dice es válido para todos. También nosotros podemos y debemos proclamar: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales».

José Luis Sicre



CONTRA EL TSUNAMI DE NEGATIVIDAD
Pedro Miguel Lamet

Trump, Putin, Maduro, Siria, terrorismo yihadista, refugiados, migraciones, hambre, corrupción, secuestros, pedofilia, secesionismos, guerras, falta de horizonte de soluciones políticas, depresiones, suicidios y un largo etcétera de noticias negativas nos ponen el corazón en un puño. Se diría que en las últimas décadas vivimos dentro de una nube negra de negatividad de la que es muy difícil sustraerse. A los informativos se ha unido la intoxicación de las redes sociales que, por si fuera poco, se inventan noticias falsas o las retroalimentan con oleadas de odio, insultos, agresividad. La consecuencia psíquica en nuestros ánimos podría ser fatal si no luchamos contra el poso destructivo que puede acumularse en nuestro subconsciente.

¿Cómo reaccionar? ¿Cómo salir de esa nube? ¿Cómo sobrevivir en medio de este tsunami que parece arrastrarnos?
Primero la liberación nace del concepto mismo de realidad. Vivimos rodeados de una caterva de imágenes que nos rodean. En el siglo pasado, por ejemplo en España, solo había periódicos, emisoras de radio y un par de cadenas de televisión, un mundo icónico controlable. Los sucesos horripilantes se reducían a un suelto en el diario o se escondían en tabloides especializados como El Caso. El cine violento y de terror era más bien escaso. Hoy incluso los crea el propio ciudadano con la cámara de su teléfono móvil. Hemos llegado a confundir la realidad con la ficción.

Es más vivimos en la superficie de nuestra conciencia, en los personajes que nos hemos creado o intentamos crearnos mediante la apariencia, mediante la moda, la publicidad, la cirugía estética, la ocultación de lo profundo de nuestro propio ser. En nuestra identidad, a modo de una cebolla o una alcachofa, nos quedamos en las hojas superficiales, sin morder la pulpa más sana y rica de la vida.

Sin embargo ejercicios como la meditación, más allá de las creencias de cada uno, han descubierto a algunos que en todos nosotros existe una zona en paz más allá de las apariencias. Que detrás de las olas encrespadas del “afuera”, el fondo del mar está en calma, está bien. Pero el vicio de la mente es quedarse en el barullo exterior de forma morbosa, retroalimentarse de negatividad. Al despertarnos cada mañana volvernos a embadurnarnos, casi sin darnos cuenta, con el barro de los pensamientos negativos de lo que llamamos “realidad”, a identificarnos con ellos.

La única salida es volver a conectarnos con lo que realmente somos, redescubrir ese yo interior como sea. Por ejemplo, los niños antes de maliciarse, viven ahí y son felices. “Es que son inconscientes de lo que les espera”, argüimos. ¿No será lo contrario? “La vida es dolor, es sufrimiento”, insistimos. La vida es limitación, finitud y contingencia, desde luego. Pero lo verdaderamente cierto es que esa limitación pasa, fluye continuamente.

Hay un camino a contracorriente, pero absolutamente necesario. Todos hemos conocido a personas que han alcanzado esa liberación. La viejecita perdida en una aldea que en medio de sus achaques ha alcanzado la sabiduría; el enfermo que crece con su enfermedad, el voluntario que abre una ventana a la Vida con mayúsculas gracias al viento de solidaridad que brota en sus entrañas, la sonrisa que lucha contra las lágrimas.

Eso es “mística” dirán algunos. Llamémoslo como queramos, pero es algo que está al alcance de todos. Recientemente con motivo del horrendo asesinato del niño Gabriel, España entera se conmovió con la respuesta de su madre, que realizó una alquimia admirable: convertir su dolor y la oleada de odio, insultos y ansias de violencia en un movimiento de positiva solidaridad. ¿De dónde nacía esa maravillosa transformación? De un alma conectada con el amor de su hijo que ha inyectado en la sociedad una energía más poderosa que la muerte.

Quizás la única salvación posible a tanta negrura obtenga su mejor medicina en una cura de silencio, el único refugio posible ante el continuo bombardeo de ruido, imágenes y pensamientos negativos. Se trata de buscar algún rato en medio del vértigo cotidiano para cerrar los ojos, respirar hondo e intentar no pensar en nada. Hay para ello mil métodos al alcance de todos, incluso en pequeñas aplicaciones de relajación del smartphone.

Los auténticos poetas, gracias a la intuición, a veces han ofrecido la clave en sus versos. Recuerdo estos de Manuel Machado: “Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, / para mi yerto corazón herido, / para mi amarga vida fatigada.../ ¡el mar amado, el mar apetecido, /el mar, el mar y no pensar en nada!...” ¿Una huida, una falta de compromiso con la realidad? No, un modo de rencontrarnos con lo más hondo de nosotros mismos, un mar donde estamos bien, que no pasa, para luego retornar adecuadamente a la película de la vida.

Pedro Miguel Lamet




Desgarro al decir adiós

Llega el fin de una etapa: el erasmus, la carrera, bachillerato, el equipo… Y te vas, o simplemente te quedas, pero es otro el que se va de tu vida.

Has creado unos lazos que ahora quedan en el aire con la distancia. Te despides y una sensación extraña te embarga, sintiendo cierto vacío porque el otro ya no va a estar ahí para ti, y ya no podrás vivir esos momentos que te daban vida.

La siguiente historia no quita el dolor de la despedida, pero sí que le da un sentido.

Como jesuita me toca encarar un nuevo destino con los años. Te vuelcas totalmente con la gente creando unos vínculos especiales y cuando eres un referente para algunas personas y las quieres como un familiar, te toca despedirte. En ese momento el corazón se desgarra un poco.

Pero entonces, te vienen a la cabeza las palabras de Pedro Casaldáliga: «Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres».

Y recuerdas que el corazón es un músculo, que duele cuando lo usas intensamente y tiene que crecer. Te das cuenta que no es un desgarro lo que sentías, sino algo mejor. Te dolía el corazón porque está creciendo, mucho y rápido, para albergar toda la gente que te llevas y poder acoger también a los que te encontrarás en el nuevo destino. 
Te dolía el corazón porque estás amando.

Como le dijo el Zorro al Principito: «Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante. Y además, mira ! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte…»

Manu Santamaría, SJ



Dios no juega con nosotros

Creo que todos tenemos experiencia, propia o ajena, de encontrarnos en algún momento de la vida con el dolor, el sufrimiento, la culpa… el mal. La muerte de un familiar, una enfermedad que trunca la vida, una traición, un engaño, un desencuentro o, quizá, la incomprensión de los miles de muertos por hambre en el mundo, las guerras o las catástrofes naturales. Mal que nos afecta, que padecemos, o mal que hacemos. Y surge la pregunta: ¿es Dios pasivo ante nuestro dolor? ¿Por qué lo permite? ¿Me lo manda Él? ¿Acaso existe un Dios así? Preguntas que surgen de la propia fuerza del sufrimiento y la angustia. Y no es raro encontrar gente que ha dejado de creer, a veces con profunda amargura, porque no ha encontrando una respuesta coherente a estas preguntas. Y es cierto que se han dado algunas respuestas que no convencen; «Dios te ha castigado», «Dios te ha mandado tal o cual prueba» o «Dios se ha llevado a tu ser querido para que esté ya con Él» nos presentan un Dios que no es todo lo bondadoso que cabría esperar. O quizá, un Dios que es impotente ante tanto sufrimiento humano. Y de ahí, la decepción y el abandono de la fe.

Me parece, sin embargo, que hemos de partir de la propia realidad y no dejarnos engañar por los espejismos de nuestros deseos o nuestra imaginación. Esos deseos, acaso proyección de ilusiones infantiles, que nos dicen que es posible un mundo sin mal. Asumir la vida significa también asumir que el mundo tiene su imperfección y, por ello, carencia y fallo, choque y conflicto, insatisfacción y dolor. Asumir la vida significa asumir que no somos Dios, y por ello, que hay limitación en nosotros y en nuestro entorno. Así, el mundo, la vida, es buena, pero no perfecta. Y por ello, podemos decir que el sufrimiento no es un juego de Dios. 

¿Es el mal lo que tiene la última palabra en la vida? Quiero centrar ahí la pregunta. Y es ahí donde entra la fe. Cuando llega el dolor, la fe no evita la oscuridad. Hay que dejar espacio para la lamentación y el duelo. Con Job podemos quejarnos y decir «¡maldito el día en que nací!» Y abrirnos a la oración de Jesús en el huerto «que pase de mí este trago». Y es desde esa mirada a Jesús desde donde podemos descubrir un Dios que no nos abandona, aunque no siempre lo veamos. Un Dios que es el primero en comprender nuestro sufrimiento, porque pasó por él. Un Dios que se coloca a nuestro lado contra el dolor, ayudándonos a soportarlo. Fue él, quien luchó contra todo tipo de opresión, injusticia y mal. A través de él, descubrimos que Dios se identifica con el sufrimiento de todos los humillados y ofendidos. Y esto engancha con lo fundamentalmente humano; el impulso radical que llama a todos a luchar contra los destrozos del mal. Creo que desde la cruz-resurrección de Jesús se puede recuperar la confianza y la esperanza. Y con ello, no ceder ante la gran fuerza del sufrimiento. Y desde ahí, tener la certeza, a pesar de todo, de que el mal no tiene más fuerza que la vida, la bondad y el amor.

Quique Gómez-Puig, sj




La Iglesia debe reparar
Jorge Costadoat

Ha llegado la hora que la Iglesia, institucionalmente considerada, comunique qué hará para reparar a las víctimas de abusos sexuales, de denegación de justicia y de encubrimiento. Mi opinión es que debe hacerlo. Monseñor Scicluna antes de partir de Chile sostuvo que la reparación debía ser hecha por los culpables directos. No estoy de acuerdo.

Desde un punto de vista antropológico y ético la reparación debe relacionársela con la vulnerabilidad y el reconocimiento de las personas (Carolina Montero, Vulnerabilidad, reconocimiento y reparación, 2012). La vulnerabilidad es una condición humana. Somos vulnerables todos. Lo han sido, en el caso que nos ocupa, las personas abusadas y sus abusadores. La vulnerabilidad es la capacidad de abrirnos a los demás de un modo corporal y empático. Los demás, todo lo real, puede afectarnos o puede satisfacernos. Pero al abrirnos, quedamos también expuestos a ellos y a la peligrosidad de la vida. Los seres humanos, por nuestra condición relacional, nos damos y nos recibimos unos a otros; y nos herimos y podemos provocarnos daños devastadores. Con una sola mirada podemos liberar en el otro los miedos que lo cautivan; pero con otro tipo de mira podemos perturbarlo, invadirlo o saquearlo. Dificulto que una persona decente puede decir que nunca cometerá un abuso en lo que le queda de vida. La labilidad late en cualquiera.

¿Es posible una reparación a los hechos que lamentamos? Talvez no, pero para que se dé tendrían que cumplirse una serie de reconocimientos. En primer lugar, la institución eclesiástica, como representante del abusador, debiera hacer el proceso de asomarse a los vulnerados con nombres y apellidos. Tendría que ver con sus propios ojos el daño enorme, duradero y, probablemente en muchos casos, insanable que se les ha infligido. Habrá de sentir dolor y vergüenza por lo cometido. El conocimiento de la verdad de las víctimas debiera llevarle a entender su demanda de justicia, la necesidad que han tenido de ser creídas, su experiencia de haber sido culpabilizadas por exageradas o por querer generar problemas innecesarios. La autoridad tendría que pedirles perdón con humildad, es decir, acudir a ellas dispuesta a no ser perdonada. La compensación posible debiera ser objeto de una conversación, pues puede ser muy distinta según los casos. La víctima no debiera pensar que, al acercársele la autoridad eclesiástica a reparar su errores, viniera a humillarla de nuevo.

Curar, achicar la pena, rehabilitar el honor de quienes pidieron justicia y nunca se les dio una respuesta, son actos de reparación que solo pueden hacerse con dulzura. La compensación económica, muy importante en algunos casos, tendrá que ser la más delicada de hacer. Lo que nunca debiera forzarse, en todo caso, es la reconciliación. Tal vez resulte, talvez no. Pero es de esperar que, en este proceso, se hable de ella lo menos posible. Es triste cuando se la convierte en factura que terminan pagándola los inocentes. En cambio, convendría garantizar a las personas que se harán cambios estructurales que garanticen que nadie vuelva a ser abusado.

La reparación tiene que ser institucional. La satisfacción del honor de las personas abusadas, su rehabilitación psicológica y su reinserción en la comunidad cristiana como hijos e hijas de Dios, demanda a la jerarquía católica hacerse cargo de ellas como lo hizo el Buen Samaritano. Dice el evangelista Lucas que el samaritano que se encontró por el camino con un malherido recientemente asaltado, “al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘cuida de él y si gasta algo más, te lo pagaré cuando vuelva’” (Lc 10, 33-35).

La institución eclesiástica tiene que entender que, así como ella ha debido cuidar de sus curas no obstante sus crímenes y pecados, debe sobre todo responsabilizarse de sus fieles. Debe entender que, en estos casos, la condición de religiosos de ellos facilitó los abusos. La jerarquía católica tiene que comprender que nada ha podido ser más terrible que haber sido violado por un representante de Dios. Existe una responsabilidad institucional. La Royal Commission en Australia (2017) constató que en las instituciones católicas la cantidad de abusos sexuales fue mucho mayor que en otras organizaciones.

Ciertamente la institución no puede esperar que las víctimas se encuentren a solas con los victimarios para hacer entre ellos el camino que conduce a la reparación. Sería exponerlas de nuevo. ¡Cómo hacerlo con un pedófilo, un enfermo mental que no tiene noción moral de sus actos! Ella, la institución, debe reparar vicariamente en lugar de quienes no conviene que lo hagan directamente o no tienen los medios económicos con que hacerlo.

Por último, debe hacerlo porque en esto se juega la razón de ser de la Iglesia. En este momento la institucionalidad eclesiástica no tiene autoridad porque perdió la credibilidad. Ella debiera representar la fe en Dios. Por el contrario, en más de un caso, ha hecho que los frágiles y pequeños no crean más en Él. En estos momentos los únicos que tienen autoridad en la Iglesia son los bautizados y las bautizadas que han sido víctimas de los sacerdotes y de los obispos, y el resto del laicado que clama por cambios eclesiales de todo tipo.

Jorge Costadoat, SJ. ( Chile )